Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Ya iba siendo hora.
El cuerpo por fin estaba reparado por completo, y la mente también, pero tras ese monumental esfuerzo necesitaba tiempo para descansar. Sin embargo no pensó que el deterioro llegaba hasta tal punto que consumió sus fuerzas casi por completo.
Estaba preparado para todo menos para eso. A través de aquellos ojos todo se percibía de una forma distinta. Las múltiples sensaciones lo abrumaban, el propio tacto del pijama sobre su piel, la respiración de su cuerpo, el propio latido del corazón… hasta tragar saliva le era algo totalmente desconocido con respecto a lo que era antes. Sabía lo que eran, pero nunca las experimentó.
Aquellas paredes blancas, el suelo de piedra lisa, la cama sobre la que estaba y esa extraña cosa que tenía a su lado emitiendo un pitido. Le era desconocido hasta ver sus manos, que en definitiva no eran suyas, manos delgadas y huesudas, igual que en el resto del cuerpo. Ni siquiera sabía por qué lo eligió.
La habitación era de un hospital, ¿pero cómo sabía lo que era un hospital? Nadie se lo dijo jamás, no lo había leído en ningún lado. Incluso podía leer los letreros en un lenguaje que reconocía como español, una lengua que jamás habló. Poco después lo entendió.
Esos recuerdos no eran suyos.
Desde que despertó, un par de personas con bata blanca, haciendo pruebas a su cuerpo, poniendo una luz molesta frente a sus ojos. No habló con ellos, solo observó lo que hacían, porque por alguna razón, todo era demasiado rápido. Le hablaron varias veces, haciendo preguntas y llamándole “Javier”. El mismo maldito nombre que escuchó como un eco débil desde que estaba ahí.
No comprendía sus expresiones ni su fascinación, ¿qué les sorprendía tanto? ¿Acaso sabían algo?
Después de ese tiempo de reflexión, minutos más tarde de que los médicos se fuesen, vio que en su mano había algo, varias tiras blancas sobre una cosa alargada, ascendente hasta una especie de recipiente transparente con agua dentro. Trató de quitarse esa cosa de la mano, y cuando tiró de ella sintió por primera vez dolor. ¿Eso era lo que se sentía, eso era dolor físico?
Volvió a tirar, persistente en quitarse el gotero de la mano, y cuando salió la aguja y el adhesivo un líquido rojo salió del orificio.
¿Sangre?
No era la primera vez que veía la sangre de los hombres, pero sí la primera vez que notó la humedad de la misma a través de su piel, saliendo de él.
—… Basta —dijo, y le sorprendió escuchar y sentir en su pecho una voz desconocida, rasposa y baja por la falta de uso.
Quería irse de allí, había tenido suficiente. Trató de moverse, y notó que algo tiraba de la piel de su pecho y en su frente. Tenía más cosas pegadas, y optó también por quitárselas. Cuando tiró de los cables y los separó de las ventosas la máquina emitió un sonido que no le gustó nada, prolongado y agudo. Quería irse, ya era suficiente…
Sacó las piernas de la cama y puso los pies sobre el suelo, quedando en el filo del colchón. Retiró los pies de golpe por el repentino frío que le dio el suelo, pero volvió a colocarlos, era algo que podía aguantar. Lo que no podía aguantar era su propio peso, al levantarse las piernas no le sostuvieron y cayó a un lado. Fue algo estrepitoso, volvió a sentir dolor. Nunca imaginó que un cuerpo fuese así de frágil.
Con esfuerzo se levantó, las piernas le temblaban, pero consiguió dar unos pasos y apoyarse en la pared para evitar caerse de nuevo. Ese sonido le irritaba, quería alejarse.
Llegó a la puerta, con la mano en la pared siempre, y como algo automático tocó la maneta que la abría y la giró.
Lo que vio no sabía como describirlo, un pasillo, largísimo, con multitud de puertas iguales que la suya, solo que con distintos números. Mucha gente, hombres y mujeres hablaban entre sí, otros con pijama verde llevaban planchas con ruedas con más personas, algunas con aparatos que les cubrían la boca y la nariz. Un anciano pasó a su lado fiel a eso último, y después de mirarle como con asco siguió su camino.
Algunos le miraban, con cierta cara de sorpresa, igual que los médicos que le vieron hace poco. Las demás personas hablaban entre ellas delante de las puertas, algunas seguían a las camillas que se metían en otras habitaciones a su vez. Algunas víctimas se quejaban, sufrían. ¿En eso se convirtió el mundo? ¿En otra clase de abismo?
No… no era así, aquella gente apoyaba a los heridos, se preocupaba por ellos. Al igual que las sensaciones, algunos sentimientos también eran nuevos para él. No podía con tanto de golpe, debía alejarse de allí, cuanto antes.
De repente llegaron corriendo varias personas, más mujeres con vestimenta verde, hablando con él, preguntándole qué hacía allí, ordenándole que volviera a su habitación.
—Suéltenme —fueron las primeras palabras que dijo, se sentía cada vez más furioso—. Déjenme, ¡quiero salir de aquí!
En aquel momento hubo una bajada de tensión, que hizo que las luces del pasillo parpadeasen ligeramente. Entonces las piernas volvieron a fallarle por la extenuación, pero las enfermeras le sostuvieron, evitando un nuevo impacto contra el frío suelo. Accedió a que le ayudasen a regañadientes, y con cuidado le llevaron de nuevo a la cama, pero ante el ruido de aquel trasto…
—¡Que alguien haga callar esa maldita cosa de una vez! —pidió angustiado, tan solo quería un poco de paz. Ellas no dijeron nada, hicieron lo que dijo, y dio un suspiro cuando ese sonido desagradable cesó por fin.
—Necesita recuperarse, señor Santana —le dijo la enfermera—. Ha sido un milagro que despertase, pero no puede andar por ahí en ese estado, podría hacerse daño. ¿Necesita alguna cosa?
Había muchas cosas que quería, pero nada que pudiese darle ella.
—Solo quiero estar tranquilo —dijo, lo más calmado que pudo.
Ella asintió y señaló a las demás enfermeras que salieran de la habitación con ella. Él sin embargo seguía pensando. No se había dado cuenta de que en aquella cama estaba a gusto. Tendría que quedarse ahí por algún tiempo, tratar de mejorar aquella carcasa que le contenía. Vivir con un disfraz de carne.
¿Querer? La lista sería interminable, pero al menos había conseguido la primera, escapar de aquel condenado foso.
Vio que en su muñeca tenía una cinta, una pulsera con algo escrito.
Javier Santana.
—… Es un buen nombre —dijo para sí, sabiendo que nadie le escuchaba. Cerró los ojos y volvió a quedarse dormido.
* * *