Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
El Succubus nest permanecía abierto al público desde las seis de la tarde a las nueve de la mañana, pero últimamente parecía un negocio veinticuatro horas, casi siempre estaba abierto.
Lo bueno de tener un local así era que formaba una fuente casi inagotable de deseos y súplicas. Todos querían algo por lo que darían cualquier cosa, algunos incluso deseaban creer en algo que pudiesen ver con sus propios ojos, y la mayoría solo tenían en la cabeza cosas materiales o carnales.
Lo malo era la calidad, pero aun así, no desperdiciaría aperitivos mientras esperaba un plato fuerte.
La Sala VIP era su zona de recreo favorita, no porque allí los que iban eran creyentes de algo que no fuesen ellos mismos, ninguno pensaba en cosas muy desorientadas del sexo o el dinero. Eran contactos y fuentes económicas, un recurso del que no dudaba en explotar para su ascenso en la sociedad, eran mejores que un banco nacional.
Enseña trucos adornados de un par de glándulas mamarias, dales un par de promesas a cambio de su fe y los tendrás limpiándote los zapatos con la lengua el resto de sus vidas.
Danael fue a pasear por la sala en su búsqueda de nuevos adeptos, recuperar la esencia que le fue arrebatada por ese condenado monstruo sería cuestión de paciencia, pero solo podía valerse de la nueva clientela. Algunos seguidores dejaron de acudir, por miedo a la muerte. Lo cierto era que le daba igual, fuesen donde fuesen, cada pacto que cada uno firmó con ella era inviolable. De hecho, si se desperdigaron le iría hasta bien, eso complicaría las cosas a su adversario.
Pero hasta ahora, había perdido casi la mitad de fuentes de poder.
En la sala VIP, las luces alumbraban lo bastante para ver la pasarela que se alargaba a su lado y las mesas en rededor. Una de las paredes del local era un largo cristal transparente, a modo de mirador para la parte de abajo del club. Circulando alrededor de las mesas, camareros de ambos sexos servían las bebidas a los clientes, vistiendo con conjuntos de cuero provocativos y repartiendo sus servicios, dependiendo del género de la clientela. En las plataformas las bailarinas ejercían su trabajo al ritmo de la música, llamando la atención de los borrachos que se apostaban cerca. Calentar al personal era una buena forma de atraer polillas adineradas.
Ese día la sala estaba un poco más vacía de lo habitual, pero distinguía nuevas caras (no invitadas por la corruptora). Seguramente tenían acceso a la sala por acompañar a los privilegiados. Dependiendo del día, Danael pasaba o no por alto la exclusividad, pero dada la situación... le venía bien que se saltaran las reglas. Después de todo, para un demonio su cupo era como un patíbulo, siempre había espacio para uno más.
Por ejemplo su primer discípulo, Diego, hablaba con alguien desconocido para ella, y no obstante aparentaba cierta amistad con él. Llamaba la atención, y no era por su forma de vestir propia de un obrero en sus horas libres ni por su actitud a juego, iba con la capucha de la sudadera puesta, lo que le hacía desentonar bastante con respecto a los demás.
Cuando se acercó, ambos interrumpieron la conversación.
—Jefa... —saludó Diego, ella sonrió y luego miró a su amigo. Evidentemente la capucha tenía algo que ocultar.
—El colsplay da buena publicidad, aunque suele ser fuera de esta sala. ¿Quién es tu amigo?
No lo dijo con ira, y sabía perfectamente que su intención era conseguirle nuevos adeptos, pero no podía aparentar que toleraba esa clase de cosas. Por suerte, Diego lo sabía y por suerte, era bueno actuando.
—Le he invitado yo, espero que no le importe.
—Oh no, en serio, ¿por qué me importaría que mis propios empleados se saltasen las reglas? —preguntó, con los brazos en jarras.
El acompañante empezaba a sentirse algo incómodo.
—Em... si molesto tal vez tenga que irme.
—No, tranquilo, no pasa nada. Venga jefa, solo esta vez, todavía no he montado ningún numerito.
Danael le miró, y luego miró al encapuchado. Acabó suspirando y cediendo.
—Bueno, no me quejaré de que alguien haga una consumición en mi propiedad —y le guiñó el ojo al encapuchado, quien sonrió un poco, y en aquel momento cuando se percató de parte de la irregularidad de ese hombre tan pintoresco—. Soy Rocío Melas ¿Cómo te llamas, grandullón?
—Félix —respondió él.
—Mmm, bonito nombre. ¿Te gusta lo que ves?
Echó un vistazo a su alrededor, las bailarinas, camareras, las mesas, las bebidas, el dinero... no era un prostíbulo en absoluto, pero tampoco parecía un bar de ambiente.
—Nunca estuve en un sitio así.
—Siempre hay una primera vez.
Empezó una nueva canción, y aquello pareció revolucionar un poco a los que estaban abajo. Por el contrario, los de arriba seguían atentos a los bailes o metidos en sus conversaciones como ellos tres. Rocío puso un gesto pícaro a Félix, era mejor acabar cuanto antes.
—Bueno, ya que eres nuevo, la primera ronda la paga la casa. Ha sido un placer, señor Félix.
—No, no, espera jefa —y ella hizo caso, era una coreografía que hicieron más de una vez. Entonces se dirigió de nuevo al fortachón—. Dile lo que hemos hablado.
Ella le miró, como esperando y aparentando.
—¿Decirme qué?
