Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Ahora entendía menos todavía. Sólo sacaba una cosa en claro, ahora sabía por qué ese animal no atacaba todos los días.
Julia tenía las manos en los bolsillos, una costumbre que tomó siempre que estaba en el laboratorio forense para no tocar nada. Según el informe, la policía científica acordonó toda el área donde encontraron las bolsas, y hasta el momento encontraron siete, en cinco puntos distintos del vertedero. No la llamaron a ella hasta que encontraron de nuevo el ADN de esa cosa.
El forense no estaba allí, si no en la sala de al lado, recogiendo muestras. David apareció al poco, colocándose al lado de Julia.
—… Se me caen los huevos al suelo cuando me toca algo como esto —dijo de primeras, con un cigarrillo encendido.
—Esa boca —contestó ella, sin inmutarse o darle importancia—. No deberías fumar aquí.
David se encogió de hombros, pero no apagó el cigarro. Al final era como dijo… esto demostraba que había interacción humana en los asesinatos, pero tampoco era algo que le diera interés por comentar.
Villalobos apareció empujando una mesilla, cubierta por huesos astillados y rotos, pero limpios de toda carne.
—Es la primera vez que me toca examinar tantos restos. Oye tú, no se puede fumar aquí.
—¿Analizaste los restos?
—Sí.
—¿Entonces que coño importa?
—¿Identificaste alguno? —preguntó ella, dando a David como caso perdido, Lorenzo frunció el ceño y se sintió tentado de echarle.
—… No había mucho que identificar entre huesos, carne podrida y heces. Los huesos estaban triturados, no quedaron restos ni para hacer moldes dentales. He podido fechar la antigüedad, los más antiguos que he visto tienen más de tres semanas, los más recientes un par de días…
Julia estuvo a punto de maldecir, pero Lorenzo habló antes, alzando un dedo índice.
—Pero… algunos restos de carne y sangre me han dado a conocer a alguno que otro íntimamente —añadió, mostrando en la pantalla de un ordenador la ficha policial de uno de ellos. Un tipo de pelo cuadrado, mandíbula prominente y una ceja partida—… Adrian Zorreras, treinta y dos años, varios altercados violentos, proxenetismo y venta de drogas. Una joya. Hay otro con antecedentes también… pero los demás no guardan relación al parecer.
—¿Y el responsable?
—No hay huellas en las bolsas, quien fuese utilizó guantes… Sin embargo el dueño o cuidador fue lo bastante meticuloso para tirar las bolsas en días distintos y las tiró en contenedores de distintos lugares de la ciudad, pero personalmente lo considero una auténtica chapuza para que alguien los acabe encontrando igual.
Cuando vio que ambos le estaban mirando de forma rara, decidió dejar las opiniones personales.
—Y bueno… he encontrado algo interesante. No sé si ayudará.
En una pantalla de ordenador, mostró los trozos más significativos. En uno de ellos mostraba lo que parecía…
—… ¿Moho?
—Bacterias, tío —corrigió Lorenzo—. Lo bueno de ser tan listo es saber que las condiciones de un cadáver apenas varían cuando son precintados en bolsas de plástico, por lo que podría decir más o menos el entorno en donde fueron embolsadas. No había apenas ventilación, nada de luz del sol, podría decirse que era un lugar cerrado porque no encontré moscas, pero sí cucarachas. Si le añades la oscuridad y la humedad…
—¿La “caseta” del animal está en las alcantarillas? —preguntó David.
—No, no, no —respondió con rapidez—. Entonces no habría restos con carne, mierda y pelos de rata como mucho. Lo que buscáis es un sótano, grande y sin entrada a cochera.
Ella miró a David. Parecía sencillo, pero no lo era.
—… No hay forma de saber qué sótano es. No nos sirve de nada cortejar las rutas de todos los camiones de basura, si ha tirado las bolsas en contenedores distintos. Sea quien sea, no tiene miedo de demostrar que existe.
Es como un mensaje, retándonos para que le atrapemos.
—… Lo has hecho bien, Lorenzo.
Vuelta al punto de partida, otra vez estaba en la casilla de salida, por no decir llenas de material que no le servía.
