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Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

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CAPÍTULO 16: GANANDO TERRENO (3/3)

El chillido que producía el tren al frenar era realmente desagradable a su gusto, al igual que el traqueteo, pero admitió que una vez dominado el sistema del metro, se podía llegar a cualquier parte de la ciudad. Al principio descartó la idea de usarlo, dado que cualquier motivo para desplazarse equivalía a una oportunidad de fortalecer ese enclenque recipiente… Pero en aquella ocasión concreta no era práctica la idea de presentarse extenuado y apestando a sudor… Bien pensado fue una suerte el resurgir en Madrid.

Tesiel descansaba un poco en uno de los asientos del tren de la línea 3, que cogió en el transbordo de Arguelles diez minutos atrás. Observó el mensaje en la pantalla de leds parcialmente fundidos de su vagón, en el que indicaba más o menos las doce del medio día, y el nombre de la siguiente parada. Todavía tenía tiempo de sobra para llegar a su poco ansiado destino…

Y también había una contrapartida. Aunque el vagón estaba medianamente lleno, sólo había unas pocas personas forzadas a estar de pie agarradas a las barras. Levantó la vista de la plana que leía para ver cómo un niño discutía revoltosa y patosamente con su madre mientras ella se armaba de paciencia para no darle un bofetón en público, al fondo unos pocos chavales contándose chistes sin gracia casi a voces y riendo como focas, más cerca un tipo gordo de no menos de ciento veinte kilos que no desistía en su intento de hablar por el móvil pese al ruido ambiental y a la prácticamente nula cobertura… y los más cercanos, una parejita de rebeldes que por la pinta que tenían, tanto él como ella debían tener al menos cincuenta euros de hierba en el bolsillo para vender cada uno, cuyo olor se lo confirmaba.

Siguiendo aquel refrán humano, hizo oídos sordos a palabras necias… o ambientes necios en este caso, y se centró en lo que estaba leyendo, lo que tampoco era alentador, para nada.

 

LA LOCURA DE LA BESTIA SE PROPAGA

 

Y de texto sólo morralla, información que prácticamente roza la fiabilidad de la prensa rosa, chismes y habladurías. “Todos los locos y psicópatas salen tanto de noche como de día a imitar al responsable” leyó… Todo ese obvio encubrimiento no quitaba el descuido y la arrogancia de ese demonio consumido por el tormento. ¿Qué pretendía? ¿Ser una burda imitación del Lestat de las novelas tratando de mostrarse al mundo de una forma macabra?

Recordó las palabras de esa azote sobre el devorador. Destruir el mundo, matarlos a todos… si no hubiese pasado por lo mismo que ellos, pensaría algo como “¿tan mal lo pasó en el pozo?”. Entendía los motivos, durante un tiempo, no sabría decir cuanto, pensó cosas similares. Sin embargo, la muerte de ese mundo podrido no le venía bien para los negocios… por decirlo de algún modo. No estaba dispuesto a morir cuando ya había escapado del foso.

Dobló  el periódico y lo colocó bajo el brazo una vez terminó de leer los detalles importantes del artículo. Se levantó del asiento, no faltaba mucho para la llegada a la parada. El asiento no tardó en ser cubierto por un hombre de unos cincuenta años, pero no era eso lo que le disgustaba. El muchacho rebelde se había puesto a fumar, y lo tenía lo bastante cerca como para notar el olor del cigarrillo que se le metía por la nariz. Frunciendo levemente el ceño, y se giró despacio para mirar al chico. Su desagrado acabó tornándose lástima… si consideraba poco la vida humana, se planteó unos segundos cómo sentirse ante los humanos que ni siquiera se consideraban a si mismos por su forma de vivir.

La respuesta llegó pronto con la reacción del chico y su novia, los cuales le miraron mal.

—¿Qué miras tú? —preguntó la chica. Por su voz y su apariencia, era una niña borde desvirgada demasiado pronto. Ni siquiera aparentaba los dieciséis.

