Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Tania abrió los ojos, y vio el techo de un dormitorio que no era el suyo. Por un instante se preguntó que hacía allí, y cuando lo recordó, se le fue formando una sonrisa de deleite.
Pasó la punta de los dedos de su mano por su vientre, despacio. Era un gesto que le encantaba hacer estando desnuda en la cama después de haber pasado una buena “velada” con alguien. Mateo sin duda fue un buen rollo de una noche, lo conoció en una discoteca, buscando una nueva presa. Su aire rebelde y lleno de garbo fue la que la atrajo, y no tuvo que usar trucos apenas cuando fue él quien la entró. Su expresión de chulería le confirmó que era quien buscaba, y físicamente era atractivo, lo que reafirmaba la seguridad de él en que era tan irresistible como creía.
Cuarenta minutos después entraron en su casa, mientras ella apenas le dejaba respirar por la forma en que le besaba. Había cogido cierta costumbre y gusto al sexo, desde un punto de vista primario, apasionado y feroz, lo que al parecer no disgustó nada a Mateo.
Recordándolo se estiró, somnolienta, y se quitó el pelo de la cara. Necesitaba dormir un poco más, pero no podía quedarse allí recobrando las horas que le faltaban. Miró el despertador, eran las cuatro de la madrugada. Pronto tendría que recoger y marcharse de allí… pero todavía tenía tiempo.
Con algo de pereza se incorporó un poco más, hasta apoyar la espalda en el cabecero de la cama. Tardaría en olvidar esa noche. Cogió un cigarrillo de una caja sobre la mesilla de noche, y empezó a fumar, relajándose más aun.
—“¿No sabes que el tabaco mata?”
Alzó la vista como si su interlocutor invisible estuviese en el techo. Ya no se sorprendía de las “llamadas”. Tiró algo de ceniza al suelo junto a la cama, y después miró a su anfitrión en la cama junto a ella.
—Entonces tenemos algo en común.
Mateo estaba boca arriba junto a ella. Su garganta cortada de oreja a oreja, y la sangre empapaba su lado de la cama y goteaba fuera de ella.
—“Me alegra que disfrutes del nuevo camino que dispuse para ti. ¿No tengo que preguntar ¿verdad?”
—En absoluto amo. Tomo medidas, como me enseñaste.
—“No noté nada cuando lo hiciste. ¿No conseguiste arrancarle una plegaria?”
Tania volvió a dar otra calada a su cigarrillo. Esa sonrisa volvió a tomar forma en sus labios.
—Este era para mí.
Bosher soltó una carcajada, llena de malicia y satisfacción por la respuesta de su cada vez más oscura seguidora.
—“Por fin empiezas a entender, humana. Aflora en ti la parte que me complace.”
Cerró los ojos, pasándose la punta de la lengua por los labios. Entonces se levantó, dejando el cigarro aún encendido en el cenicero, sin apagarlo, y comenzó a vestirse.
—Muchas gracias amo… —respondió, muy despejada y relajada mientras se ponía la blusa—. Fue sublime lo que hizo con el ejecutivo de las torres KIO.
—“No te llamo para que me alagues, Tania. Tengo un trabajo para ti.”
—Siempre es un placer servirte, mi señor… ¿De quien se trata esta vez?
—“Un policía, concretamente de la unidad científica. Se llama Lorenzo Villalobos.”
Ella volvió a levantar la cabeza, desviando la atención de uno de los tacones que se estaba poniendo.
—¿No teníamos ya un infiltrado en el departamento? —y percatándose de su error se apresuró en corregirse—… No es que me esté negando amo, pero creí que él se ocupaba de esa rama.
—“Podría, pero es más seguro si lo haces tú. Te lo dejo a ti, tienes los medios para encontrarle. Tienes poco tiempo, ya que es de los que investigan en tu caso.”
Tania se paró. Profundizó en el problema que plantearía el que la policía se acercase demasiado a ella. Empezaba a conocer a su señor, y sabía lo que les hacía a los que ya no eran “rentables” como siervos. Sin embargo, también apareció en ella algo más que no se esperaba. El hecho de un encargo nuevo y de esa índole la incitaba, la animaba a realizarlo.
—¿Quiere que se lo dedique?
—“Dedícalo a la diosa, mortal, y maravillaos ambas de su agonía.”
Por alguna razón, ya no tenía ningún motivo para estar preocupada. Ahora únicamente tenía cabida en ella el ansia de completar ese trabajo. Si fuese más bonito, lo habría pedido ella.
—Así será, mi señor.
—“Esperaré tu llamada.”
Aprendió unas pocas cosas durante esos primeros días bajo la tutela de su señor infernal, y después de la muerte de Tomás, descubrió un placer mucho más intenso que el de la mejor comida, o el propio sexo. Era el dominio, la emoción de que nadie la detenía ni la juzgaba, de poder hacer lo que quería sin sentir el peso de los tabúes humanos. El riesgo sabiendo que podría ir mal, la excitación al paladear el acto antes de cometerlo, el instante en el que la victima la miraba viendo en ella su muerte inminente con horror.
La emoción de la caza y la sangre… y el gozo por ello.
Volvió a coger el cigarrillo, y poniéndoselo en la boca dio una última calada antes de dar la vuelta a la cama, besar al cadáver en la frente y dejar la colilla encendida en la almohada. Era una lástima, incluso le cayó bien en parte después de conocerle.
—Que esto te caliente de camino a donde vas.
Salió a la calle, sintiéndose nueva otra vez. Miró a la ventana del dormitorio, la luz creciente que generaban las llamas, y reanudó su camino de vuelta calle abajo. Ahora, al igual que esa gran bestia a la que daba cobijo en su sótano, se convirtió igualmente en depredadora, y ahora buscaba su próxima presa, para dársela en sacrificio a su diosa.
* * *