Ella se marchó en primer lugar, pero David echó la ceniza sobre los huesos fracturados, haciendo morritos a Lorenzo antes de irse.
* * *
Javier estaba saliendo en un portal en pleno centro de la ciudad, seguido por un hombre corpulento, con seis nuevas identidades, una gabardina de cien euros, guantes de cuero y con una satisfacción total.
Fue un engorro tener que ocultar el dinero, no podría usarlo de golpe, atraería la atención de la policía si lo usaba de inmediato, aunque se supone que no tienen sospechoso. Por lo que dio el siguiente paso.
El robo no salió a las noticias, pero el malestar en Lucía sorprendió hasta su hijo mayor, que solía pasar olímpicamente de esos temas. Llamaron a las autoridades por supuesto, pero consiguieron que no se filtrase a las noticias, no podían permitir que la imagen del banco se viese comprometida por un fallo de seguridad tan grave e increíble. Por suerte, el seguro cubriría las pérdidas, pero a punto estuvo de ser considerado robo por negligencia, de no ser por la herida del guarda de la cámara acorazada. Sin embargo tuvieron que contratar un nuevo equipo de seguridad.
Para los demonios el sufrimiento ajeno era una purga temporal para el tormento propio, pero la parte del viejo Javier que había en él sabía que aquello estaba mal.
¿Y a mí qué? Que se joda esa mujer. Intentó matarme, dos veces, y bastante fue que no quise corresponder.
No podía cambiar su nombre precisamente ahora, un cambio tan drástico y tan cerca del robo haría que las sospechas cayeran sobre él de cabeza. Con lo cual buscaría la segunda opción, conseguir documentación falsa.
Podría apostar y tenía la sensación de que acertaría sobre Luis teniendo uno, pero no iba a decirle dónde lo consiguió, así que optó por buscar a otro.
Después de utilizar un fotomatón, se puso a buscar. No tuvo dificultades en encontrar a una muchacha de dieciséis con uno de ellos en un bar, y tampoco en convencerla para que le dijeran dónde lo consiguió. De hecho pudo obligarla a cualquier cosa que quisiera de no ser por esa conciencia humana regalo de aquél cuerpo. En vez de eso, le quitó las ganas de querer usarlo, con sólo mirarla a los ojos, y decirle lo que le pasaría si seguía por ese camino. Antaño fue uno de los portadores del mensaje del más alto, por lo que si lo quería, su voz, aunque se tuviese la fuerza de voluntad para desobedecerla, nunca podía ser ignorada.
Encontró el lugar en el barrio de Salamanca. La chica le dijo que era en un tercer piso, pero No era un edificio departamental, en el portal había placas anunciando una academia, abogados, e incluso a un dentista, lo cual era lógico, un lugar así podía ser el último en el que la policía buscaría a un proveedor de carnets falsos.
Ni se molestó en tocar al portero, porque justo en ese momento una pareja salió por la puerta. Aprovechó y entró con el portal, sonriendo un poco y dando las gracias por abrir, ellos sonrieron de la misma forma, sin levantar sospechas.
El interior estaba cuidado, acorde al lugar. Incluso había un patio interior con ornamentación y macetas emulando un jardín. Al llegar al tercer piso se vio en un rellano, y lo que buscaba lo encontró torciendo un pasillo a la derecha.
Leyó el letrero junto a la puerta. “Nelson Gaillard, asesoría financiera.” Le hizo particularmente gracia. Sin duda, ese era el sitio.
Cuando tocó la puerta, dio la contraseña que la muchacha le dijo, pero al notar el silencio al otro lado, se le pasó por la cabeza que la muchacha tal vez había mentido, y le metió en una encerrona.
Sus sospechas se acrecentaron cuando abrió un tipo un poco más alto que él y casi el doble de ancho por la constitución y el sobrepeso. No le dijo que pasara, pero le cedió paso para que lo hiciera.