—Es medicinal, carroza. ¿Te vale? —preguntó con dejadez y chulería el novio, que sí aparentaba unos veinte años. Barba asquerosa y ropa ridícula hasta para el gusto indiferente de Javier.

Estaba claro para Tesiel. No le importaría matarlo, pero tampoco lo veía necesario, o útil… miró el cigarrillo y se dio la vuelta. Entonces lo miró a él, y sonrió levemente. No contestó, sólo volvió a girarse hacia la puerta, para oír sus comentarios despectivos mientras se besaban entrecruzando sus asquerosas lenguas… no le vendría mal una lección de humildad.

En el momento en que llegaron a la parada, Javier expiró soplando como si fuese él el que estaba fumando. Las puertas se abrieron y bajó, escuchando cómo la respiración del niñato se dificultaba, hasta el punto en el que luchaba para conseguir aire, y también las palabras de preocupación de la ingenua muchacha al preguntarle qué le pasaba, cada vez más nerviosa. Seguramente con el asma cambiaría a partir de ahora el tabaco por los inhaladores. Tendrá tiempo para pensar de camino a urgencias.

—Me vale… —dijo de forma casi imperceptible mientras en su cara se formaba una sonrisa taimada.

Tenía que coger dos trenes más. Cruzaba los dedos deseando un poco de tranquilidad de camino a casa de su hijo y su ex mujer… sabía que no la tendría una vez llegase allí.

Dejó caer una moneda en el gorro de un vagabundo pidiendo limosna en un rincón, y entonces lo notó… Le estaban siguiendo.

* * *

Diego acabó bajando del mismo. Recibió una orden muy clara de su señora, seguir al demonio hasta donde sea su destino, anotar cualquier lugar al que fuese, sus conocidos, y volver para informar. Y también si se daba la ocasión de que nadie mirase, podía dispararle con una pistola de dardos tranquilizantes que tenía dentro de la chaqueta. No recibió muchas pistas, sólo le dijo que estuviese en el tren hasta que apareciera. Otros tantos de sus siervos también circulaban por otros trenes como él, pero fue él quien lo encontró… notó el rastro una vez el tren llegó al transbordo de Arguelles.

En el momento justo en que bajó del tren, mandó un mensaje a Danael, con la parada exacta, y bajó él también.

Lo seguía a una distancia prudente, y pensó en el calor que debía sentir llevando el abrigo en el metro, cuando el aire nada más bajar del tren era realmente tórrido. Pero no estaba ahí para considerar su bienestar. El demonio se detuvo tras tomar un desvío para echar una moneda a un mendigo pidiendo limosna, y trató de tomar el otro camino, el momento justo para ocultarse antes de que él mirase en la dirección en que estaba un segundo antes.

Cuando volvió a mirar, vio que estaba al fondo del pasillo, torciendo a un lado. El letrero del muro de enfrente señalaba que la línea 9 era el camino que había tomado.

—Danael, va a tomar la linea 9. Creo que va a Principe de Vergara.

—No lo pierdas.

Siguió caminando, esta vez más deprisa, y cuando torció, vio que Tesiel estaba al fondo. Bajando las escaleras. Se sorprendió por la rapidez en que llegó allí.

Sin embargo, cuando llegó a las escaleras mecánicas, no estaba ahí. Eran largas, muy largas, no entendía como podía haber bajado tan deprisa… pero eso no significaba nada. Gracias al regalo de su ama, podía seguir el rastro de corrupción que dejaba a su paso.

Siguió ese extraño sofoco y olor a azufre, bajando las escaleras casi corriendo, pero cuando llegó al final, se dio cuenta que tomó otras que también descendían, y lo mismo otra vez más.

Sin duda, se había dado cuenta de que lo seguía.

Entonces escuchó el sonido de un tren en marcha. Se apresuró a darse prisa, pero cuando llegó a la parada, el tren ya se estaba metiendo de nuevo por el túnel, y la parada por ambos lados de las vías estaba casi desierta, los pocos que habían se marchaban pues acababan de bajar.

