Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
“Matanza. Esa palabra es desagradable, ¿verdad? Se pueden enmascarar en conflictos entre países, guerras teniendo la fe como estandarte, luchas con una palabra más comestible en la boca llamada “libertad”. La realidad es mucho más cruda, y una de las desventajas es que nadie cuestiona nada, porque saben que es mentira. Una matanza no mejora por poner delante un ideal de fe, patria o venganza.”
“Pero la peor parte, es que matanza sólo es una palabra.”
SALAMANCA, 19 de octubre 2009
El padre Nacho Gaitán estaba sentado en uno de los bancos de la capilla, mientras la misa se realizaba, formando él como uno más entre los oyentes del sermón… que por desgracia, no eran muchos.
Apenas la mitad de la capilla estaba llena en esa ocasión. El padre recitaba uno de los Salmos.
Pero su mente aquella vez no estaba en el sermón por completo, pues no dejaba de pensar en lo que había visto… y el estremecimiento que sintió al verlo. Sujetaba con las manos la cruz que pendía de su cuello, encomendándose al objeto de su fe.
—… Señor… no me reprendas por tu enojo ni me castigues por tu indignación. Ten piedad de mí, porque me faltan las fuerzas; sáname, porque mis huesos se estremecen.
Aquellas citas en concreto parecían alguna especie de broma cruel que coincidía con lo que había visto en aquel video que le llegó junto con el informe. Algunas fotos de cadáveres desmembrados y descuartizados, miedo que se extendía como la peste en la población, pruebas aterradoras de la existencia de una abominación… pero el video del helicóptero fue lo que más le estremeció.
Sumido en su oración interior, no se dio cuenta de que aquella joven chica de la que tanto solía alejarse, se sentó a su lado.
—Buenos días, padre —le dijo en voz baja. Gaitán miró levemente de reojo, y frunció un poco el ceño.
—… ¿No deberías estar abajo?
—No soy un monstruo de feria, padre. No vivo encerrada.
El cura la miró directamente al oír esa respuesta. Hacía poco que él pasó los cincuenta, había visto de todo a lo largo de su vida, pero ella, que apenas había dejado de ser una niña, le ponía nervioso. Kriszta Szôlôsi distaba mucho de ser normal. De nacionalidad húngara y unos veintiún años, ocultaba la mayoría de su cuerpo con ropa que casi rozaban los hábitos, y un coeficiente intelectual que superaba a la mayoría en muchos aspectos.
Pero no sólo era su cara de niña buena y su inteligencia oculta lo peligroso en ella. Sus ojos verdes veían más que otras personas.
—En ningún momento he dicho eso —dijo, desviando la mirada
—Ni yo que lo hubieses dicho.
—Soy bastante viejo para tus trucos, chiquilla.
Ella, alzando las cejas un poco, y haciendo un “oh” mudo, tornó su vista hacia el sermón.
—¿No te cansas de oír lo mismo un día y otro día?
No obtuvo respuesta. El padre estaba al tanto de lo cínica que podía llegar a ser. A veces se divertía cabreando a la gente porque sí.
—No sé si te habrás dado cuenta de la poca gente que viene últimamente.
—No tengo dudas en mi fe.
Hizo un amago de reírse pero se contuvo. Los de la fila de adelante se giraron un poco, mirándola de reojo. Ella bajó un poco la cabeza, y ellos volvieron a centrar su atención en la misa.
—Yo no tengo problemas de fe, padre. Creo en Dios… en lo que no creo es en ese losco de papel que llamas Biblia.
—¿Has acabado? —preguntó el padre, serio, empezando a cansarse, lo que hizo que se levantase y se encaminara a la salida. Kriszta sonrió ampliamente, pues era lo que pretendía.
Salió en pos de él, algunos miraron como salían de la capilla. Ella le dio alcance cuando estaba a la mitad de uno de los pasillos de la iglesia, él caminaba algo rápido, pero no le fue difícil de alcanzar.
—He visto los archivos.
—Yo también —dijo el padre Gaitán, todavía molesto, pero no iba a decirle nada para agrandar aún más su ego—, el vaticano estará horrorizado al igual que nosotros.
En ese momento, la muchacha tornó en seriedad.
—También está asustado, ¿verdad?
—No uses esa cosa conmigo.