Una vez entró, lo siguió hasta una habitación. De camino a ese habitáculo pudo observar el lugar, cumplía con las expectativas de unas oficinas, el techo era prefabricado, la calefacción hacía que los trabajadores, que eran dos hombres y una mujer, pudiesen estar a gusto en sus respectivas mesas. Aunque él se fijaba sobre todo en otras cosas. Casi no se notaba la pistola que tenía el gordo en la parte de atrás del pantalón, pero él sí se percató.
Una vez dentro con el grandullón, se sorprendió mínimamente, se esperaba algo así. La habitación era muy distinta al resto de la oficina, insonorizada, no muy iluminada y nada decorada. Apostaría lo que fuera a que ahí no había cobertura alguna, garantizando así una conversación privada. Dentro había otros dos más. Uno de ellos de dimensiones similares al gordo solo que más huesudo, y otro más. Un tipo con traje, calvo y de rasgos fuertes, con gafas con perilla, pero no como los otros dos en estatura, era más bajo que él.
Los matones sin preguntarle siquiera empezaron a cachearle, hasta el punto de quitarle la sudadera y bajarle los pantalones. No tenía nada, ni móvil ni identificación, sólo una cartera sin documentación, sólo unas cuantas fotos tamaño carnet y quinientos euros en billetes de cien.
El más gordo le pasó la cartera, y al ver el dinero alzó una ceja.
—Eres mayorcito para querer un carnet. ¿Quién se ha ido de la lengua?
—Cualquiera de tus clientes es un blanco potencial si se sabe buscar.
—No vayas de gracioso, flacucho —dijo uno de los guardas, pero el calvo le hizo un gesto tranquilizador con la mano para que se calmara. De hecho, había algo en su cara. Confianza en si mismo, rayando el orgullo, tal vez por sentirse seguro y con la sartén por el mango.
—No importa, no importa. Se huele a la legua que este hombre no es policía ni trabaja para ellos… Lo que me plantea algunas dudas. ¿Qué eres? ¿Algún convicto fugado tal vez?
Javier optó por encogerse un poco de hombros. No le intimidaba la situación, ni el hecho de que se sintiese a salvo.
—Soy médico.
—¿Médico? —le dio por soltar una risita, un poco molesta—… esa es buena, yo también. Tú también, ¿no Nicolás?
El tipo gordo asintió, sonriente.
—Bueno, tampoco me interesan tus motivos, pero lo que no sé es lo que harás después con él.
—Ellos.
—¿Cómo?
—Quiero más de uno. Cinco, como poco.
Esta vez rió más fuerte.
—Claro, claro. No si al final resulta que sí eres un puto fugitivo. Bueno, no importa. Tienes tus propias razones, como todos. Pero tú no eres un simple chico rondando la mayoría de edad. Podrías ser hasta… un padre de uno de esos chavales.
—Tengo la pasta, tú puedes hacerlo, ¿Qué problema hay? —preguntó, con seguridad. Alguien como ese humano no le daba miedo, y Nelson notaba también su seguridad.
—No sé que vas a hacer con ellos, no traes documentación para saber quien eres realmente, y por si fuera poco si te pillan sería raro verte con cinco de “mis carnets”. La policía acabaría sacándotelo y yo tendría problemas. ¿Quieres más motivos? Como mucho podría darte uno, si me dieras garantías.
Javier se cruzó de brazos.
—Quiero más. Así de simple.
—¿Más? ¿Qué crees que es esto, Oliver Twist? —dijo, desapareciendo la amabilidad de su rostro. Hizo una seña al gordo, y entonces notó un fortísimo golpe en el costado que le hizo perder el equilibrio en parte.
Por el dolor punzante, supo que alguna de las costillas estaba rota. El otro podía ser algún profesional del boxeo, no tuvo problemas para darle un puñetazo directo al mentón, y otro en la sien, que lo acabó derrumbando. Javier perdió el aire más todavía cuando recibió una patada en el estómago. Actuaban impunemente gracias a que el lugar estaba insonorizado.
—Nadie viene a mi casa a exigirme nada y a faltarme el respeto. ¿Qué creías? ¿Qué ibas a extorsionarme? No eres el primero que viene intentándolo.
Terminó la frase con una patada en la boca de Javier, consiguiendo que se diese la vuelta, y escupiese sangre.
