Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Dormir a su entender siempre fue algo inútil, una necesidad biológica innecesaria, pero cuando lo experimentó por primera vez empezó a ver su utilidad en parte. No lo necesitaba, pero en cierta manera era muy reconfortante. Tranquilidad, sin el peso de la consciencia, una desconexión de vez en cuando. Le habría encantado pasar su encierro durmiendo, para no haberlo sufrido.
Pero un segundo antes de que la puerta del dormitorio se abriera, también lo hicieron sus ojos como producto de un presentimiento, totalmente despiertos y alerta.
Media hora más tarde, Vargas apareció en la habitación de Javier, junto a una enfermera que traía un carrito con comida. Pidió que saliera, para así poder estar solos. Se sintió como si estuviera viendo a un viejo amigo.
Él miraba a Vargas como hacía con todos, con seriedad curiosa.
—¿Qué tal Javier? —empezó, con una sonrisa, tratando de empatizar con él, como cuando le recordaba—. Pensaba que tendrías hambre, así que… —del carro sacó un par de zumos y un vaso de plástico—. Dado que hace mucho que no usas tu estómago, tendrás que ir acostumbrándolo.
Abrió uno de los zumos y llenó el vaso, para ofrecérselo. Despacio, Javier levantó los brazos y aceptó la bebida. Mirando el fluido color naranja se llevó el borde a los labios. Entre sus recuerdos, como si fuese algo programado, su cuerpo bebió, de nuevo se sorprendió con nuevas sensaciones, el sabor le pilló desprevenido y sin querer algo le entró en las vías respiratorias. Tosió un poco en un acto reflejo, pero consiguió no derramar el vaso.
Al doctor parecía haberle hecho gracia eso.
—Cuidado, no te ahogues —dijo, al ver que seguía bebiendo, esta vez con avidez, y puso el vaso para que le echara más. Sirviéndole un poco más, trató de hablar con él—. Javier, ¿De verdad no recuerdas nada?
No habló hasta que terminó de beber.
—¿Conoces…? —pero evitó continuar y decir “conoces a Javier”, tenía que ser discreto. Hace rato llegó a la conclusión de que era mejor hacerse pasar por ese hombre—… ¿Me conoces?
Vargas se alegró de que entrara en la conversación.
—Claro. Lucia, tú y yo fuimos amigos desde hace mucho, acabamos juntos el instituto. ¿Recuerdas la tienda mi padre?
Conforme el doctor le mencionaba cada uno de esos recuerdos, a su mente llegaban evocaciones de los mismos, como si los estuviese viviendo. Aquello le provocó una pequeña migraña, y se llevó despacio la mano a la sien.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, sí, no pasa nada… Duke —respondió, cuando se le pasó, y al fijarse, vio como el médico sonreía ampliamente.
—Parece que todavía te queda algo aquí —dijo él, tocándose también la sien con el índice un par de veces.
Era verdad que le interesaba indagar en el pasado de Javier, pero a él le llamaba más la atención aquella mujer que vino. ¿Por qué lloraba? Tal vez Vargas lo supiera.
—… ¿Qué me pasó?
Para los que lo sabían no les era fácil hablar de ello, y él no fue la excepción.
—Verás… te seré sincero, no se todos los detalles, pero estaba presente cuando llegaste aquí hace diez años. Según la policía te atropelló un coche, tenías casi todos los huesos rotos, estabas más muerto que vivo. Has estado durmiendo desde entonces, amigo. No sé cómo llegaste siquiera vivo al quirófano, y menos recuperarte de esta forma, incluso creo que podría publicarlo en una revista médica.
El silencio fue la respuesta de Javier. Un accidente ahora entendía muchas cosas, pero lo que no entendió fue por qué ese cuerpo estaba vacío, no hubo resistencia cuando llegó, nada.
Comprendió entonces que no se había planteado que haría después, no hizo ningún plan premeditado ni nada por el estilo. Tenía que pensar en algo.
—… ¿Qué va a pasar ahora?
El rostro de Vargas mostró confusión.
—… No te entiendo…
—¿Qué es lo que tengo que hacer a partir de ahora? —dijo él.
El médico se sintió un poco cortado por la pregunta. Nunca se la habían planteado de esa forma. Sin embargo respondió como si le hiciese gracia.
—Yo no soy quien para decirte lo que debes hacer, solo puedo ayudarte para que te recuperes.
Javier parpadeó un par de veces, tenía su lógica, ellos tampoco tenían nada pensado para ese cuerpo que había dejado de ser inerte, solo tenían esperanza de que un día despertase. Supuso que tendría que encontrar su propio lugar en ese nuevo mundo.
Y para ello en principio tenía que salir del hospital, y la manera que más le beneficiaba era reparando su cuerpo.
—… Y… ¿Qué tengo que hacer para… recuperarme?
—Un par de análisis y pruebas médicas, solo para asegurarse de que el que estés despierto no sea algo pasajero. Te haremos unos test por si te han quedado secuelas del accidente, y rehabilitación para que recuperes la forma física, tienes los músculos atrofiados —y sonriendo llenó de nuevo el vaso—, y si no fuese medico, lo primero que te aconsejaría es que ganaras algo de peso.
Aceptó el vaso y bebió, con un poco más de pausa. Aquel hombre parecía de fiar, y no iba a rechazar la ayuda que le estaba ofreciendo. Ya que tenía algo que hacer, le apetecía empezar cuanto antes, y no solo con su cuerpo… y también quería hacer algo más.
