Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Hacía cinco horas que el sol cayó por el horizonte, y el cielo encapotado reflejaba un color rojizo a causa de las luces de toda la ciudad y de la tierra que arrastraban las nubes. No había un alma en la calle.
Chispeaba un poco, haciendo que el asfalto y las aceras gemelas brillaran tenuemente. Incluso empezaban a formarse charcos pegados a los bordillos.
De pronto un hombre tropezó con uno de ellos y cayó sobre el agua, que le empapó parte del pecho. Se levantó con la respiración muy agitada y siguió corriendo. El aire húmedo y frío le quemaba los pulmones de lo rápido que iba, notaba el latido de su corazón golpeando contra su cabeza, desbocado.
Todo producto del miedo.
Ramón corría por la acera sin parar, girando a veces la cabeza hacia atrás para ver si esa cosa seguía persiguiéndole, pero cada vez que creía que la había despistado, a los pocos segundos volvía a oír su trotar pesado y su bramido, cosa que le hacía volver a correr y volver a bombear adrenalina en enormes cantidades.
Jamás había sentido mayor miedo en su vida, ni tanto dolor.
Esa cosa… esa cosa ha matado a Vanesa…
Fue testigo de todo, volvían cansados de la despedida de soltero de Lucas, un buen amigo, y cinco minutos después, esperando al taxi que habían llamado por teléfono, escuchó aquel bramido descomunal, y esa enorme bestia se lanzó sobre ella.
Parecía un perro del tamaño de un caballo y musculoso como un león. La borrachera se le quitó de golpe con aquella cosa, y trató de quitársela de encima a Vanesa, pero ese monstruo lo apartó de un empellón con su cabeza, rajándole la ropa del torso con uno de sus cuernos y haciéndole un corte.
Comprendió que ya estaba muerta, Vanesa había dejado de gritar después de que la enorme boca de la criatura la mordiera. Fue cuando salió corriendo en dirección contraria, no podía hacer nada por ella, y él solo no podía hacer frente a ese monstruo. Tenía que huir, escapar y pedir ayuda a la policía, a cualquiera que tuviese un arma.
La herida del pecho le escocía enormemente, y escuchó un segundo rugido, seguido de ese trotar. Esa criatura había decidido darle caza después de haberse llevado la vida de su novia.
Se metió por una calle estrecha a su izquierda, llena de cartones y tablones de madera a los lados. Diez segundos después oyó el estrépito de un cubo de basura cuando la criatura por su peso se estrelló contra él.
Ramón encontró delante de él lo que podía ser su salvación, había una reja que tapaba el callejón, con una puerta enrejada también. Aceleró su marcha al oír el trotar pesado de esa cosa cada vez más cerca.
¡Por Dios, que no este cerrada, por favor, por favor!
Arroyó la puerta, que por suerte se abrió, para luego cerrarla detrás de él y colocar el pestillo.
El sonido metálico se oyó dos segundos después, la bestia se lanzó contra la reja, pero resistió, no la derribó. Siguió intentándolo, levantándose sobre sus patas traseras y apoyando las zarpas sobre la superficie elástica de la reja.
Pudo verla con total claridad en ese momento. Lo que pareció ver y creía que era producto del alcohol. Su piel escamada y las largas púas en su lomo, sus zarpas del tamaño de la cabeza de Ramón, su cabeza leonina con los cuernos de toro que le hicieron el corte, y con una melena negra. Esa enorme bestia lanzaba zarpazos y mordía el alambre de la valla, deformándolo.
Estaba realmente acojonado, ¿de qué jodida pesadilla había salido esa cosa?
La enorme criatura con aspecto de león astado rugió, frustrada por no poder llegar al otro lado. Fue cuando se dio cuenta de que ese monstruo no carecía de inteligencia, no solo le miraba, estaba moviendo las aletas del hocico, oliéndole, ¡oliendo la sangre de su pecho!
Volvió a rugir, enloquecido por el olor a sangre como un tiburón, y lanzó una dentellada contra la reja, llevándose pedazos de alambre con cada increíble mordisco.
Una voz en su interior consiguió superponerse al pánico.
No tardará en echarla abajo, ¡muévete gilipollas!
Ramón salió de su parálisis por culpa del miedo y continuó corriendo. Tenía razón, esa cosa iba a destrozar la reja de un momento a otro, y aunque ahora tenía tiempo para alejarse sabía que le iba a encontrar, podía seguir el olor de su sangre.
Todo eso pasó diez minutos atrás, y estaba hecho polvo, apenas podía con su cuerpo del cansancio. Daba igual dónde se escondiera, acabaría dando con él si no ocultaba su olor a sangre, pero estaba tan desesperado que no se le ocurría nada. Necesitaba ayuda, pero si la pedía aquella cosa no necesitaría rastrearle, iría a por él directamente por los gritos.
