Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
París, 18 de octubre 2009
Emmanuelle de Rose estaba llegando a su casa, un pequeño piso en las proximidades de la estación de tren “gare de l´est”. Aunque faltaba poco para el amanecer, Pierre, su nuevo acompañante, la seguía con ella cogida de su brazo.
Ella le atrajo desde el primer momento en que la vio. No era un simple sex-appeal, había rechazado los engaños de mujeres así, pero era distinta, lo notaba. Desde luego tampoco entendía por qué una mujer tan atractiva se interesaba por alguien como él, que tampoco tenía mucho que ofrecer.
Entonces supo la verdad cuando casi estaban delante del portal.
—Por favor, tesoro, no estés tan nervioso. No voy a morderte, a menos que me pagues.
Hubo un instante de decepción en sus ojos.
—… Sabía que habría algo así.
—Vamos, ¿seguro que quieres perderte esto? —dijo, llevando una de las manos de él a su culo, y manteniéndola allí unos segundos. Él no contestó, pues en ese momento notaba el palpitar de su sangre en sus oídos. La miraba con hambre.
—E… espera.
Ella se detuvo, delante del portal.
—Venga ¿qué te pasa?
—Yo no soy de esa clase de personas que… bueno.
—Si nunca has estado con una puta ¿cómo sabes que no te gustará?
No hubo respuesta. Emmanuelle se acercó hacia él, poniéndose delante, y aproximándose lo suficiente para que notara el contacto de sus pechos.
—No sé cual es el problema, Pierre. Vamos, es gratis —dijo, con voz melosa. Pierre estaba prendado por ella, pero esa detestable voz de la razón seguía martilleando en la parte de atrás de su cabeza.
—¿Por qué no me dices lo que quieres?
—Un pequeño favor. Si me ayudas te…
—Perdone, señorita. ¿Emmanuelle de Rose?
Ella se giró hacia el que la interrumpió, procurando no mostrar abiertamente su desagrado por ello. Era un tipo fornido, alto, y de cabeza casi rapada. Vestía ropa acorde a la ola de frio, una gabardina larga sujeta por la cintura, con bufanda. Jersey gris, pantalones negros y botas. En su oreja tenía un manos libres para su móvil. Su expresión no indicaba amabilidad, su voz era seria, y sus ojos fríos, muy fríos.
—¿Qué quiere, señor? —preguntó ella.
—Hablar con usted.
—Estoy ocupada.
—No lo dudo, señorita… —respondió, tornando los ojos hacia Pierre unos segundos—… pero me temo que debo insistir.
Pierre reaccionó a este abordaje, algo que no solía hacer. De hecho, esta fue la primera vez que se sintió así de protector hacia una persona que no conocía de nada prácticamente.
—Caballero… no es por nada, pero ahora es de lo más inoportuno, ¿No puede esperar?
Metió una mano en su bolsillo, y sacó una placa.
—Sargento Maximilian Ricardo, del departamento de inmigración. Mi departamento sospecha que la señorita de Rose no es ciudadana parisina.
Guardó de nuevo la placa.
—¿Le parece razón suficiente para interrumpir?
—¿Dónde están sus pruebas?
Pierre se negó rotundo.
—Es inadmisible. ¿Qué pruebas tiene? ¿Cree que con presentar una placa va a conseguir algo de ella?
—No me lo ponga más difícil. Su documentación, por favor —dijo, mirando de nuevo a Emmanuelle. Ella, con cierto enfado, se la mostró.
Maximilian le echó una ojeada. Pierre trató de decirle algo, pero entonces el policía se llevó una mano a su oreja. Dijo en alto el código de su DNI, y al cabo de unos segundos volvió a mirarla otra vez.
—Todo en orden —terminó diciendo, devolviéndole la documentación. Luego miró a Pierre—… Sin embargo hay un problema.
—¿Cual?
El policía sacó una pistola con silenciador con rapidez y disparó a la mujer en la cabeza. Esta se derrumbó en el suelo, y él se quedó congelado, contemplando la escena.
—Emmanuelle de Rose está muerta —dijo con simplicidad, alzando las cejas. Pierre levantó las manos rápidamente, con un terror desconocido para él invadiéndole el cuerpo. Nunca había visto una pistola de cerca, y ese “policía” le miraba, como si en vez de matar a alguien sólo hubiese terminado un trabajo.
—No… tra-tranquilo, no quiero…
—Yo en su lugar me marcharía ya, señor, o le matará.
El miedo le paralizaba tanto que no lo entendió, y de pronto, alguien lo agarró con fuerza. Emmanuelle le agarraba, pero miraba al sargento con el rostro transformado. Sus ojos estaban tan rojos por la sangre que no se le veían las pupilas, y soltó un gruñido animal por una boca con dientes alargados de forma antinatural.