—Nicolás, llévate a este gilipollas a la despensa.
Dicho esto, Nelson escupió sobre Javier y se marchó con el huesudo a la espalda, siguiéndole.
Nicolás lo miraba desde arriba con desprecio, por un momento le pareció hasta un tipo duro, incluso sintió un escalofrío cuando le vio por primera vez, y ahora sólo veía un hombrecillo derrumbado por un par de golpes.
Pero dado que estaba boca abajo, no podía verlo sonriendo.
El matón se agachó para levantarlo, y cuando consiguió alzarlo un poco, Javier apoyó los pies en el suelo y con un vigor que no debería tener según la lógica de Nicolás, echó un puño atrás y golpeó hacia arriba, dándole justo en los huevos. El tremendo dolor y la sorpresa le dieron el tiempo suficiente para levantarse y golpear con las palmas en sus oídos. Dejándole sin oído y apenas sin equilibrio, Javier puso la mano en la pistola del pantalón sin sacarla, y apretó el gatillo.
El grito que dio no salió de la habitación, cayó al suelo de lado y la pistola quedó en manos del demonio. Cuando se dio cuenta de la situación en la que estaba, y que Javier le estaba apuntando con el arma, y cuando poco a poco apareció una sonrisa en su boca manchada de sangre, apareció la desesperación en su cara.
—No, por favor —dijo con un miedo que no se molestó en ocultar—… haré lo que sea… no lo hagas…
Tesiel estaba enojado, no porque lo atacasen y le negasen lo que pedía, su cuerpo todavía era más débil que la media humana, cuando en el pasado aguantó la fuerza de mares y montañas sin inmutarse. Quería desquitarse, ser fiel a su naturaleza corrupta, ya que nada lo ataba. Atacándole perdió la poca consideración que tenía a las vidas de esos humanos, se lo habían buscado.
Pero este humano despertó su curiosidad.
—¿Qué podría querer yo de ti?
—Lo que pidas. Te daré lo que quieras.
Podía ver la sangre derramarse en el suelo. La bala posiblemente perforó una arteria.
—Interesante… —acabó diciendo. Podía serle útil, y podía salvarlo, pero no sabía si merecía la pena—… Sabes que esa herida te matará, ¿verdad?
Bajó un poco el arma. Miró la estancia cerrada… Era un buen lugar como cualquier otro.
—Puedo curar tu herida, pero a cambio de salvar tu vida, tendrás una deuda conmigo.
De pronto, el aire pareció llenarse de un olor a quemado, y la luz de la lámpara de la sala empezó a parpadear. Los ojos de Nicolás se desorbitaron cuando le vio, porque su sombra parecía estirarse a la vez de la pared, deformándose hasta tomar una forma que no era la de ese hombre, se movía incluso sin que el tuviera que hacerlo. De hecho, algunas veces con el parpadeo de la luz, su cara y rasgos cambiaban de pronto, mostrando fugazmente una criatura que no podía existir. Algo alado, grande y oscuro. Su mente racional se debatía con fiereza pero no podía rebatir lo que estaba viendo, era demasiado real para ser una alucinación. Sabía lo que era, pero no podía aceptarlo.
—¿Qué… eres?
—Algo que puede salvarte… si me sirves… y crees… —dijo, pero su voz eran dos a la vez, la de un humano, y la de algo inhumano.
* * *
Bosher se reía, viendo la televisión desde su dormitorio. Estaba en casi todos los canales, lo ocurrido en el vertedero. Tania hizo bien su parte, sin pruebas evidentes que señalen a nadie, sólo la evidencia de que ha pasado, y no pueden hacer nada.
Poco a poco, la gente se dará cuenta de la impotencia de los guardianes del orden, lo que era un gran avance. La muerte de la ciudad era lo que buscaba, y estaba a medio camino de conseguirlo. Cuando tumbara las suficientes fichas, las demás lo harán por el efecto dominó, impulsadas por la estupidez de esos trozos de carne.