—¡Puta mierda!

—¿Lo perdiste?

—Está en la línea 9. No me dio tiempo a montar.

—… Está bien, Joe se encargará. Vuelve ya al local.

—De acuerdo.

Notó como la melodiosa y a la vez penetrante voz de Danael se perdía, y se rompía el contacto. Se sentía frustrado, había defraudado a su ama, y ella no suele dar segundas oportunidades. Arrugó la frente y se frotó los ojos… Entonces oyó algo.

Eran como chispazos. Buscó el origen del sonido con la mirada, y vio que se trataba de una cámara de seguridad… rota. Negó con la cabeza. No tenía nada que hacer ahí.

Se giró, y cuando quiso darse cuenta, vio aparecer a Javier delante de él como salido de la nada, con una sonrisa depredadora.

—Al fin solos, cariño.

Cuando alguien recibe un sobresalto así, siempre pasaba lo mismo. El cerebro se paraliza unos segundos, mientras el depredador está ahí mirando y siendo consciente de la vulnerabilidad de su presa.

Tesiel propinó un puñetazo en plena mandíbula, pero la fuerza con la que lo hizo no era humana. Con un crujido salió despedido hacia la pared enlosada, rompiendo varias de las losas con su cuerpo y cayendo al suelo. Se retorció en el suelo, sujetándose la boca y gritando incapaz de vocalizar.

—Bien. Ahora con la mandíbula rota, no habrá zorra endemoniada que nos interrumpa.

Y era cierto, no podía decir nada en condiciones, y menos su nombre. Se había quedado solo, con esa bestia.

Cuando lo vio acercarse, le entró el pánico, y trató de sacar la pistola de dardos, pero el demonio le dio una patada en la mano, lastimándola y tirando la pistola a unos cuantos metros de distancia. Después se acercó despacio, le agarró del pelo y tirando le dio un rodillazo en la cara, rompiéndole la nariz. Sin embargo, no soltó el pelo, del que tiró hacia arriba, y Diego gritó mientras lo levantaba.

Cogiéndole de la chaqueta, lo tiró a un lado, con la fuerza suficiente para que su cuerpo se deslizara hasta casi el borde de la plataforma.

Javier se acercó, tarareando una de las canciones pegadizas que escuchó en la tienda de Débora. Cogió la pistola de dardos y le apuntó.

—Quieto… —le dijo, mientras revistaba en sus bolsillos. Entonces encontró la cartera y el móvil, los cuales se guardó. Diego no se atrevió a hacer nada, salvo a gemir de dolor. Tesiel le miró, escrutándolo, y el seguidor de Danael se quedó helado al ver sus ojos completamente negros como el azabache. Pisó su pecho apoyando su peso sobre él, lo bastante para hacerle daño.

—Verás, pretendía tener una conversación contigo, pero como no puedes hablar no tiene mucho sentido… Le advertí a esa diablilla de poca monta que no se metiera en mis asuntos… así que vas a ir a tu jefa, y cuando te arregle esa boquita le dirás que estás vivo porque no hay otro de los suyos que la avise. Si trata de joderme otra vez —chasqueó los dedos frente a él, de los cuales salieron chispas—, iré hasta vuestra ratonera y la prenderé fuego con vosotros dentro.

Le puso el cañón de la pistola en el ojo.

—¿Queda claro?

—Hí!… hí.

—Buen chico…

Se quitó de encima, pero cuando se creía a salvo, Tesiel lo agarró de la ropa otra vez, y lo dejó caer sobre las vías. Cayó de costado sobre uno de los raíles, haciéndose muchísimo daño.

—En mi mundo hay que ganarse la vida.

Entonces escuchó el sonido lejano del tren acercándose por las vías, lo que le heló la sangre a Diego. Trató de levantarse y le costó, pero el miedo guiaba sus pasos y le daba fuerzas. Trataba de volver a subir.

