Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Edwin salió de una de las casas de un pueblecito de Madrid, limpiándose la boca con una servilleta. Aunque el sol estaba alto, el frío de la estación era contundente, pero el abrigo que llevaba le resguardaba bien. Hacía varios días que no tenía una comida decente, y agradeció que esa familia tan simpática le invitase a cenar. Fueron de lo más considerados.
Le costó un poco quitarse un trozo de carne de entre los dientes.
El aspecto de Edwin había cambiado por completo. La grasa inútil de ese cuerpo tan fofo se consumió con el tiempo hasta dejar la piel pegada al músculo, estaba más erguido. El pelo le creció, lo tenía recogido por la nuca, y una barba de tres días le daba un aspecto de mercenario saliendo del trabajo.
Una de las cosas que más destacaban en el era el punto de apoyo en su mano. Tenía un bastón muy elaborado, de roble y con espinas talladas como si estuviese rodeado de acebo.
Conforme caminaba, se colocó mejor las gafas de sol.
—Mi señora Harasiel. Solicito audiencia.
Una voz que podía quebrar la mente y el alma de los hombres respondió en su cabeza.
—BOSHER, HAS TARDADO DEMASIADO.
Sentía un estremecimiento cada vez que la escuchaba hablar. Pudo ver de lo que era capaz en la guerra de la ira, pues en aquel entonces también era uno de sus subordinados. Caminaba mientras hablaba, no le convenía estar cerca cuando los vecinos llamasen a esa casa.
—Lo lamento mi señora, vestir carne no es muy útil, espero que mis últimas ofrendas sirvan para disculparme.
La voz demoníaca mostró tolerancia. Una de las cosas por las que
—¿QUÉ HAS AVERIGUADO?
—No hay señal de los siervos del Anciano de los Días. Donde quiera que estén, seguro que no es aquí. Tampoco he encontrado de los nuestros.
—¿CONSEGUISTE SEGUIDORES?
—Muy pocos son útiles, y menos dignos de hacerte culto, mi señora. He tenido a tres, pero tuvieron una idea equivocada de quien es el señor de quien.
A su memoria recordó el momento en el que “quedaron secos”.
—NO IMPORTA LO QUE HAGAS CON TUS SIERVOS, PERO NO OLVIDES TU COMETIDO.
La idea de contemplar a la tempestad de las llamas destruirlo todo a su paso como un titán de fuego y odio hizo a Bosher sonreír enseñando los dientes. Tenia un aspecto feroz mostrándolos, como si estuviesen limados.
—Sé donde encontrar lo que desea, mi señora.
—EXPLICATE.
—Hay un lugar donde la tentación es fácil y la decadencia abundante. La gente ansía encontrar algo en lo que poder creer.
Pudo escuchar la risa complacida desde el otro lado.
—ENTONCES HAZTE CON ELLOS.
Sintió desvanecerse la conexión. Cuando estuvo a suficiente distancia del pueblo pudo oír el eco de los gritos de alerta. Dio un silbido, y pocos segundos más tarde escuchó el pesado trotar de su compañero.
* * *