—No uso nada, os lo juro padre.
Gaitán siguió caminando. Tenía razón, estaba asustado, pero no por el demonio, sino por su forma de actuar. Normalmente esos engendros enemigos de Dios eran discretos, pero este… hacía bastante gala de su superioridad… y no se ocultaba al mundo. Y a eso le tocaba enfrentarse. Una frase se le pasó por la cabeza.
No es un pecado temer al mal.
—¿Tienes hambre? —dijo de pronto la muchacha.
—No… además, no tardarán en venir.
—Si no te metes nada en el estómago…
El cura la miró mal, y siguió caminando. Esa mirada la hizo retroceder. En el fondo la muchacha lo apreciaba, pues era una de las pocas personas realmente decentes por dentro y por fuera.
—¿Cuándo me vas a perdonar?
—Necesito privacidad, Kriszta, y contigo no la puedo tener.
—Sabes que es algo que la mayoría de las veces no controlo. Venga, no estés así.
El padre acabó suspirando y deteniéndose. Él también la apreciaba, y no sólo por su mucho talento. Aunque a veces fuese algo pícara, siempre obraba por el orden y el bien de los demás… Y le costaba no tratarla como una niña.
—… Pequeña Kriszta… Te voy a hablar como a una adulta. Se que eres muy lista, pero a veces eres un poco infantil, inocente, y lo que vamos a hacer no tiene cabida para ninguna de esas cosas.
Se molestó por ese trato.
—He estudiado y entrenado para esto.
—Entrenar y estudiar no es vivirlo —dijo, volviendo a caminar.
Torcieron por el pasillo a la derecha, detrás de la sacristía y justo al lado de la entrada a ella, se pararon delante de una escultura.
Nadie salvo los miembros de esa iglesia sabía que detrás de la estatua había un botón, que la desplazaba junto a la plataforma que tenía debajo, revelando el acceso.
Bajaron las escaleras, iluminadas por lámparas algo antiguas atornilladas a las paredes, se notaba la corriente de la ventilación hasta que la entrada se cerró a sus espaldas.
—Creo que ya demostré mi capacidad para estas cosas.
—Una cosa es perseguir chupasangres y otros seres menores, aun no sabes lo que es ir detrás de traidores al mismo Dios —respondió, llegando al final del descenso donde estaba una puerta metálica de siete centímetros. Metió el código en el panel a la derecha de la entrada, y esta se abrió sola con un sonido electrónico.
Al pasar al interior de la estancia, vieron a otros cazadores trabajando sobre mesas y pantallas de ordenador con la información de que disponían de sus objetivos. Algunos hombres de fe dedicados a erradicar los peligros que la gente normal desconoce, otros buscaban venganza por salir vivos de su primer contacto sobrenatural. Los había incluso que trabajaban por mero odio a los seres que se creen superiores y matan con sus “ventajas”. Ninguno saludó, demasiado inmersos en su trabajo.
Entraron en los aposentos de Gaitán. Todo ambientado a la antigua, no había ni un solo elemento tecnológico en la habitación más allá del uso de velas para alumbrar y pluma para escribir con su tintero al lado. Detrás de un viejo escritorio había un altar bien cuidado, con un cáliz, unas pocas cruces, un incensario, y una biblia, como las otras muchas que había en las estanterías de las paredes a la izquierda y a la derecha, en las que había otras con distintas versiones de las revelaciones, archivos llenos de casos con precedentes de actividad sobrenatural, información sobre cultos, sectas y especies peligrosas.
Con una cerilla encendió las velas del escritorio. Kriszta no dijo nada hasta que cerró la puerta, quedando ambos a solas, asegurándose de que nadie escucha.
—Si de verdad piensas eso, ¿por qué no me impides ingresar en la unidad?
No hubo respuesta por su parte, el exorcista se limitó a recoger las cosas que necesitaba. Puso la biblia sobre el escritorio, a su lado frascos de agua bendita, una cruz…
—… A menos… que ya lo hayas hecho.
Gaitán cerró los ojos. Era evidente que empezaría otra pelea.
—Joder, padre…
—Esa boca.
—¿No tienes ninguna confianza en mí?
El cura dio un palmetazo a la mesa.
—¡Ellos están al tanto de lo que puedes hacer! —respondió él—, y eso es lo que me preocupa.
