Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Julia abrió la puerta del mueble del baño, donde guardaba las medicinas, y sacó dos pastillas. Hacía tiempo que se familiarizó con esa medicina. Al cerrar el mueble, pudo ver el reflejo de su rostro mientras tragaba las pastillas. El pelo enmarañado y las ojeras también eran una costumbre, teniendo en cuenta la hora que era y el insomnio.
Llevaba más de tres meses en ese piso, y todavía se notaba en un ambiente extraño. No se molestaba en ordenar demasiado, pasaba la mayor parte del día fuera de ese piso, y algunas veces ni siquiera dormía allí.
Fue a la nevera y cogió una cerveza, antes de volver a su dormitorio.
—No mezclar nunca con alcohol —dijo, recitando el aviso de las pastillas antes de dar tres tragos seguidos y sentarse en su escritorio.
No pudo disimular una mueca al sentarse, por la molestia que sentía en la rodilla. Sus problemas de insomnio a veces eran irritantes, pero no tanto como una articulación que se empeña la mayoría del tiempo en recordarle que estaba mal. La rehabilitación era difícil, pero nunca imaginó que podría traer tantos problemas.
Su escritorio tenía de forma no muy ordenada varias carpetas abiertas. Documentos sobre desapariciones, fotografías forenses y declaraciones… datos que ya se conocía de memoria.
Se apartó el pelo de la cara, cansada de esa maldita situación. Colocó su arma en el escritorio y empezó a desmontarla. Limpiarla era uno de los muchos hobbys que tenía esa clase de noches, y prácticamente ya lo hacía de forma mecánica.
Dio un trago más. Pensar en el por qué le ocupaba al menos una vez al día durante cinco minutos. Sabía que beber para olvidar nunca funcionaba, pero ayudaba a dormir algunas veces. Aun así, esa sensación detrás de la nuca le decía que sería una de esas noches que no dormiría ni con anestesia general.
Se dejó llevar por los recuerdos mientras quitaba piezas del arma. Durante los últimos siete años no dejó de considerar la redada de Almería como lo que realmente fue... una verdadera chapuza.
El intercambio iba a efectuarse en el polígono industrial bajo Torrecardenas, la banda de Jhonny entregaría el camión cisterna a cambio de dinero en metálico y armas de corto alcance. Los equipos lo tuvieron difícil para acercarse sin ser vistos, en un lugar así era fácil tener vigías en los tejados, y no era territorio de Jhonny.
Rom estaba con ellos, tan fundido en el segundo plano como siempre, encargado de que si surgían problemas solucionarlos rápidamente. Podía verle por la mirilla de su arma sin dificultad.
Fue justo en el momento del intercambio cuando la cosa se jodió. Descubrieron a uno de los operadores y una tormenta de munición se desató entre las dos bandas, sin que pudiesen evitarlo a tiempo. Los agentes actuaron tarde pero lo hicieron, consiguieron detener a la mayoría, incluido a Rom, que recibió un tiro en la mano por resistirse.
El problema fue que uno de los de la banda rival logró subir al camión y llevárselo, atropellando a varios agentes en la huida. Al pasar la cuesta de Torrecardenas arroyó varios coches haciéndolos pedazos a ellos y a los ocupantes.
La persecución fue realmente brutal. No podían hacer demasiado pues el combustible de la cisterna lo convertía en una gigantesca bomba rodante. Pero el daño se hizo sin tener que provocarlo ellos, el conductor estaba herido del tiroteo, en medio de la persecución perdió el conocimiento y el control del vehículo, empotrándose en un edificio de pisos.
No lograron sacar a los ocupantes a tiempo.
El objetivo principal se cumplió, pero el coste fue demasiado caro. Dejar escapar a algunos de los implicados y que los condujeran a los jefes era una prioridad del operativo, pero un edificio entero lleno de civiles fue el precio.
En aquel tiroteo ella también salió malparada, una bala que tenia intención de reventarle el torso perforó su rodilla, y desde entonces aquel estigma le recordó ese día.
En cambio la detención de Rom fue como estaba prevista. Se pudo recuperar de su mano, y a los pocos se celebró un juicio que acabó en arresto domiciliario y unos cuantos meses de trabajos comunitarios.
Todo bien tramitado y pagado por el CNI.
Pese a las recomendaciones, siguió como agente de inteligencia, solo que más orientada a la investigación que a la preparación de operativos.
A veces se preguntaba si merecía salir de ese piso sin el arma encima.
Un ruido desagradable llamó su atención, obligándola a parar un poco. Era el teléfono sonando, y al borde de una migraña lo cogió y puso el manos libres.
—¿Sí?
—“Julia, tenemos otro ataque”.
Apretó los parpados, sabiendo perfectamente a lo que se refería. Dentro de unas horas, tendría otra carpeta más en el escritorio.
—…Voy ahora mismo —dijo colocando la última pieza del arma.