Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
MaDRID, 15 de octubre 2009
Sus quehaceres durante el día no eran complicados. Decidido a fortalecer su cuerpo, Javier corría todos los días por las calles de la ciudad sin ninguna ruta en especial, y cada vez mayores distancias. El cansancio no era un problema para él, consecuencias serias como ir por encima de su ritmo ideal, las contusiones musculares, el sobreesfuerzo… para todos sería algo subjetivo si fuesen capaces de reparar los daños con un gesto igual que él. Solo paraba cuando era evidente que estaba al borde del desmayo por la deshidratación, pero siempre había un sitio donde vendieran botellas de agua.
Y en eso solo ocupaba la mañana. La tarde la dedicaba a actividades cotidianas (si se las podía llamar así. Tardaba muy poco en terminar las tareas, y después se dedicaba a leer o a ver las noticias. Lucia lo notaba raro, era él pero no era él, y ese cambio tan drástico no sabía si interpretarlo como algo bueno o malo. Por lo que recordaba, cuando estaba con ella apenas movía un dedo en casa, y ahora parecía una máquina.
Descubrió más sobre el hermanastro de su hijo que sobre este mismo. Un niño que había dejado hace poco la guardería, sin ambiciones para el futuro, salvo el deseo de divertirse y jugar con otros niños. La inocencia del pequeño le sorprendió, no apreció nada corrupto en Miguel… era puro, algo que no vio en mucho tiempo. Más allá de lo que ve la gente normal podía ver la luz, la vida de su interior. Si no fuera por el mundo en el que le iba a tocar vivir, podría llegar a ser algo parecido a lo que los suyos siempre quisieron. Lo más cercano que había visto a la bondad del niño era aquella anciana ciega.
Podría aprovecharlo, sabía que su esencia podría alimentarle más que la de cualquier adulto de ese mundo ateo, pero era un riesgo inadmisible. Su devoción hacia sus padres era enorme, y si ellos notaban un cambio en él, sería peligroso. Los padres tampoco eran una opción.
Luis, sin embargo, estaba marcado, y lo notaba, su presencia le incomodaba a él y Alejandro, sobre todo a él. En una semana apenas intercambió un par de palabras con él, las suyas cargadas de amargura. La mayoría del tiempo lo pasaba fuera de casa, y eso acentuaba aún más su curiosidad. Era un experimento, un juego, y quería saber qué pasaría cuando diese el siguiente paso.
No podría nutrirse de ninguno de ellos por el momento… pero sabía de alguien de quien sí podía. Sin embargo, todavía tenía que esperar un poco, y preparar las cosas.
Ese día cambió su rutina para dar inicio a su plan. Casi una semana después de llegar a esa casa, Javier dio la noticia de que encontró un apartamento y un trabajo por horas cargando cajas con una carretilla elevadora (hasta que recuperase su licencia). Era la primera vez que vio en la cara de Alejandro un gesto de alivio.
Evidentemente, lo del trabajo era mentira. Lo que sí encontró fue un piso por sesenta mil euros muy presentable, según el vendedor la familia que vivía antes allí se mudó a Ciudad Real, y no le dijo los motivos. Sin embargo, era un piso que no iba a pagar.
Persuadió a Lucia de que se lo podía permitir durante una temporada, y de que tenía de sobra en la cuenta para pagar la entrada. Pero ella no iba a permitir que malgastase su dinero teniendo los recursos que tenía, y le dijo que su banco podía hacerle el préstamo y con facilidades. Ahí fue donde consiguió lo que quería.
Entrar en el banco.
Solo necesitaba ver las cosas una vez, solo una, para recordarlas. Pudo enterarse de como se distribuía la recepción, las cámaras, los guardas, los cajeros… y una vez terminaron el papeleo con uno de sus subordinados, hizo la pregunta del millón.
—Por curiosidad ¿podría ver dónde trabajas? Todavía no he visto tu lugar de trabajo.
No tuvo que insistir demasiado, en cierta parte la hizo hincharse de alegría y orgullo. Gracias a ella, de camino a su despacho pudo ver dónde estaba la sala de video-vigilancia, el servidor, y la cámara acorazada.
Cuando acabaron, de camino a casa comentó lo de que le gustaría pasarse por la tarde por el almacén a recoger unas cosas, coartándose (mintiendo) con que debía prepararse para recuperar el permiso y volver a ejercer como médico. Pero antes de irse dijo que se adelantara, que iba a sacar cincuenta euros.
Sacó trescientos.
Por la insistencia y el “ya que estamos” recogieron los libros veinte minutos más tarde. Todo fue gracias a ella, lo tenía todo casi listo, ya que también se llevaron algo más aparte de los libros. Cuando llegaron a casa desembaló algunas de las cajas y sacó su contenido. Encontró junto su instrumental para intervenciones y demás una cajetilla con guantes de látex.
