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Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

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CAPÍTULO 12: GUANTE BLANCO (2/2)

 

—Puto bastardo… —maldijo Danael, crispando los dedos sobre la mesa. La había calado desde el principio, y había jugado con ella hasta saber los detalles sobre lo que pasaba.

Pero no iba a dejarlo así. Iba a tener que darle motivos para que se uniera a ella.

Diego estaba a su lado.

—Señora.

—Fuera, Diego…

—Pero…

—¡FUERA! —gritó, pero no con una voz humana, si no con la voz de la destrucción de un enorme tornado. Diego salió corriendo del despacho, sin volver a cuestionarla, ya fue presa una vez de la ira de su señora. Pudo sentir el movimiento antinatural del aire antes de que se cerrase la puerta detrás de él.

Danael estaba enfadada, pero no directamente por el rechazo. Lo esperaba, no iba a decir sí de primeras. Necesitaba pruebas, necesitaba que estuviese en inferioridad.

Necesitaba que estuviese acorralado.

Se recostó en el sillón … Observaría de cerca al diablo, y lo que descubriese lo utilizaría a su favor. Puede que en su contra… y empezaba a tener una ligera idea de cómo proceder.

* * *

Esa misma tarde, en medio de su continuo ejercicio de patear la calle, hizo una llamada a un hotel de cuatro estrellas para conseguir reserva esa noche, lo que formaba también parte de una mentira con la que conseguiría cobertura. Se suponía que tenía el turno de noche y trabajaría hasta seis de la mañana.

Tras volver a casa y ducharse, empezó a oscurecer, era la ocasión perfecta para terminar de conseguir lo necesario. Alquiló un coche, y con él y los trescientos euros se fue de compras a una tienda de ropa, de la que salió con un abrigo largo, un sombrero, una sudadera, pantalones y zapatos nuevos. Lo último que le faltaba, la maleta, lo consiguió treinta minutos más tarde. Finalmente, aparcó cerca del hotel, dando por finalizado el día.

Después de dormir y recuperarse un poco, se preparó para lo que venía. Una vez se hizo de día miró su reloj. Se puso la ropa comprada y los guantes de látex, guardó la ropa del día anterior en el maletero y se fue de allí, para aparcar poco después aparcó cerca del banco. En cuanto llegase su mujer, el plan estaría en marcha.

Inspiró profundamente, dejó que el poder fluyera por su cuerpo y… desapareció de la vista de todos.

Unos pocos demonios eran capaces de hacerlo, no era invisibilidad per se, sino una ilusión, la ausencia de atención. Cada vez que alguien pasaba cerca de él torcía el camino sin darse cuenta, o miraba el periódico o un anuncio de un escaparate, o se daba cuenta que llevaba los cordones desatados. A todos los efectos, para los sentidos de los demás no existía si él no quería.

No tuvo que esperar demasiado, diez minutos más tarde, ella apareció al otro lado de la calle. Ella era su salvoconducto aunque no lo supiera. Era algo que previó mientras elaboraba el plan, porque no solo tenía que evadirse de las miradas ajenas. Las cámaras podían verle, y por eso ella era la llave del cofre del tesoro.

Las cámaras le grabaron, y los monitores le mostraban, pero si los de la sala de vigilancia se daban cuenta o no daba lo mismo, si reparaban en él… iba con la jefa, lo significaba que no tenían de qué preocuparse.

Cuando Lucia pasó delante de la puerta de la sala, Javier se separó de ella y abrió la puerta.

Los guardas (dos) miraron a la vez a la puerta que se abría sola.

—… Será la corriente, ciérrala —dijo uno de ellos, que pasó muy cerca de él a la hora de cerrarla, y volvió a su asiento. No hablaban nada más que de tonterías sobre futbol, los fichajes, quien era el mejor portero… Parecían la viva representación del gordo y el flaco en poli de alquiler.

Ambos tenían en la mesa un vaso de plástico con café, y delante del equipo electrónico. Javier negó con la cabeza y sopló sobre ellos, pero no solo aire, también parte de su poder.

A uno de ellos la cara se le puso pálida poco a poco, sus tripas empezaron a sonar audiblemente. Al poco se levantó casi de golpe y fue más que deprisa a la puerta, para ir al baño. El otro no tardó mucho más en hacer lo mismo. No pudo evitar reír un poco, con un soplido en la oreja les regaló tres días de gastroenteritis.

Después de tirar del cable de alimentación del equipo, golpeó uno de los vasos que se derramó sobre uno de los equipos apagados, y acto seguido salió de allí para iniciar la segunda parte, la cámara acorazada.

Había un hombre frente a la puerta blindada, con los brazos cruzados y mirando de vez en cuando a los lados. Parecía más profesional que los otros dos, por lo que debía tener cuidado y ser más… creativo.

Se acercó un poco, rodeándolo y colocándose detrás, y con los nudillos tocó un par de veces la puerta. El guarda se dio la vuelta como un relámpago y vio solo la puerta, nada más. Puso gesto de incredulidad y volvió a su posición, pensando que era su imaginación, pero al poco volvió a oír esos golpecitos y se giró de nuevo, ya solo faltaba el último toque.