Cuando la ciudad estalle en total anarquía, será el momento de la llegada de mi señora. Toda la sangre derramada de la ciudad será un tributo a Harasiel, y la ofrenda que recibirá será a su llegada será la muerte de dos millones de humanos.
Y para eso, necesitaba infundir el miedo en el corazón de los humanos. El miedo, la desesperación y la muerte eran las llaves de su regreso, y estaban empezando a fermentar.
No sólo se encargaba de hundir en la miseria a la ciudad económicamente. Los pocos que le demostraron tener un lado oscuro e instintos reprimidos eran los que más le atraían para desinhibirlos y que realizasen actos propios de dementes y psicópatas, mientras ellos lo veían como la satisfacción de sus deseos. Ahora la mayoría estaban muertos o en la cárcel, pero tanto unos como otros le daban en mismo mensaje de inseguridad a la población.
Una de las noticias no se publicó, ya que era demasiado atroz para las mentes sensibles. Secuestró a tres personas sin demasiada dificultad, dejándolas inconscientes, los encerró en un mismo cuarto, encadenados entre sí, y el que estaba entre los otros dos lo sujetó por la cintura a una columna.
Pero les dio un último regalo mientras dormían, el hambre.
Su casa dominaba los conocimientos sobre la carne, y con ese conocimiento aceleró el metabolismo de los tres simplemente poniendo una mano sobre ellos. Entonces, se fue a una sala apartada, en donde había una imagen nítida de una cámara, en la que podían verse a los tres, encadenados. Tardaron una hora en pasar del comienzo de una escena SAW a pura inanición.
Diez minutos después, los que estaban encadenados al de la columna se miraron entre ellos, y acabaron echándose encima de él, dominados por el hambre. Bosher se quedó expectante, riendo con malevolencia mientras segaban la vida del hombre a mordiscos.
El efecto acabó lo suficientemente tarde para que quedase lo bastante poco del cuerpo como para poder soltarse. Ignoraba lo que había sido de ellos, seguramente llegarían a sus respectivas casas, con la intención de mantener ese oscuro secreto, pero no les saldría bien. Mandó el video en formato VHS por correo a la policía, con una nota que indicaba el lugar preciso para encontrarlos. Habría hecho cualquier cosa por ver las caras de las fuerzas de seguridad del estado.
De eso hacía cuatro días.
—Bosher…
Reconoció la voz. Era su divertida “amiga”.
—Danael, querida. ¿Qué tal la vida de las ratas?
—¿Por qué nos peleamos? Antes podíamos coexistir.
—Ya hemos hablado de eso, te vuelves monotemática, zorra del viento.
—Sabes que no puedo renunciar a mi territorio, pero eso no significa que no podamos tolerarnos. Sólo quiero hablar. ¿Me dejaras?
—De momento es un país libre según la constitución, aunque no sé si perder el tiempo con tonterías.
—A ti y al altar de la desesperación puede interesaros.
—Mi señora es mucho más que un título, azote, ten cuidado…
Se lo pensó. ¿Algo provechoso? ¿De ella?… Bueno, no perdía nada.
—Habla.
—Eres consciente de que hay otro demonio en la ciudad, ¿verdad?
—Sentí algo hace unas noches. ¿Por qué me hablas de eso?
Danael sintió un poco de incomodidad. Ya lo sabía, y eso podía ser un obstáculo, pero no iba a echarse atrás.
—Lo he estado investigando. Al parecer es un Namaru, pero no he podido descubrir su nombre ni su ubicación. Tú eres el primero que dice que no quiere obstáculos.
Un diablo, la casta de Lucifer. Muy pocos de esa clase merecían su respeto, los consideraba responsables de la perdida de la guerra, inútiles en los tiempos de ahora. Sólo debía devoción y obediencia a uno.
—¿Y me das esta información por…?
—Quiero una tregua, auténtica. No molestaré tus asuntos, lo prometo. Si me das tres días, descubriré quien es y te diré dónde puedes encontrarlo.
Lo consideró, seriamente. Danael había pasado en ese tiempo de ser una amenaza potencial a una ligera molestia territorial, pero no era un necio. Si algo es demasiado bueno para ser cierto, seguramente no lo es.
