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Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

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CAPÍTULO 4: VIVIR O MORIR (3/3)

Lucía llevaba más de treinta minutos sentada junto a Javier. No necesitaba mirar el reloj para saber la hora, era noche cerrada.

Dio un trago de la petaca que tenía en la mano. Fue un regalo de su marido cuando todavía estaban noviando, pero podía contar con una mano las veces que la usó.

Miró el papel que había dejado sobre la mesita de noche nada más llegar. Deseaba desde lo más hondo no haberlo traído, ni siquiera tramitado, pero estaba decidida a dar el paso. Un paso que nunca se imaginó que iba a dar.

Notó el sabor de una lágrima en la boca, mezclarse con el del Burgon.

Hablaba con el como si estuviera despierto, de cuando se conocieron, de cuando le pidió la mano y cuando se casaron., pero cuanto más bebía y más hablaba, más angustiada se sentía.

—… Despierta… —dijo, con un hilo de voz.

No obtuvo respuesta. Clavó las uñas en las rodillas.

—Despierta… —dijo más alto, con voz temblorosa.

Nada.

Dejó la petaca en la mesita y se levantó de golpe.

—Despierta —repitió, más en alto. Empezó a agarrarlo de los hombros y a sacudirle—. Despierta, maldita sea. Despierta o muérete de una puta vez, ¡no me tengas así!

Le comenzaba a dar golpes en el pecho con los puños cerrados, pero no hubo reacción. Paró cuando le empezaron a doler las manos. No aguantaba más, notaba la sangre palpitando en la parte de atrás de su cabeza.

Nadie puede vivir así.

Nadie merece vivir así.

No sabía de donde sacó la voluntad, ni siquiera era capaz de pensar, todo era dolor y odio por culpa del sufrimiento. Cogió la almohada, con las manos crispadas, debía acabar ahí.

Y puso la almohada sobre la cara de Javier.

* * *

Débora salió del ascensor con una sonrisa en la boca, ese día le fue realmente bien. Había recibido un aumento de suelto, y tenía una entrevista para un empleo mejor en una semana. Sabía que no conseguiría nada, pero estaba deseando contárselo.

El ramo de rosas se le resbaló de los dedos cuando entró en la habitación y vio lo que sucedía. La mujer de Javier le estaba ahogando con una almohada. Ella ni se giró cuando la puerta se abrió, seguía apretando.

Tardó en reaccionar, pero lo que la sacó del shock fue el ruido del monitor del pulso, emitiendo pitidos de alerta.

—¡¿Pero que hace?! —dijo corriendo hacia Lucía y tratando de apartarla—. ¡Para! ¡Suelta eso!

Recibió un codazo en el estómago.

—¡Aparta zorra! —gritó, apretando más.

Volvió a agarrarla y en medio del forcejeo consiguió empujarla, haciéndola caer al suelo. Entonces se giró al monitor.

La línea estaba plana.

Lucía empezó a llorar en el suelo, y Débora, desesperada y faltándole el aire, corrió y salió al pasillo pegando un grito.

—¡UN MEDICO, QUIEN SEA! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!

* * *

—Por Dios, ¿qué ha pasado esta vez?

Vargas caminaba lo más rápido que podía, y la enfermera apenas podía seguir su ritmo. En cuanto le dijo que hubo otro incidente, se temió lo peor.

—No se muy bien qué pasó... creo que la mujer intentó matarlo.

No sería la primera vez.

Llegaron a las puertas del quirófano. Lucía estaba sentada en uno de los bancos, custodiada por un guarda de seguridad. Ni siquiera se molestó en mirarla a la cara.

Al entrar se sorprendió de que quien estaba siendo atendido era el reanimador, tenía las manos quemadas, y un ayudante las estaba vendando. Javier estaba en una camilla, su pecho subía y bajaba con normalidad.

Pero qué... dijo sin terminar la frase, no entendía nada.

El... paciente entró en parada. Usaron el desfibrilador y... se ve que hubo un cortocircuito o algo, no se explicarlo. Las palas se prendieron fuego, y el paciente volvió a respirar.

Se lo creyó, porque no le quedó otra opción. Parecía que la mala suerte rodeaba a Javier. Recordó el resultado de la desconexión de las máquinas, y las muertes trágicas. No solo el forense murió, a los pocos días encontraron al abogado en su escritorio del bufete, ahogado al atragantarse con su propia lengua. No volvió a saber nada del notario hasta dos meses después, cuando lo ingresaron en el pabellón de psiquiatría.

Los rumores corrieron por el hospital cuando pasó la vez anterior, incluso algunas de las enfermeras empezaron a tratarlo como paciente zero, alejándose lo que podían de la habitación mientras no pidieran atenderle. El numerito de  hoy volvería a disparar las alarmas de no ser porque pidió de antemano cierta discreción.

—¿Cornejo se recuperará?

—Las quemaduras son de segundo grado, pero es pronto para saberlo. No creo que pierda movilidad —dijo la enfermera.

Maldita sea —pensó, pasándose la mano por la barbilla, estaba tan tenso que casi se hizo daño.

—Llevadlo a la unidad de quemados cuando terminéis. Que el paciente esté bajo supervisión constante.

Dicho esto se dio la vuelta, dando por supuesto que la enfermera haría lo que le pidió. Tenía muy claro qué hacer y qué decir.

Al salir del quirófano, dio al guardia una orden muy clara.

—Déjenos —le dijo. El guarda por un instante se sintió acobardado ante la mirada del médico. Obedeció, pero porque sabía que no pasaría nada, y una vez los dos solos, no le dio tiempo a Lucia a hablar.

—El hospital no va a poner cargos —empezó, sin ninguna humanidad en la voz. Hizo un gesto rápido con la mano, para que se callara—. Ni se te ocurra preguntar como está él. No volveré a dar la cara por ti, y si te queda algo de dignidad, te marcharás ahora mismo, y no volverás a acercarte a Javier. Nunca.

Dicho eso, desvió su cara de ella y se marchó a su despacho. Ignoró la voz de Lucía diciendo su nombre con voz llorosa y de suplica. Le costó tragar saliva por la sensación angustiosa.

Un minuto más tarde, cuando llegó al pasillo donde estaba su despacho, Débora esperaba delante de su puerta.

Me cago en la puta, ¿qué coño les pasa a estas dos?

* * *

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G
<br /> Por que intentaban ahogar a Javier? para matarlo?<br />
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