A su cabeza llegó la imagen de alguien cogiendo el dinero dentro de la cámara, y lo interpretó como un pensamiento propio, pero en realidad fue una imagen enviada por Javier.

No dudó y tecleó el código de apertura, y al momento sonó un chasquido y la puerta se abrió.

Del golpe que recibió en la nuca quedó inconsciente en el suelo, dando vía libre al demonio oculto. Luces y estanterías con montañas de papel inútil que a la vez convierte en rey a su dueño.

Llenó la maleta y salió de allí, cerrando la puerta y dejando al guardia fuera. Ya solo quedaba la última parte, deshacerse de las grabaciones. En la sala de seguridad están los monitores, pero los archivos de video se graban en el servidor.

Tras deshacerse de otro guarda con la misma facilidad que el anterior, entró en el habitáculo. Los equipos informáticos machacaban los datos de millones de personas, y tan solo cinco técnicos se ocupaban de supervisar el mantenimiento del servidor. Al principio pensó en la idea de hacerlo pedazos, pero… dejar a miles de personas sin sus ahorros haría la ciudad más caótica de lo que era, y lo que pretendía desde un principio era un simple hurto, nada más.

Se acercó al que tenía más cerca, uno joven, delgado y no muy alto. Dio un respingo cuando sintió el tacto de algo muy afilado contra su cuello.

—Un grito y te rajo —le dijo, susurrándole al oído. El técnico se quedó paralizado del miedo, pero lo que más le asustaba era que nadie se daba cuenta. Tragó saliva, sin atreverse a hacer nada.

Javier no pretendía matarle en absoluto, sabía por experiencia que el miedo hace que cualquiera le hiciese caso.

El técnico inspiró para dar una voz, pero la cuchilla presionó un poco más, lo que le quitó las ganas de hacerlo.

—Tienes treinta segundos para borrar los archivos de video de las últimas dos horas.

—¿… qué?

—veintisiete.

Necesitó un par de segundos para recordar por donde empezar, pero sus dedos se pusieron a bailar entre el teclado y el ratón, y Javier veía como seleccionaba y arrastraba varios documentos a la papelera de reciclaje. Lo hizo asombrosamente rápido, tanto que por un momento pensó que había hecho cualquier otra cosa. Cuando vio la antigüedad de los documentos que quedaban dio el asunto por zanjado.

—Sé quien eres, y se donde vives. Si cuentas algo de esto, prenderé fuego a tu casa mientras duermes, ¿entendido?

—… Sí.

—Buen chico.

Retiró el bisturí y se fue con una sonrisa. El técnico se giró, pero solo vio la puerta abierta y nada más.

—Fermín, ¿estas bien? —preguntó una de sus compañeras, algo preocupada por la lividez de su rostro y por su forma de sudar.

Nunca mencionó nada de lo sucedido.

Mantener aquella ilusión estaba agotando las fuerzas del demonio, pero sabía que solo le quedaba salir de allí, y solo le quedaba una cosa por hacer.

Ya cerca de la entrada, pulsó en una de las alarmas de incendios, y salió junto a los clientes de forma ordenada. Bajó la calle, metió la maleta junto a la ropa en el maletero y regresó al hotel.

Cayó como un tronco seco sobre la cama, literalmente hecho polvo. Las agujetas de tanta carrera eran horribles y las ignoró hasta entonces, hizo un tremendo esfuerzo mental y espiritual para mantenerse oculto, enfermar y transportar aquella enorme maleta.

Sabía que debía deshacerse del coche y del disfraz, y buscar un lugar seguro donde guardar el dinero antes de volver a casa como mano de obra nocturna.

Pero una mano de obra trescientos mil euros más rica.

* * *

En el vertedero de Valdemingomez estaba empezando a oscurecer. Daniel Gonzalez estaba buscando entre los restos para encontrar algo que fuera de utilidad, o que pudiese vender o cambiar por algo de comida, no podía depender sólo de donar sangre. Tenía que darse prisa, aquella noche haría frío, lo notaba en los huesos.

En su carro llevaba las pocas pertenencias que tenía, por suerte había encontrado cosas muy útiles para resguardarse del frio, los periódicos a veces no eran suficientes, y no era una opción entrar en el metro. Siempre acababan sacándole.

Abrió una de las bolsas. Había comida, y no olía mal. Serían los restos de algún restaurante o algo por el estilo.

Abrió otra. Eran plásticos e inorgánicos, prueba de que la gente ni se fijaba en qué contenedor tiraba las cosas. Tenía que darse prisa, podrían verle.

Abrió una tercera y se cayó de espaldas, horrorizado. Sin embargo, la bolsa le cayó encima por la pendiente formada por la basura amontonada, y empezó a gritar desesperado, porque la bolsa abierta se le vació en parte encima de él, manchándole de sangre y carne en descomposición. Los guardas del vertedero llegaron guiados por los gritos.

Lo único reconocible entre los restos sobre el vagabundo eran un dedo y una oreja ensangrentados.

* * *

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