Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
“Consolidar un territorio… Solía ser sencillo cuando se podía hacer hervir ríos con un gesto. Ahora, en un envase humano, tengo que conseguir terreno como un humano.”
“Patético ¿no?”
Madrid, 18 de octubre 2009
Débora levantó la persiana metálica que cubría el escaparate y la entrada de su tienda. En cuestión de segundos desconectó la alarma.
—Adelante. Pasa, pasa —dijo ella con ilusión.
Javier aceptó su invitación y entró. Eran las diez de la mañana, por suerte no tenía falta de sueño, no se sentía cansado pese a su pequeña salida de madrugada para hablar con Nicolás, y por suerte, Débora no se enteró de su pequeña escapada ni de su regreso.
Después de convencerle de que era lo que era, no puso más pegas. Dentro de poco le llegaría su llamada. Sabía que era medianamente listo y que no llamaría la atención con la compra por un pago completo de golpe. Le sugirió que si el vendedor preguntaba, le hablase de una empresa de seguridad, dado que por su corpulencia, daría el pego.
Cuando ella despertó un par de horas atrás, todavía estaba algo sensible por la visita de su ex novio, sin embargo logró convencerla de que lo mejor para cuando se siente que la vida es una mierda es concentrarse en el trabajo. Terminó de persuadirla con que le gustaría ver su negocio, y poco a poco, logró sustituir el malestar por la ilusión.
Metió las manos en los bolsillos, observando el lugar. Posters en las paredes y banderas en el techo de grupos clásicos y modernos de casi todos los tipos de metal. Percheros repletos de camisetas, vestidos, corpiños, abrigos de cuero… una estantería llena de discos, el escaparate mostrando un montón de figuritas, bolsas… No supo por qué, pero ahí se sentía cómodo. Tal vez por el ambiente así de sutil.
Aunque acabó recordándole a su hijo Luis… lo que le desagradó en parte.
—¿Qué te parece? —preguntó ella, sacándole de sus pensamientos. Habló con amabilidad y cierta satisfacción, sonriendo a la vez que se acercaba al mostrador de discos.
—… Me gusta el ambiente.
—Me alegro. A mí me encanta, y es un negocio que funciona prácticamente sin tener que prestarle atención.
Javier la escuchaba mientras sus dedos bailaban sobre los discos, pasándolos uno a uno y viendo sus portadas. Se detuvo en una en particular, al ver la imagen de un demonio astado y amenazador sonrió de nuevo.
—¿Qué tipo de clientela sueles tener?
—Death metaleros, góticos, fans del rock añejo, moteros… un poco de todo.
—¿Qué edad tienen?
Acabó extrañada por la pregunta.
—… Los más jóvenes que he visto tenían trece años. A partir de ahí de casi todas las edades. ¿Por qué lo preguntas?
Cuando lo preguntó, Javier estaba pasando la mano por unas pulseras y guantes expuestos en un colgador.
—Me gustaría trabajar para ti.
Se esperaba cualquier respuesta salvo esa.
—¿Para…? No, no, espera… Javier, no sé si…
Quería ayudarlo con lo del trabajo, pero no pensaba en hacerlo así. Cuando pretendía decirle “si fuiste médico tendrás muchas salidas” o “seguro que puedes optar a algo mejor” se paró con un gesto tranquilo de Javier, pidiendo que parara.
—Mi currículum tiene un agujero desde que perdí la licencia por mi baja de diez años, y me queda bastante para recuperarla. Hasta entonces tengo que hacer algo.
Ante su silencio por no saber qué responderle añadió algo más, caminando hacia el mostrador y mirando los parches y anillos expuestos bajo el cristal.
—No lo digo de forma permanente, tan sólo unos días. Y además dentro de poco tendré unas pocas entrevistas de trabajo.
—¿Entrevistas con quien?
—No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros.
—… Pues vas listo si crees que levantaras una piedra y encontraras trabajo como antes de la crisis.
Le respondió riendo un poco sin abrir la boca, y se giró hacia ella.
—Mayor motivo para que me des trabajo, ¿no?
Débora normalmente se tomaría mal algo así, tratándose de alguien que no conocía… pero no lo hizo, posiblemente porque no lo veía como tal. En vez de eso se acercó, cruzándose de brazos, y arrugando un poco la frente.
—¿Tienes experiencia como dependiente?
—Trabajé de crio unos meses en Blanes.
—¿Tienes coche?
—Con todo en regla.
Le observó un poco, haciendo como que lo meditaba aunque no le hacía falta, ya había tomado una decisión.
Alzó una ceja, mientras ponía media sonrisa.
—¿Disponibilidad?
—Inmediata —respondió él, sonriendo del mismo modo.
—Empiezas ahora.
—Lo suponía.
—Eres un listillo, ¿verdad?
—Se intenta.
Acabó sonriendo del todo. Entonces pensó en lo rápido que olvidó el disgusto que sintió por el ataque de Jaime… También pensó en el poco tiempo que pasó, cuando se dijo a si misma que no quería parecer una niña, y ya le estaba dando un trabajo.
