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Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

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CAPÍTULO 16: GANANDO TERRENO (2/3)

Se sentó tras su escritorio como siempre. Tenía que continuar con su “gran hermano” sobrenatural.

Cerró los ojos, pero eso no quitaba que pudiese ver. El entorno que formaba su despacho desapareció, mientras sus ojos eran capaces de ver más allá. Las luces se apagaron, y poco a poco encontró lo que buscaba. Esta vez la conexión con lo que rodeaba al demonio era fuerte.

Sin embargo, parecía haber encontrado el canal pornográfico más bien.

—Vaaaya.

Era la tercera vez que Danael espiaba a Tesiel. Sin embargo esta vez fue más cautelosa y menos invasiva, lo que le sirvió para no ser detectada. La segunda estaba durmiendo en una casa distinta, la de una humana, y la tercera al parecer en una tienda… y en plena faena.

Se movía mucho, cada vez en un lugar diferente, y aunque tomaba buena nota de los lugares que visitaba para intentar localizarlos, esta era la primera vez que pudo obtener el lugar exacto al ver el nombre de la tienda.

Meditó todo ese tiempo lo que podía hacer con esa información. ¿Chantaje? No le serviría de mucho con alguien de su clase. ¿Tenderle una trampa y devorarle? Posible, pero conllevaba un riesgo inadmisible. Por el momento no podía hacer nada más que enfrentar a esos dos contendientes, y el que sobreviviera se convertiría en amigo suyo… o moriría mientras estuviese débil.

Y la humana. ¿Quién sería la humana?

En su ordenador buscó el nombre de la tienda, y encontró tres, lo que no le servía de mucho para encontrar una dirección. Aun así, encontró el nombre de la chica en su página web.

—Para lo que no sirva internet… ¿Qué tenemos aquí?…

Apareció una foto en la pantalla con su nombre…

—Débora Costa…

A partir de ahí no sería difícil encontrar su domicilio… ya que sabía donde encontrarla, y con ella encontrar a Tesiel… y tener a un diablo por los cojones era una carta muy valiosa que necesitaba en su baraja.

Y si la sacaba en el momento justo, su escalera de color destrozaría la mano de su rival… para siempre.

Se levantó de la silla tras su escritorio, silbando, y tarareando mientras cogía el teléfono, y hacía una llamada.

—¿Diego? Sí… necesito que reúnas a tu equipo… sí, he encontrado a nuestro gallo de pelea. Falta darle un motivo, y así tendrá ganas de pelear.

* * *

Madrid, 19 de octubre 2009

 

 

Hacía unos diez minutos que Lorenzo Villalobos se tomó un descanso para tomar un café. Llevaba varios días revolviendo restos para ese caso en específico, pues no paraban de aparecer bolsas del basurero repletas de ellos… y a cada bolsa que llegaba, otro escalofrío más fuerte le recorría la espalda, pensando en que contando todo lo que llegó, debían haber muerto unas docenas. El número de bolsas se redujo, prueba de que no podían quedar muchas más, pero no dejaban de llegar.

Da un trago largo al café. Veía las noticias, y aunque sabía que casi todo era encubrimiento, eso sólo le hacía sentirse más temeroso… esa cosa estaba comenzando a asustar a la población… por lo menos a él sí. Lo único que quería era que el caso se cerrase de una maldita vez, para así poder volver con su familia, cenar con ellos los entrecots que habrá preparado su mujer para cenar, en sus hijos mintiéndole sobre lo bien que le habían salido los exámenes de primaria… en ver el partido de dentro de unos días con sus colegas y unas pocas cervezas.

Pero ya había pasado la media noche hace nada según el reloj de la pared. Los niños estarían dormidos, y seguramente su mujer no tardaría en seguir su ejemplo… No le alentó para nada cuando las puertas se abrieron, y un par de agentes trajeron dos bolsas más y le confirmaron a su pesar que también eran del mismo caso…

¿Es que acaso el vertedero entero estaba formado por esas malditas bolsas?

Se abstuvo de más comentarios a los policías, salvo un agradecimiento y una despedida formal. No había mucho que decir a los agentes que no dijese antes, y por la cara que tenían, también sentían lo mismo.