Se puso uno, y sonrió ante el “familiar” tacto.
* * *
—Gracias, vuelva pronto —dijo, con una sonrisa, mientras el cliente se iba.
Apenas cambió en siete años. Débora se volvió lo bastante autosuficiente como para no tener que depender más de sus padres, a los que apenas veía. Su relación con ellos nunca fue la misma desde aquel accidente, y acabó por seguir su propio camino.
Consiguió el dinero suficiente para alquilar un local y empezar un negocio. Una tienda de música, en la que vendía además accesorios y ropa del mismo género, para los que les gusta el gótico y los distintos tipos de metal. Dado que logró que el local estuviese prácticamente al lado de los bares de “Los bajos de Arguelles”, logró que las ventas se dispararan y el negocio prosperase.
Ahora tenía tres establecimientos, uno también cerca de uno de esos bares llamado Excalibur. Gracias a ello, el dinero ya no era un problema para ella, hasta compró aquella tienda de flores en la que trabajaba. De hecho, pagó de sobra los desperfectos del coche de aquella vez y solucionó algunos problemas económicos con sus padres. Fue entonces cuando empezó a verlos cada vez más paulatinamente, hasta que dejó de hacerlo.
De aquello habían pasado ya tres años.
En lo personal, llegó a tener hasta cuatro parejas en ese tiempo. A dos los conoció en una sala de conciertos, y no duraron ni un mes en acostarse con otra cuando estaban lo bastante borrachos. Al tercero, que en su vida llevó ropa de cuero encima lo atrajo la lástima que sentía por él al no saber relacionarse. Unos dirían que era adorable, otros un pringado. El cuarto, Jaime, fue el que más duró con ella, pero al ver lo posesivo y cabrón que fue con sus otras relaciones (y que se volvió con el tiempo con ella), decidió cortar. Él nunca lo aceptó.
Tampoco era un secreto para los que la conocían que no tuvo suerte con sus relaciones. Sin embargo, para ella cualquiera de esos defectos eran más bien excusas. Nunca encontró en ellos lo que buscaba, aunque no supiese lo que era. Por eso se conformaba con rollos de una o dos noches, y en parte estaba tan acostumbrada a ello que se preguntaba si perdería el tiempo intentándolo otra vez en serio.
Siempre le faltó algo, y no sólo con las parejas. El hecho de que sus negocios funcionasen casi sin supervisión le daba tiempo para muchas cosas, por lo que tenía varios Hobbies.
Pero algo había pasado en esos últimos días… algo que la tenía inquieta. La misma sensación que sentía en la nuca cuando tenía el presentimiento de que algo iba a pasar… y no necesariamente bueno.
—¿Deb?
Aquello la sacó de las nubes. Era un muchacho, de pelo largo y ondulado, con el pelo recogido por detrás. Tendría como unos quince años. Lo conocía bien.
—Ah, sí, sí —asintió con la cabeza rápidamente. Cuando le reconoció sonrió un poco—. Espera chaval. Tengo lo tuyo por aquí.
Salió un momento de detrás del mostrador y fue a una de las estanterías donde estaban los discos. Sacó uno de 3 inches of blood, y se lo tendió en la mano.
—¿Cuanto?
—Quince euros.
El muchacho le pasó uno de veinte. Cuando ella lo cogió, le miró de nuevo.
—Chico, no tienes buena cara —el respondió con una mueca de desagrado.
—No es nada.
—Venga hombre, algo estará pasando.
El chico puso cara de no saber si contárselo o no.
—Un imbécil.
—¿Un imbécil?
Luis bufó.
—Un gilipollas que se ha pasado la ostia de tiempo fuera, y ahora cree que puede venir y estar como en casa, y nosotros tenemos que poner buena cara.
Débora alzó las cejas. Pensó en cómo responder a eso, aconsejarle o decirle algo que lo anime… tampoco era un tema sencillo.
—¿Es cosa de tus padres?
—¿De quien si no? Pretenden que se quede hasta que pueda mantenerse sólo, pero me sé que intentará ser inútil todo el tiempo que pueda.
Ella lo piensa, y acaba encogiéndose de hombros.
—Bueno, si es como dices, no durará mucho —pero Luis parecía escéptico.
—¿Y eso?
—La paciencia de los padres no es eterna, y se acaba fácilmente cuando se dan cuenta de que tienen gorrones.
Cuando lo oyó se quedó pensativo, habiendo captado la indirecta. No se lo planteó así antes.
—… Puede que tengas razón.
—Anda, ten la vuelta —dijo, dándole el dinero en mano. Ni siquiera sabía de quién estaba hablando. Luis sonrió un poco, agradecido por el consejo, y asintiendo salió de la tienda. Débora le miró mientras se iba, y acabó sonriendo.
Abrió la caja, y empezó a contar el dinero.
—Tiene un buen culo… Lástima que sea tan joven.
* * *