En el fondo lo consideró, y le gustaba la idea de tenerle cerca. Dio un par de pasos más hacia él, quedando más cerca, y mirándolo.
—Pero si vas a trabajar aquí necesitarás llevar encima algo más… acorde. Ven, tengo algo aquí que te quedará… —se paró al ver que Javier fruncía el ceño, y bajaba la vista. Entonces se sacó su móvil que estaba vibrando, con un timbre simple.
—Un momento, jefa… —dijo, dando una breve sonrisa, y se alejó un par de pasos. Conocía ese número. Lucía no lo cambió en diez años.
—¿Sí?
—“Eh… Hola, Javier…” —parecía incómoda por la llamada, lo podía notar en su voz—… “¿Cómo estas? No he sabido nada de ti en tres días…”
—Todo bien, gracias por preguntar.
No tenía ninguna intención de hacer sentir mejor a la mujer que trató de matarlo. Su parte humana, empapada en sentimientos hacia ella, era lo único que le frenaba de hacer lo que quisiera en un principio. No tenía ninguna intención de castigar a su recipiente atormentándolo con la muerte de su ex mujer, por lo que para no caer en la tentación, prefería evitarla.
—“Estaba un poco preocupada, te fuiste casi sin avisar…”
Acabó saliendo de la tienda, para hablar sin que Débora escuchara.
—No quería molestar más.
—“Pero si no molestas, puedes ve…”
—No es lo que opina él.
El silencio hizo reaccionar a su parte de hombre como si le acusase sin palabras de ser un cabrón, pero no le importó. De hecho, disfrutó ese momento.
—… “Lo sé… lo hablé con Alejandro, discutimos y… Me siento mal… Me gustaría arreglarlo.”
—No hay nada que arreglar —le contestó, con un tono prácticamente indiferente, frio, aunque por dentro sentía el fuego odioso avivarse—. Es mejor para todos que las cosas sigan como están.
—“Oye Javier, si es por él, no te preocupes. No molestará más, lo hablé con él. Es que… Mira, no quiero que te alejes por algo así… Luis y yo somos tu familia.”
Familia… Sintió la tentación de decirle lo que le quería decir. Ya no quería matarla, si no destruirla. Ella era la menos indicada, la que menos tenía derecho a hablar de una familia.
¿Qué coño sabrás tú de familia?
—… Mi familia lleva diez años viviendo sin mí, y sigue adelante. No me interesa recuperar nada.
Otro de esos silencios que tanto le gustaban, y a la vez le dolían. Con un malestar amargo como consecuencia.
—“Luis necesita un padre…”
Era la última frase que quería escuchar. Apretó el puño de su mano libre. Desearía tenerla delante en ese instante, hacerle daño por usar una artimaña, según su criterio, tan ruin. Su conciencia prestada respondía a eso claramente, y no se lo iba a poner fácil.
—Luis no quiere saber nada de mí. No me quiere como padre. Supongo que Alex puede ocuparse de eso.
—“Para él es mucho más difícil… por favor, dale una oportunidad.”
Apretó los dientes… pero acabó relajándose.
—Mañana me pasaré por allí…
Y colgó. No quería escuchar nada más, pues entonces no sabría que acabaría haciendo, contraproducente para sus planes y para sí mismo. Ahora era más consciente todavía de su odio hacia ella.
—… Puta humana.
Se enfrentó a manipuladores que la dejarían a ella como una aficionada, pero no contó con que su parte más humana reaccionase esa zancadilla. Le costaba aceptarlo… pero ella le ganó este asalto.
Sentía que debía desquitarse con algo, pero lo primero era lo primero. Débora estaba todavía dentro de la tienda, esperando. Enmascaró sus emociones como siempre, pero no le sería sencillo…
Aunque…
Se giró, la vio a través del cristal del escaparate. Se la podía ver detrás del mostrador mirando algo en el ordenador…
¿Por qué no?
Cuando Javier entró de nuevo, salió de ahí para hablar con él. Se podía ver una tenue preocupación en su cara, aunque decreció al ver su despreocupada expresión.
Ambos se acercaron el uno al otro.
—Eh… ¿Todo bie…? —no pudo acabar al ser silenciada por un beso de Javier. Ella se sobresaltó, abriendo los ojos como platos por su cercanía y su descaro al besarla y abrazarla por la cintura… Sin embargo algo despertó dentro de ella, algo que le pedía que no lo detuviera.
A duras penas logró separarse de él, pero al mirar su cara, a sus ojos, considerando todos los fracasos y los desengaños, considerando todo el dolor y la soledad al paso de los años, considerando aquel vacío que nunca supo como podía ser llenado… vio en él la respuesta, aquel que siempre estuvo con ella, que nunca le dijo no ni despierto ni dormido, aquel que la salvó de algo que pudo terminar mal… y se rindió.
A la mierda.
Fue ella quien le besó a continuación, con pasión y ardor, colocando sus brazos alrededor de su cuello. Tesiel la aupó, atenazándose ella a él con las piernas, y fueron a la parte de atrás de la tienda.
* * *