Tenía que ocultar su olor.
Corrió hasta que los músculos parecían estar hechos de goma elástica, fue cuando encontró la forma. Unos contenedores de basura, era un olor tan fuerte que puede que enmascarase el suyo.
Estaba tan cansado que tuvo que reprimir un impulso para vomitar, pero no se paró ahí, abrió la tapa, se metió dentro y la cerró.
El latido de su corazón todavía resonaba en sus oídos, ahora más fuerte por haber parado de correr. No tuvo que esperar mucho, al cabo de un rato, fuera se escuchaba el respirar fuerte de la criatura y el sonido de las garras sonando contra el asfalto. Se esforzó por no hacer ningún ruido, por calmarse, rezando para que esa cosa pasase de largo.
Oyó a la criatura emitiendo un rugido leve, como de repugnancia y de rechazo, y al poco notó que se alejaba trotando, dejándolo todo en silencio.
No supo decir cuanto tiempo estuvo ahí metido, diez minutos o media hora. Se permitió sollozar un poco, no solo por miedo, sino por la pérdida de Vanesa. Después de un rato se atrevió a salir cuando tuvo un problema con la falta de aire fresco.
Suspiró, aliviado enormemente cuando al abrir la tapa vio que solo estaba él en la calle. Cogió su teléfono móvil, y se dispuso a apretar los números, con intención de llamar a la autoridad local.
— Una buena noche para robar basura, ¿no?
No llegó a marcar, y se dio la vuelta para mirar al desconocido. Un hombre de pelo castaño y largo, de metro ochenta y cinco y rasgos duros, le miraba con una sonrisa en la boca. Sus ropas eran de color negro (camisa, pantalones y botas), y llevaba gafas.
—Tiene que marcharse, hay un animal suelto y…
—Lo sé.
Ramón se quedó perplejo, confuso. ¿Cómo podía estar tranquilo?
—…¿Qué?
El desconocido se limitó a reír, aquello no le hizo ni puta gracia, ¿se estaba descojonando porque no se lo creía? Sintió ganas de sacudirle allí mismo, pero él seguía riendo, sin parar.
Los ojos de Ramón se pusieron como platos por el pánico. Ese monstruo se estaba acercando, silenciosamente, por detrás del desconocido, y a punto estuvo de advertirle, de gritarle…
…Y se atemorizó todavía más cuando la bestia se puso a su lado y se sentó.
El desconocido pasó la mano por el pelaje del león astado, pero la criatura no desviaba la mirada de su próxima comida. Ramón se habría meado encima de no ser porque estaba demasiado paralizado para ello. Fue cuando el desconocido empezó a hablar.
—Me hace mucha gracia que tengas una relación con la putita de antes y a la vez te estés tirando a Danael con el resto de sus lameculos.
Aquellas palabras impactaron sobre él, empezaba a entender, y entonces supo quién era él. Habló tartamudeando, pero con ansiedad.
—… Nos habló de ti, te llama devorador… pero e… este no es tu territorio.
—¿Y me tiene que importar? —preguntó, y el león astado levantó la cabeza, mirando a su dueño como pidiéndole carta blanca para actuar—. Voy a donde me place, esa hipotética tregua nunca existió para mí. Directamente no os mato a todos porque luego no tendría a nadie con quien jugar. Además, tengo que racionarle la comida a mis mascotas.
Acarició detrás de la oreja derecha al león, y este volvió a mirar a su presa.
—Será divertido ver la cara que pone tu “diosa” mientras ve tu nombre en la primera página del periódico.
No pudo aguantar más, salió corriendo callejón abajo, jadeando.
—Nicky…
Cuando dijo su nombre, el animal que antaño era un lobo fue tras él, y Ramón oía el pesado galopar de “Nicky” cada vez más cercano.
¡No, no, no, no…!
Un último bramido de triunfo a su espalda, y ya estaba perdido. Sus gritos se escucharon dos manzanas a la redonda, aunque a oídos del devorador fue música celestial. Disfrutó de la enorme agonía de aquel humano, pero eso solo fue un bocado insignificante para él.
Aun así, prefirió retirarse por esa noche. Nicky pronto terminaría su cena y volvería a casa, sabía como volver sin ser visto. Se conformaba con que el terror removiera a los seguidores de esa corruptora, dejarían de adorarla, mermarían su poder y sus posibilidades.
Y a largo plazo su vida.
—Danael, un día no tendrás agujeros en los que esconderte ni sectarios de los que nutrirte, preciosa —contestó al silencio de la noche, sabiendo que ella escuchaba cada palabra.
Era hora de largarse. La policía no tardaría en aparecer.
* * *