—¿Por qué no está Lucia aquí? —preguntó recostándose de nuevo en la cama, pero no le dio tiempo ni a responder cuando continuó—… Quiero ver a Lucia.
—Tal vez no sea bue… —pero Javier le cortó de nuevo.
—Quiero hablar con ella —añadió, antes de cerrar los ojos. El no quería, pero su cuerpo necesitaba descansar un poco. Vargas se sorprendió por su actitud. Esperaba que quisiera verla, pero no de esa forma. Javier normalmente no se comportaba así… Parecía otro.
* * *
El cordón policial cercaba ambas aperturas del callejón en el que estaba el cadáver. Esa misma mañana, Julia Vinas aparcó a diez metros de la cinta. En cuanto se bajó enseñó la placa a los agentes que mantenían a la prensa fuera del escenario y pasó por debajo de la cinta, ignorando las preguntas de los periodistas. Algunos del departamento de homicidios hacían fotos en torno al cuerpo y a su alrededor. Su compañero David Cuerva ya estaba allí, ordenando a los demás agentes y pidiéndoles algo de prisa. Tardó un poco en darse cuenta de que ella estaba ahí, y levantó una ceja cuando vio sus ojeras.
—Joder pequeñaja, ¿no has dormido?
—Dormir es para los que no tienen nada que hacer —respondió ella, pasándose la mano por la nuca—, y para los que no reciben avisos a las cinco de la mañana.
De pronto David desvió la atención de ella.
—Por Dios, Sandoval, ¡quita de en medio esa manada de buitres del fondo, cojones! —ordenó a otro de los agentes, que fue para encargarse de la multitud, y volvió a centrarse en Julia—. Lo que vas a ver no es agradable.
—¿Qué me preparas?
—Algo que me habría hecho vomitar… si hubiese desayunado al menos.
Entonces ella lo comprendió.
—Dime que no es otra vez ese maldito bicho —preguntó, aun sabiéndolo de antemano.
—Lo siento —dijo, confirmándoselo de ese modo.
Los rumores sobre ese maldito animal se habían disparado en el último mes, al igual que los asesinatos. Historias de vagabundos borrachos sobre un león con cuernos, pero cada vez era menos ridículo, a medida que los cadáveres aparecían.
Se adentraron en la calle, hasta que junto a la pared, debajo de una ventana, encontraron el cuerpo.
Lo peor de esa cosa era que cada vez actuaba con mayor brutalidad.
Julia se quedó helada, pensaba que esa clase de muerte solo ocurría en las películas gore, que nadie era capaz de eso, ni siquiera los animales. No había una parte de su cuerpo en su sitio, y faltaba gran cantidad de sus órganos.
—Dios…
—A saber que pedazo cogerá el forense en primer lugar —dijo con seriedad. Era el séptimo según las cuentas de Julia.
—… ¿Quién es la hamburguesa?
Ramón Lobato, veintiocho años, dueño de una tienda de ropa alternativa. Encontramos… a su novia muerta también a doce manzanas de aquí. Solo le faltaba la mitad del cuello.
Ella cerró los ojos durante unos instantes, tratando de normalizar su pulso. Ocho, se había cargado ocho en un mes. Trataba de racionalizarlo, y llegó a la conclusión de que, sea lo que sea esa cosa, se estaba convirtiendo en un monstruo, igual que un león encontrando dulce la sangre humana.
—Ni los del zoo ni ninguna reserva de los alrededores contiene a un animal tan grande y fuerte como el que sea que hizo esto. Parece una puta trituradora de carne ambulante —recordó ella.
—Encontraron un rastro intermitente de sangre desde el otro escenario hasta aquí, y a medio camino una reja hecha trizas. Por suerte hay restos de pelo con capilares entre el amasijo de hierros, pueden decirnos a qué especie pertenece.
—Me da lo mismo lo que sea. Dentro de poco la gente no se atreverá a salir a la calle de noche si no la encontramos. Y es muy raro que siempre desaparezca así de fácil.
Mientras ella decía eso, David sacó un paquete de cigarrillos y ofreció uno con gesto cansado. Ella aceptó agradecida, necesitaba relajarse de alguna forma ante lo que estaba viendo.
—Rastrearon el alcantarillado de media ciudad y no encontraron nada, sólo ratas… es como un puñetero fantasma.
—Puede que tenga un dueño.
Ahora el sorprendido era él.
—Estás de broma ¿no?
—Llevo tiempo pensándolo. Solo eso explica cómo es capaz de desaparecer, un dueño lo podría esconder en un vehículo grande. Y si no míralo, mató a esa pobre mujer en el acto pero sólo se comió a este. Tiene que haber algún tipo que trate a esa cosa como un perro de presa. Joder, es un asesino que mata sin tocar.
Él se rascó la nuca.
—… No se Julia, no parece muy sólido. Piensa que las víctimas son muy al azar, y no hay pruebas. Además, ¿cómo sabemos que ha sido un animal grande y no una jauría de perros?
Julia alzó una ceja.
—… Ni nos lobos son capaces de hacer eso a una reja… David, apenas tenemos nada, solo esos pelos. Busca alguna relación entre las víctimas, un hilo del que valga la pena tirar –y después de pensar un poco añadió algo más—… Tal vez no sean tan al azar. Mira las cámaras de vigilancia de los accesos al metro, y consigue un mapa de las rutas. Puede que sean los accesos que utiliza para ocultarse.
Eso parecía gustarle más a David, pues no hizo preguntas, fue directamente a encargarse de ello. Julia en cambio, se quedó mirando los restos. Las moscas ya empezaban a aparecer, atraídas por la carne…
Era vomitivo.
* * *