Ella lo entendió rápidamente, como siempre.
—… Ponen preferentemente en primera línea de fuego aquello en lo que no confían, como piezas prescindibles.
Gaitán se lo confirmó indirectamente, bajando la cabeza. Y ella lo entendía. Quería protegerla como siempre, no llevarla a ese nivel tan peligroso, pero pese a sus múltiples recomendaciones en contra que envió a la sede, no fueron aceptadas, y por tanto estaba obligado a callarse y acatar la decisión.
—Mira, padre… está decidido, no hay vuelta atrás. Preocupándote lograrás que no lo hagamos bien, tal vez sufriendo consecuencias graves.
De nuevo, tardó en responder.
—… Promete que… te quedarás a cubierto en la parte de atrás. Ayudas en las decisiones y preparativos, señalas al objetivo y luego dejas que los demás nos encarguemos.
Lo primero que pensó la muchacha fue “joder, chantaje emocional”, pero no trató de zafarse de la petición con ninguna argucia, por el hecho de tenerle en alta estima.
—… No llevo bien eso de la mujer desvalida, padre.
—Por favor, Kriszta.
Ella cerró los ojos, dándose por vencida.
—… Está bien.
Pero no cuentes con ello mucho tiempo.
Consiguió que Gaitán sonriera un poco, más tranquilo. Se acercó a ella, y la besó en la frente.
—No te separes de mí mientras estemos con ellos.
—No te pases.
Su sonrisa se ensanchó. Rebelde hasta el final.
—¿Me ayudas a recoger un poco esto?
—Claro, yo también necesito mis bártulos, y tardaré bastante más que…
Tocaron a la puerta, sorprendiéndolos un poco. Gaitán dio permiso, y por la puerta apareció uno de los pocos investigadores que normalmente están delante de un ordenador y no salía del sótano.
—Los Micaelitas están aquí. Un tal Preston les está esperando en la sala comunal.
—… Muchas gracias, Roger —añadió el exorcista.
Roger volvió a dejarlos solos. El cura no apartó la mirada de la puerta hasta varios segundos después, bajando la vista poco a poco.
—Se han adelantado —dijo ella.
—Sí…
Sin siquiera mirarla, volvió de nuevo a la mesa.
—Ve a recoger tus cosas, nos vamos.
* * *
—¿Hay alguna información de la familia?
—Me temo que no, no tenía identificación encima. Al menos pudo escribir el número de una persona de confianza, una mujer. No tardará en aparecer, ya le dimos el aviso.
—Entiendo… ¿Se sabe como llegó a ese estado?
—Pensamos que pudo ser una banda, ya hubo precedentes, no sé si lo recordará… pero bueno, no aventuramos nada. La policía lo está investigando, pero está hasta arriba. Es muy probable que se pasen por aquí en unas horas.
El guarda miró su reloj.
—Tengo que irme. En fin, se lo dejo a ustedes.
—… Está bien. Muchas gracias, señor Fell.
—Buenos días, doctor.
Duke observó al guarda del metro marcharse por el pasillo. Las enfermeras acomodaban al recién llegado como podían, previamente sedado. No tardarían mucho en llevarlo a rayos.
Miró la pantalla de su teléfono móvil, como otras tantas veces, esperando una llamada o un mensaje.
La fama de hospital milagroso por fin decreció a los pocos días, y con ella el desagrado Duke, pero de poco sirvió porque esa estúpida superchería incómoda fue reemplazada por un malestar en lo personal. Desde que Javier se fue, no contactó con él ni una sola vez… cosa que ya empezaba a rayar la preocupación. Todavía pensaba que dar de alta a Javier fue algo precipitado, su modo de comportarse no era el de siempre, o desde luego, no el de antes del accidente, y esa aversión al contacto humano que trataba de ocultar lo intrigaba y preocupaba todavía más.
Lo que realmente temía y le desagradaba era el hecho de que Javier había cambiado, y no lo quería aceptar.
Guardó el móvil a su pesar, y suspiró. Lo arreglaría más tarde, si es que tenía arreglo.
Entornó un poco la puerta para mirar al interior. El tipo sin nombre estaba sedado todavía, probablemente no despertaría hasta después de las pruebas. Cerró la puerta de nuevo, y se encaminó a la parte de atrás del hospital, palpando el paquete de cigarrillos en el bolsillo.