—Dependiendo de lo que pase estos tres días, veré si acepto tu proposición.
Deshizo el contacto, no le apetecía hablar más con ella. Volvió a centrarse en la televisión. La noticia del vertedero seguía en la pantalla, y cuando comenzaba a relajarse, el teléfono junto a la cama empezó a sonar. Con cierta molestia lo cogió.
Espero que sea algo importante.
—Sí.
— “Todavía no ha abandonado el caso.” —escuchó al otro lado, con una voz distorsionada electrónicamente, como siempre hacía. Sin embargo, ya estaba acostumbrado a esa voz.
—Ah, eres tú, ¿cómo está nuestra detective?
* * *
Cuando el contacto se cortó, Rocio se recostó en el asiento, aliviada por ello. Detestaba esa cosa, pero ahora tenía las cartas que quería. Pronto, el diablo tendría problemas serios. Si sobrevivía, estaría obligado a aliarse con ella para seguir así, y si no, tendría la confianza de esa bestia, para poder apuñalarla en el momento preciso, y quitársela de encima.
No confiaba en que Bosher cumpliese su palabra, de hecho estaba segura de que no lo haría, pero mientras él pensaba en la forma de destruirla y de utilizar la información que le dio, ella tenía mucho más tiempo para planear la propia destrucción del devorador.
Una guerra entre demonios iba a empezar, y ese tipo de guerras requerían seguidores leales. Del mismo modo que en cada guerra de la historia humana, los soldados mataban con el nombre de su dios en la boca, y otra vez iba a pasar, después de todo eran dioses vivientes en el cuerpo de hombres, y quien ganaba era quien tenía más poder y seguidores.
Tocaron a la puerta. Otro cliente más, dispuesto a aportar su grano de arena celestial sin saberlo.
—Adelante.
* * *
—Deja de tocarme la moral, Jaime, se acabó. Acéptalo de una vez.
Colgó el teléfono de golpe. Estaba cansada, después de un día sin parar en la tienda incluso siendo sábado (que casi tuvo que llamar a la policía porque pilló a dos niños tratando de robar), recibiendo llamadas de sus padres por el cumpleaños de su hermana mayor (al que no pensaba ir), ¿y ahora tenía que aguantar a ese tío?
—Que se vaya a la mierda —dijo en alto, aunque nadie la escuchase.
Se estaba haciendo de noche, todavía no había cenado, con aquello se le quitó el apetito, pero no era una de sus costumbres saltarse la comida.
Cuando estuvo delante del frigorífico no supo que hacerse de comer, hasta que optó por hacerse un sándwich con desgana.
Se sentía rara desde que tuvo aquel sueño igual de raro. Se preguntaba por qué le pasaba de nuevo. No podían ser esas chorradas que le contó el psicólogo, porque no tenía problemas en ese sentido. Estaba segura de que era algo más.
Decidió no darle más vueltas a la cabeza, estaba segura de que no llegaría a ninguna parte pensando en ello.
Fue hasta el salón y encendió la televisión. Lo del vertedero ya lo habían emitido tres veces ese día. Cambió de canal varias veces, pero no había nada entretenido. Dejó “el hombre de la máscara de hierro” en la primera, y empezó a comer.
Entonces tocaron a la puerta.
—¿Es que no puedo tener un momento de tranquilidad? —masculló en voz baja. Suspirando, se quitó el flequillo de la cara y fue hasta la puerta. No estaba de humor para visitas.
Pero lo que vio por la mirilla de la puerta la dejó paralizada. Era… imposible. No podía ser, sus ojo debían estar engañándola
Dubitativa, abrió la puerta, y Javier le dedicó una sonrisa, consiguiendo que el pulso de Débora se disparase. Era él, el hombre que saltó sobre su coche, el hombre que la hizo adulta de golpe, el hombre que estuvo siempre ahí para escucharla y cambió su vida para siempre. Estaba ahí, de pie y frente a ella, con ropa medianamente informal y una gabardina, muy distinto a como estaba en la cama del hospital con su pijama.
—Buenas noches —saludó él, sonriente.
* * *