Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Almería, 25 de agosto 2002
Rompecoches estaba incómodo.
Era un apodo que Romario se ganó a pulso en el barrio del Puche, pero el respeto vino prácticamente cuando se dio a conocer ocho años atrás. También influyó el modo en que lo hizo.
Por su apariencia, la mayoría de la gente cambiaba de acera cuando le veían acercarse. Su tamaño era imponente, rozando el metro noventa y musculoso como una estrella de lucha libre. Su rostro era duro, de cabeza afeitada y perilla, lo remataba con los múltiples tatuajes de sus brazos y su cuello. La ropa no lo mejoraba.
—Joder Rom ¿Qué hay que hacer para convencerte?
Apretó el paso frunciendo el ceño. Oficialmente trabajaba en los muelles cargando y descargando barcos, pero su temperamento y su forma de actuar le gustaron a Jhonny B, quien le llamaba de vez en cuando para otra clase de trabajos.
Y por relacionarse con gente así, acababa conociendo tarde o temprano a gente como Jacinto. Un tipo delgado, bajito, con pelo largo y un poco sucio. De tez morena y con cadenas y pulseras de oro. Era de los hombres simpáticos de Jhonny, pero para Rom era solo un imbécil con lengua muy larga.
Jacinto le siguió como una mosca cojonera desde que salió del puerto. Cuando quería podía ser peor que un grano en el culo. Encima era un mal jugador que no sabía guardar el dinero, tenía problemas con unos morosos, y por eso quería su ayuda.
—En serio tío, que esto es importante. Te puedes llevar mucha pasta.
Eres como una puta migraña.
—No me interesa.
—¿Desde cuándo dices que no a la pasta?
—Desde que cobro por adelantado.
—Puedo traerte compañía —dijo con media sonrisa. Conocía también su fama de mujeriego.
—No me interesan tus putas baratas. Yo no necesito pagar.
Tardó un poco en responder a eso. En ese momento estaban llegando a la entrada del Puche. La música gitana y el casco viejo reemplazaron al asfalto y al movimiento.
—No estas siendo razonable.
¿Será posible?
—Oye, si no quieres que te de razones vete a tomar por culo. ¿De acuerdo?
Ahí se acabó la conversación. Jacinto sabía que cuando algo era definitivo, abrir la boca y seguir dando la machaca acababa con la perdida de dientes contra el bordillo de una acera. Se separó de él por una de las callejuelas y desapareció.
Rom cogió su teléfono y pulsó un par de números antes de seguir andando.
El puche era un casco viejo, las casas apenas estaban por encima del adobe, y en algunos sitios incluso la corriente eléctrica no era estable. Los coches aunque quisieran pasar por ahí tenían problemas por lo estrechas que eran las calles. De vez en cuando se encontraba a una mujer o una anciana barriendo o vendiendo verduras en la propia puerta de su casa. Encontrarse moros y negros también se hizo algo habitual por la inmigración, pero nunca fueron un problema… al menos para él. De hecho, los segundos eran más amigables que los demás residentes en su mayoría.
Quienes normalmente no eran tan amigables eran Jhonny y sus hombres, que esperaban junto a su casa. Rom metió la mano en el bolsillo derecho. De cuarenta y tantos, era un icono de los de su raza. Tenía las patillas largas, pero lo que llamaba más la atención eran sus dientes mal colocados. En realidad su nombre era Juanjo Amate, le llamaban así por su afición a las pelis americanas. Solo se le notaba el acento gitano cuando estaba enfadado, y era evidente por la forma que gritaba a su teléfono móvil.
—¡Ándate con cuidado cuando salgas a la calle!¡El último que me tocó los cojones fue identificado como Juan Nadie por el forense!
Le faltó estrellar el teléfono contra la pared, pero contuvo el impulso y solo cortó la llamada. Entonces se giró a Rom y la cara le cambió, mostrándose incluso amable.
—¡Romario, Romario! Contigo quería yo hablar —empezó, estrechándole la mano firmemente—. ¿Cómo estás, grandullón?
Se encogió de hombros con naturalidad, y dejó que la nota que quedó en el apretón de manos se la guardase con disimulo.
—Yo también me alegro de verte —dijo, con un tono de sarcasmo falso, para que se riese.
—Lo que tú digas. ¿Cómo te fue en los muelles?
—Nah, el jefe es un cabrón agarrado, me he partido el culo las últimas doscientas horas y apenas me ha dado algo —se llevó la mano a un bolsillo trasero del pantalón, y sacó una cartera. Era muy elaborada, como las de los altos ejecutivos. De ella sacó unos cuantos billetes de cien—, y sin embargo le pesa mucho la cartera. Toma, por si necesitas un baile.