Con ese rugido, lanzó a Pierre sobre Max, pero no lo tumbó. Sin embargo, le dio el instante para salir corriendo. El policía apartó a un lado de un empellón a Pierre, y empezó a caminar con paso acelerado tras ella, mientras disparaba. Con su mano zurda, pulsó su comunicador.
—Dos, callejón derecho.
—“Recibido”
Dos balas más le dieron en la espalda antes de girar un callejón a la izquierda. Las balas no la paraban.
Emmanuelle vio en ese callejón un desvió a la derecha, pero cuando fue a tomarlo, cayó desde algún lugar de arriba algo de cristal, que cuando se estrelló contra el suelo formó un charco ardiente. Al ver el fuego provocado por el coctel molotov chilló horrorizada, y siguió corriendo por el callejón.
Volvió a recibir otro disparo más a la espalda, que casi la tira de boca, pero seguía corriendo.
—Atento tres, apertura este.
—“Recibido”
Trató de desviarse de nuevo, esta vez a la izquierda, y volvió a pasar otra vez. Ella no pudo soportar la presencia del fuego, y siguió corriendo. Otros dos disparos impactaron en ella, uno en el hombro y otro en la cintura. Cada vez corría más despacio debido a las heridas.
Giró a la derecha cuando casi llegaba al final.
—Cuatro y cinco, haced que se canse.
— “Recibido” —escuchó de dos respuestas iguales y simultaneas.
Cuando quiso darse cuenta, una lluvia de saetas calló sobre ella mientras corría. Dos tiradores con ballestas disparaban desde los tejados, y los virotes de madera se clavaron en ella.
Ya no podía correr, tan sólo caminar lo más deprisa que podía cojeando. Donde se suponía debía haber una salida a la calle principal, se veía la parte de atrás de un pequeño camión, bloqueándola.
—Ahora.
Una red cayó sobre ella, envolviéndola e inutilizando el poco movimiento del que era capaz. Chilló al notar la electricidad en ella, y no pudo aguantar más, se desplomó de nuevo en el suelo, en medio de estertores.
El primero en llegar fue el policía, pero otros dos estaban descendiendo de las azoteas utilizando cuerdas para descender. En poco tiempo, los cuatro integrantes de su grupo estaban allí reunidos.
—Cortad la corriente e inutilizadla. Nos vamos ya.
Entre todos se encargaron de meter el cuerpo en el camión, que todavía se agitaba. Cuando las puertas se cerraron, el vehículo se puso en marcha, y salió de él lo suficiente para que “Max” lograra salir. Entonces se metió en el asiento del acompañante de la cabina, antes de ponerse en marcha.
—Buen trabajo —terminó diciendo cuando el camión se incorporó a la circulación.
Llevaban unos días rastreando a las criaturas como ella en París. De momento ya tenían a tres de ellos. Uno a uno les iban dando nombres de otros, cada vez más peligrosos.
Pero no era lo que quería.
—Otro chupacuellos más —dijo uno de sus hombres desde atrás, animado.
—Para que luego hablen mal de nosotros.
—Silencio —dijo el “sargento.”
Se retiró un poco la manga del brazo izquierdo. En su antebrazo tenía amarrado un brazalete, y mirando el lado interno del antebrazo retiró la tapa. Bajo ella había una pantalla, y una serie de botones al lado.
Pulsó dos de ellos, y dijo despacio y en alto su nombre.
—Joseph… Preston… Maynard.
Entonces la pantalla se iluminó con un resplandor azul claro, poniendo en grande “estableciendo conexión.” En unos segundos, un rostro apareció en su cara.
—Buenos días, Preston.
—Aurelius, ya tenemos otro más. ¿Cuánto tiempo tendremos que seguir con esto?
—El que dicten los de arriba.
Preston no se molestó en ocultar una leve expresión de enfado.
—No entiendo cómo roma pudo aprobar esto. Mi unidad no se formó para la caza de sanguijuelas.
—Conozco muy bien los propósitos de la orden a la que pertenece tu unidad, pero es precisamente por tus métodos por los que no se puede confiar en tu unidad.
Frunció un poco más el ceño. Cuando decía “en tu unidad”, tenia claro que quería decir “en ti”.
—No tengo por qué recordarte los resultados, Aurelius.
—¿Vas a seguir en esa actitud desafiante, o vas a escuchar lo que tengo que decir?
—Habla.
—Los hijos de Lázaro os tomarán el relevo a partir de ahora. Tu unidad ya no se encargará de los no-muertos de París.
—¿Cuál es la próxima misión?
La pantalla volvió a tornarse azul, y apareció en el centro “cargando datos”. Al poco, apareció una reproducción de video, en la que salía una grabación del cadáver de un hombre, colgando de una soga al cuello y cubierto de sangre.
—Las torres KIO.
—Exacto. Hay actividad en la zona. Necesitamos que tu equipo esté allí de inmediato. Máxima discreción.
—Estaremos allí en doce horas.
—Conoces el protocolo. No te salgas de él esta vez… Buena suerte, cazador.
La pantalla se apagó.
* * *