Volvió a quedarse a solas, con aquel estremecimiento mudo en la base del estómago, y luego miró su café, que bebió acabándoselo de un  tirón. No podía tomarse un descanso siquiera, y no por ser su trabajo. Mientras se estuviese quieto, llegarían más restos.

Cogió el móvil, y con desagrado pero aceptación, escribió un mensaje.

“Lo siento cariño, hoy me toca llegar a casa de madrugada. Mañana prepararé algo especial.”

Con un suspiro desganado dejó el teléfono. Luego se acercó a la mesa, preparó nuevos guantes y abrió una de las bolsas. Un olor dulzón y putrefacto surgió de ella, acompañado del olor a sangre y heces. Por suerte para él, años como forense le enseñaron a no ser escrupuloso con los olores… cosa que agradeció.

Empezó a catalogar los restos, algunos huesos estaban intactos, otros eran simplemente astillas. Ni un solo resto de piel… parecía que esa criatura disfrutaba arrancándosela para beber la sangre de las víctimas antes de comérselas… y una metodología así le asustaba. ¿Podía una criatura tan monstruosa tener un comportamiento que rozase la crueldad que sólo podían tener los seres humanos?

Entonces sus manos tocaron algo rígido, liso, que no podía ser hueso ni carne para nada.

Entre los huesos había una cadera artificial. Se quedó mirándola. Tenía marcas de las dentelladas de esa criatura, pero poco le hicieron a la aleación de la que estaba hecha. Aquello para él era una mina, pues se podía identificar fácilmente por algo así.

Después de limpiarla, la examinó y encontró el número de serie.

Se fue directo al móvil, y dio un toque a Julia, nunca lo hacía si no había un motivo de peso. Mientras tanto, se colocó delante de la computadora. Era consciente de que si corría demasiado pagaría las consecuencias por hacerse ilusiones… Pero también tenía intuición, y normalmente no se equivocaba.

Al entrar en la base de datos médicos e introducir el número de serie, a los pocos segundos apareció la cara y el nombre de la víctima.

Había dado en el blanco, estaba seguro.

Entonces sonó el teléfono de nuevo, el cual contestó, poniendo manos libres.

—He encontrado algo que hará que me quieras mucho más.

—“No te hagas de rogar, Lorenzo” —contestó ella con el cansancio evidente de esas horas—. “¿Qué tienes?”

—Acabo de identificar a uno de los montones de carne. Tomás Ferrero, empleado del INE. Parece que han denunciado su desaparición hace unos días. Es la víctima más reciente hasta ahora.

Notó al otro lado un suspiro de alivio.

—“Lorenzo, eres grande. Voy para allá ahora mismo. Sigue buscando.”

—Pues date prisa, hace ya bastante que terminó mi turno.

—“Aguanta un poco y te invito a una cerveza. Hasta luego.”

Entonces cortó la llamada. Le dio por reír en respuesta, y se sintió bien, bastante bien por dar otro paso para cerrar el caso.

Se recostó unos segundos en la silla. Satisfecho.

“click”

Lo último de lo que fue consciente después de oír eso, fue el zumbido del silenciador y su propia sangre mezclada con materia gris salpicando el monitor destrozado que tenía delante. Su cuerpo muerto se inclinó y se apoyó sobre la mesa.

El asesino lo escuchó todo, y se acercó con sigilo mientras continuaba la llamada, y tuvo vía libre cuando se cortó. Cuando terminó su trabajo, empezó a desenroscar el silenciador de la pistola que tenía en su mano. Sin número de serie y con esparadrapo en la culata y el gatillo, y entonces la guardó en el interior de su chaqueta. Ni siquiera le salpicó. No levantaría sospechas sobre él, pues no interrumpió la llamada. Así sería más difícil averiguar el móvil y su identidad.

Su amo fue listo en avisarle, por si acaso esa oficinista convertida en zorra devorahombres no cumplía su cometido a tiempo… Pero ahora la policía lo sabía, y por lo tanto, debía vigilarla.

Más todavía.

Salió tranquilamente del lugar, y entonces escuchó el teléfono. Le llamaban.

—“¿Te pillo durmiendo en un prostíbulo?”

El asesino bostezó.

—Lo siento Julia, esta vez no. No hay dinero —contestó David, poniéndose delante de una máquina de café para servirse uno.

—“Perfecto, tienes que ir a ver a Lorenzo, me acaba de llamar.”

—¿Qué tenemos?

* * *

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