Jhonny se rió, y mostró la sonrisa de un diabético con un caramelo en la mano cuando recibió un par de esos billetes. La cartera iba a reventar, casi dos mil euros en billetes de cien.
—Recordaré esto. Oye, ¿aun te interesa… la movida de la que te hablé?
Sabía de qué hablaba. Y justo en ese momento, por el rabillo del ojo pudo ver como una mujer de conjunto provocador se acercaba a donde ellos estaban, por una de las callejuelas.
—¿Cuánto me tocaría?
—El cinco por ciento. Si te portas bien tal vez más.
—Perfecto.
—Tenemos cuatro días. Será mejor que te prepares, te hinches y esas cosas —dijo, moviendo los brazos un poco como si tuviese pesas. Se paró en el momento en el que la mujer llegó.
Rom la observó, era una rubia de piel muy clara, labios rojos y carnosos, melena recogida en una coleta y un cuerpo envidiable. En cuanto a la ropa, definirla como conjunto provocador era quedarse corto, más bien era digna de una filmación pornográfica. Botines de tacón alto, pantalones vaqueros muy cortos, un top negro bajo una camisa de manga corta abierta y una mochila de cuero marrón desgastado y con hebillas a modo de bolso. Remataba su aspecto con unas gafas de Jhon Lenon y una gorra militar negra.
Jhonny había pasado antes por eso. Más de una vez cuando le esperaba en su casa iba con una mujer del brazo o venía sola. Conocía el servicio, y le tenía envidia por no necesitar pagar nunca.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Rom.
—Gina —dijo ella, con voz lujuriosa.
—Cojonudo. Apúntame en la lista jefe —dijo a Jhonny, y volvió a mirar a la prostituta, cogiéndola del brazo de forma brusca—. Ven, que te voy a operar de las amígdalas.
Tiraba de ella sin ninguna consideración, lo que produjo carcajadas en los gitanos y quejas por parte de ella. Cuando se cerró la puerta, Jhonny dejó de reír a duras penas.
—Anda que no tiene maña el cabrón con las mujeres… Vamos, que las nuestras se enfrían.
Y se fueron calle arriba. Dejándolos solos. Una vez dentro, la mujer dejó de actuar, se soltó del brazo con brusquedad y un “ya vale”, y se fue al comedor… O al apaño de comedor que tenía. No era precisamente limpio, y eso solo como eufemismo. Lo único que los salvaba era que el aire no estaba enrarecido.
Gina dejó caer el bolso en un sofá y se sentó al lado.
—¿Una cerveza?
—Sí, por favor —el tono casi era de súplica.
Al rato volvió a aparecer con una litrona en la mano, pasándosela a ella. No era la primera vez que se veían. Formaba parte del protocolo. La seductora Gina solo era uno de los muchos personajes que a Julia Vinas le tocaba encarnar en su trabajo, y ese secretismo era la herramienta principal de ambos.
El CNI era así de exigente.
—¿Hace cuánto fue la última vez? —preguntó, quitándose la camisa.
—Tres años y dos meses. Todavía eras una novata.
—Pero tú sigues igual de cerdo —y Rom sonrió como si se sintiese alagado.
El Centro Nacional de Inteligencia era el equivalente español del FBI y la CIA juntos. Junto al ejército eran la mayor autoridad de la península. Coordinando por encima de la policía y la guardia civil, por ellos pasaba desde el antiterrorismo hasta el contraespionaje, y todo lo que había entre medias, pero su prioridad ante todo era la Seguridad nacional. Muchos la compararían en cierto modo con la GESTAPO del país.
Por suerte, entre esas cuatro paredes era el único sitio donde ambos podían ser ellos mismos. Sin rangos ni tonterías de encubrimiento.
—Te tomas lo de ser pintoresco al pie de la letra ¿no?
—Es necesario para sobrevivir —dijo, sentándose junto a ella.
Julia giró su vista y sonrió. De detrás de un cojín del sofá, sacó unas bragas de encaje negro.
—Desde luego, podrías morirte —dijo con sarcasmo—. ¿En esto gastas el dinero de la organización?
—No me entrenaron como a una agente de campo —respondió en el mismo tono, sin miedo a que les escucharan, sabía que estaban a solas.
—¿Y sí para ser putero?
—¿Tanto te cuesta decir “me alegra verte”?
Siempre hubo cierto pique entre ellos, era una relación de amistad casi siempre rayando en el odio, pero se salvaron la vida mutuamente en más de una ocasión. Julia se recostó un poco más en el sofá y dio un buen trago a la botella, por fin se mostró un poco menos a la ofensiva.