Dios, Dios, ¡No!

Llegó hasta el extremo de la plataforma, y el tren empezaba a pitar, advirtiéndole que se quitara de ahí. Normalmente podría subir algo así, pero con los golpes recibidos le costaba muchísimo.

¡¡¡NO!!!

Con todas sus fuerzas, logró subir la parte superior del cuerpo a la plataforma, y en el instante preciso logró subir también las piernas antes de que el tren le privase de ellas para siempre. Respiraba agitadamente, con el corazón desbocado, e increíblemente asustado, tapándose los oídos por el estruendo del tren que se graba en su cabeza.

Estaba a solas de nuevo, con la nariz chorreando sangre la mandíbula rota e incapaz de hablar, sin dinero y sin teléfono…

Cuando el zumbido en sus oídos desapareció, escuchó el correr de unos cuantos guardas, acercándose a la zona, mientras perdía el sentido… buen momento para desmayarse, quizá…

* * *

Demasiado silencio, demasiada tranquilidad… y demasiada pretenciosidad en las últimas horas.

Contemplaba cómo el filo de su cuchillo se deslizaba por la superficie de la correa, despacio, afilándose lentamente. Su respiración era igual de lenta, y tranquila.

El avión llevaba un par de horas volando por encima de las nubes, los motores eran prácticamente inaudibles, lo único que escuchaba era la cháchara de sus hombres un compartimento más adelante.

—“No pareces muy contento.”

Cerró los ojos un segundo. La voz de Aurelius venía de su brazal, puesto sobre la mesa. Ni siquiera miró en su dirección, siguió a lo suyo.

—Deberías dejar de piratear mi comunicador fuera de tu horario.

—“Somos cazadores, no tenemos días libres, Preston.”

—Apenas somos compañeros de trabajo, no somos amigos.

—“Eso me duele en el alma.”

Suspiró. Siguió con su cuchillo con filo de plata. Aurelius nunca le agradó como contacto, pero al menos era un profesional.

—¿Por qué Salamanca? El cenáculum de Ávila está más cerca, y son más eficientes.

—“Querrás decir salvajes, que es lo que te gusta.”

Conocía la historia. Era parte de su educación dentro de los Leopoldinos. La inquisición española se ganó mucha fama, y muchos inquisidores importantes fueron españoles… y el Cenáculum en Ávila, con sede en el monasterio de Santo Tomás, fue construido hace siglos por Torquemada como hogar y prisión para sus víctimas. No era de extrañar la falta de misericordia al tener esos orígenes.

—“Las órdenes son las órdenes. Considéralo una condición para volver al trabajo de verdad.”

—Recoger a un beato que ni va al baño sin la biblia y a una… ni siquiera tengo claro lo que es ella…

—“Tu trabajo no es cuestionar a los jefes. Él “beato” es un exorcista reconocido en el vaticano, y te alegrarás de tener a la chica si tenéis una de esas abominaciones cerca.”

Por primera vez miró a la pantalla desde que comenzó la conversación.

—No me haré responsable si mueren o les pasa algo, lo sabes.

—“Esa forma de pensar fue la que te costó ese… traslado, por no decir una soberana patada en el culo, de la orden de San Miguel. ¿Vas a seguir en ese plan esta vez?” —preguntó Aurelius, la pantalla le mostraba en su escritorio con los codos apoyados y las manos juntas, mientras mostraba esa desagradable sonrisa. Aquel comentario pareció molestar bastante a Joseph, pues dejó lo que estaba haciendo a un lado.

—¿Qué quieres, Aurelius?

—“Estar seguro de que eres el adecuado. Todavía están pensándose la decisión que han tomado.”

Se acercó al brazalete.

—Localizaré a ese demonio, desmontaré su tinglado y tendré su cabeza en una semana. Hasta entonces no quiero verte la cara en mi pantalla.

La pantalla se apagó pulsando un botón, con lo que desactivó el brazalete.

—Gilipollas…

* * *

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