Cuando alcanzó las escaleras al otro lado del pasillo y empezó a bajar, por el ascensor de al lado salió la mujer.
Danael sabía perfectamente dónde estaba su siervo, y no estaba contenta con la noticia. Diego era la pieza que faltaba para entender cómo consiguió Tesiel engañarla… y que uno de los suyos le fallara era de las pocas cosas que podían cabrearla. Caminó por el pasillo sabiendo la habitación en la que estaba, lo notaba, pues el pacto lo convertía en parte de ella… pero a pocos pasos de la puerta se detuvo, y miró unos segundos al final del pasillo, a las escaleras.
Otro había estado antes por ahí… con alguien, y hacía bastante.
—… Otra miguita de pan.
Entonces entró al cuarto, cerrando tras de sí y miró al inconsciente Diego. El frio esterilizado de la habitación le erizó un poco el pelo. Su siervo tenía la mandíbula fija, y el torso vendado… Algo que le pareció patético.
Se acercó con lentitud y se sentó a su lado. Escuchaba desde ahí su corazón, latía muy despacio.
—Qué triste.
Entonces colocó la mano en el pecho de Diego, y este despertó en el acto y con el pulso acelerado, abriendo los ojos de par en par y mirándola con alarma.
—Dormir de servicio está muy mal.
Se dispuso a hablar, y notó como el dolor de su mandíbula pasaba a ser un leve entumecimiento que desaparecía por momentos.
—… Jefa… Puedo explicarlo.
—Lo estoy deseando.
—… El cabrón me atacó justo después de la llamada… era muy fuerte… Me tiró a la vía… Me quitó la cartera y el móvil…
—No me interesan tus problemas. Es más…
Su expresión de superioridad dudosa cambió al entenderlo, volviéndose una molestia ante lo que se había vuelto una amenaza potencial. Agarró del cuello con una mano a Diego, lo bastante fuerte para no dejarle respirar, clavándole las uñas en la piel y haciéndole sangrar un poco.
—Imbécil incompetente… El teléfono con todos tus contactos que por lo tanto también son los míos, y tu cartera en donde está tu dirección y también la de mi club en una de las tarjetas. Ahora sabe donde encontrarme.
—… Jefa… —dijo, medio ahogado.
—Y ahora te tengo aquí, donde no me sirves, maldito capullo.
Habría deseado matarlo. De hecho, esa fue su intención cuando le cerró la garganta… Su mirada de súplica y el hecho de que no podía permitirse perder siervos en un momento así fue lo que la obligaron a apartar la mano. Diego empezó a toser, aspirando aire como podía.
—… Dijo… que no iba a pasar una más… que me dejaba vivo para decírtelo.
—¿En serio? —dijo ella, con tono lacerante, clavándole una mirada de reojo. Ahora ese demonio estaba más cerca de ella que ella de él… De momento.
Se mantuvo en silencio, pensando. A Diego le acojonaba verla así, una vez estuvo presente cuando uno de sus siervos la cagó estrepitosamente. En ese momento estaría golpeándose contra las paredes en una celda acolchada de Esquerdo.
Por suerte, su rostro se relajó, lo que a él le supuso un alivio.
—… Haré lo que tú digas, jefa.
—¿Por qué no cierras la boca un rato? —le volvió a mirar, lo que le asustó de nuevo—… Deberemos tener más cuidado con ese diablillo… quizá va siendo hora de poner a los dos gallos en el mismo gallinero.
Entonces se levantó.
—… Jefa… Por favor… Sácame de aquí… puedes…
—¿Curarte?
Ella le miró otra vez.
—Me parece que no —le dijo, con malicia—, no conviene llamar la atención. Es mejor que te quedes aquí… lo que me recuerda.
Se acercó a él, y le dio un sonoro puñetazo en la mandíbula, la cual crujió volviendo a romperse. El tipo se revolvió en la cama, pero se dio cuenta de que no era capaz de gritar. No sabía cómo, pero ella le había quitado la voz.
—Ya vuelve a estar como antes… Aquí te quedas.
Y mientras su siervo agonizaba, ella se fue, sintiendo curiosidad por lo que notó antes. Tesiel estuvo con alguien en ese hospital. Alguien que le conocía, y no tardaría en encontrarlo.
* * *