—Cuando me asignaron a esto no supe que tú eras el “estático” de esta zona de Almería hasta que llegué a la central.
—¿Fue una sorpresa agradable?
—Madura.
Se recostó en el sofá de la misma forma que ella, dando un suspiro, y dio un trago cuando ella le pasó la botella.
—…Y Miss agente especial no ha venido para recordar los viejos tiempos de trincheras y cuerpo a tierra ¿verdad?
—Sabes a lo que vengo, Rom.
—¿La ruta norte?
Ella asintió, lo que hizo sentir a Rom algo incomodo. Lo peor de trabajar como agente estático o “topo” no era fundirse con el paisaje, sino la parte de no perder la confianza cuando las niñeras entraban en acción. También sabía el cometido que le dieron a ella. Cuando se planea una operación de esa magnitud, desde arriba mandan un agente para supervisar la actividad de la policía y otros grupos.
Pasó de nuevo la botella y se levantó. Caminó hasta el mueble en el que estaba la televisión. Bajo ella había unos cajones. Sacó el primero por completo, lo dejó en el suelo y palpó la superficie interna del hueco del mueble. Cuando se escuchó un sonido similar al del belcro, Julia vio como sacaba del mueble un sobre marrón, grueso.
—El gitano con dentadura de tiburón que hablaba antes conmigo es Jhonny, jefe de una banda local, y también uno de los peces pequeños de la red que buscas —y puso en manos de Julia el sobre—. En el tiempo que llevo aquí, estos son los nombres que pude conseguir sin que me hicieran otra vía respiratoria.
Ella echó una ojeada, eran unas diecinueve o veinte páginas con nombres, alias, caras, trabajos, hábitos… todo bien documentado, cosa que la sorprendió, dado lo desordenado que era con el resto. Llevaba tan bien su tapadera que se sentía influenciada por ella aun sabiendo la verdad.
—… Impresionante.
—Es la magia del Office —dijo, y ella a duras penas pudo contener media sonrisa.
—¿Y qué sabes del robo?
—Será dentro de tres días. Llevaran rifles, no pistolitas de juguete, y comentaron algo sobre utilizar un camión cisterna. Si lo consiguen, las mafias locales se destriparán unas a otras —le dijo, y luego se fijó en la cara de Julia. Parecía preocupada y estaba claro que no era por él—. Además, no entiendo por qué hay que parar nada. Podrían matarse entre ellos y problema resuelto.
Julia cerró los ojos.
—Esto no es el ejército ni territorio enemigo. Piensa un poco Rom. Si fuese así y dependiese de arriba, seguro que dejarían que se matasen y luego pasarían la escoba. En suelo civil podrían morir inocentes, llegaría a las noticias y daría la impresión de que no hay seguridad alguna en el país.
Rom empezó a verlo desde ese prisma y tampoco le gustó la idea. Caos, disturbios, agitación de masas, anarquía… Todo movido por la misma idea: Si no somos capaces de protegernos desde dentro, ¿cómo vamos a defendernos del terrorismo y los ataques del extranjero?
Había que cortar por lo sano.
—Sabes que tendré que preparar mi coartada.
—Lo se. Podemos prepararte algo.
Eso espero —pensó Rom, y se pasó la mano por la cabeza rasurada.
Ella suspiró, dio un trago más a la cerveza, la colocó en la mesa y se levantó.
—¿A dónde vas?
—Tengo que llevar esta información.
—Mala idea. Acabas de llegar, si alguien te ve ahora sospecharán.
—¿Qué propones?
Rom hizo un gesto con la mano para que le acompañara. Cruzando a un pasillo llegaron al dormitorio, donde había una cama de matrimonio.
—¿Estás de broma? —Rom levantó las cejas, como si no fuera con él la cosa.
—¿Qué pasa? ¿Nunca te escondiste debajo de la cama?
Agarró la cama por una de las patas y la arrastró a un lado. Debajo había una trampilla de madera.
—Mal pensada.
Julia no pudo evitarlo, se le escapó una sonrisilla.
—¿A dónde lleva?
—A las alcantarillas, por ahí no hay nadie vigilando.
—¿Quieres que acabe rebozada en mierda?
—Es eso o quedarte haciéndome compañía.
Ella entrecerró los ojos, y tardó unos segundos en agarrar la trampilla.
—¿En serio no te vas a quedar? Hieres mis sentimientos.
Al abrirla subió el olor de las alcantarillas.
—No eres tan bueno como te crees.
—Podría quedarse Gina.
Ella sonrió lascivamente antes de cerrar la trampilla.
—¿Eso es un sí?
—Me dejado la bolsa, mal pensado.
* * *