—... Diego me dijo que podía ayudarme.
—¿Ah sí? —y Diego asintió.
Se sentía un poco decepcionada. Hubo veces que Diego le consiguió gente de fuertes creencias, con mayor potencial, pero eso no quería decir que hubiese fallado. Sí, puede que no tuviese tanta fe, pero era igualmente aprovechable.
—¿Te apetece tomar esa primera copa en mi despacho? Así hablaríamos sin jaleo, tranquilamente.
—Gracias, señorita Melas.
—Diego, quédate por aquí, asegúrate de que todos están contentos —le dijo, mientras le metía un billete de cincuenta en el bolsillo.
Tardaron solo unos minutos en llegar a su despacho, y Félix quedó algo sobresaltado cuando el sonido se cortó. Rocío sonrió, a casi todos les pasaba lo mismo. Le invitó a que se sentara delante del escritorio y le preguntó que prefería, si vino, whisky, escocés... aun así no pidió nada.
Se sentó en su sillón de cuero y le examinó con detalle desde ahí. Era ancho como un muro y bastante alto, rondaría casi el metro noventa, su oficio sin duda tenía que ver con el traslado de objetos pesados. Era una hormiga obrera, pero también tenia una voz ligera, nada brusca, incluso algo tímida, como si le diese algo de vergüenza estar allí.
—Muy bien, ¿me cuentas tu historia?
—Bueno... no se por donde empezar...
—Tal vez por bajarte ese gorro.
—Suele desagradar a la gente.
—Prueba.
Por un instante se quedó quieto como una estatua, y entonces asintió y se echó la capucha atrás, revelando su verdadera apariencia. Visto desde el lado derecho era una persona normal, incluso puede que algo atractivo, pero cuando la gente miraba el lado izquierdo lo primero que hacía era asustarse, luego echarse hacia atrás y desandar el camino con prisa. La piel estaba cicatrizada de mala manera desde su mejilla hasta donde debería estar una oreja, pero solo quedaba un agujero que daba paso al oído interno. Su pelo era corto y cuadriculado, pero en el lateral de la cabeza no tenía ni un solo pelo. También le faltaba algo de la ceja y la cicatriz se notaba también un poco al comienzo de la comisura de los labios.
Era una imagen poco menos que repulsiva, pero si la herida fuese un poco mas grande, sería la viva personificación del malo de Batman “dos caras”. Rocío sentía en parte la mayoría de esas cosas, pero Danael había visto, e incluso hecho, cosas peores.
—... Vaya.
—Se lo toma bastante bien.
—Tengo un estómago fuerte. ¿A que se debe?
—... Trabajo en el sector de la construcción desde los dieciséis. Hace dos años que... Alguien hizo mal la instalación del gas. Los seguros no cubren la operación y no tengo capital para pagarla. Desde entonces voy... así.
Era una forma de resumir lo que le pasó, solo que adornándolo un poco. En realidad salió en los periódicos, le galardonaron como a un héroe por apartar a otros dos obreros de un empujón de aquella explosión de gas. Tardó tres semanas en poder levantarse de la camilla para ir al baño por si solo, las quemaduras también se extendían por parte de su cuerpo.
—¿Eso es lo que te trajo aquí? —preguntó, ya no le miraba, estaba buscando algo dentro de su bolso, lo que venía a ser un espejo de almeja con un aplicador para las pestañas. Le pidió que continuara, que le escuchaba, y se puso a pasar el bastoncillo.
Él asintió con la cabeza, extrañado.
—Diego dijo que podría ayudarme con mi problema.
—¿Y qué crees que puedes darme a cambio?
Eso le pilló desprevenido. Ella terminó de utilizar el aplicador, pero no lo soltó todavía. Observaba cada una de sus reacciones, era innegable que sus palabras tuvieron el efecto esperado.
—¿Qué pensabas? ¿Qué soy una prestamista? —y ante el inminente silencio frunció un poco el ceño. No era muy listo, ni siquiera trataba de mentir... esa sinceridad era síntoma de que estaba desesperado, y los desesperados podían ser las mejores herramientas—. No me estas dando garantías, Félix.
—¿Qué garantías quieres?
—Buena pregunta.
Se levantó de la silla, rodeó la mesa, se puso detrás de él y apoyó la mano derecha en su hombro, estaba un poco tenso.
Sería demasiado fácil.
—Créeme cuando te digo que no verás un solo céntimo salir de mi bolsillo.
Por el lado sano de su cara apareció un gesto de desagrado... que también se reflejó en el otro, y no se dio cuenta hasta que ella volvió a abrir el espejo y le mostró su cara curada. Se quedó congelado, y le quitó con nerviosismo el espejo de la mano. Se palpaba la cabeza y había pelo, una oreja, todo estaba en su sitio.
A punto estuvo de llorar y de darle las gracias cuando de nuevo, como si fuese un cruel espejismo, volvió la quemadura a su sitió.
—Recuerda lo que te dije, la primera invita la casa —dijo ella.
Félix no sabía que hacer, si llorar, si gritar, si abalanzarse sobre ella, pero no se atrevió a hacer nada. “Ver es creer”, esas palabras tenían mucho significado para él en aquel instante.
Se dio cuenta de la parálisis de aquel hombre, puede que después de todo si fuese inteligente. Ya no le era extraño que un futuro pacto se comportase como un energúmeno al quitarle el caramelo de la boca apenas dejándole saborearlo. Decía mucho a su favor.
—Me encanta tu cara, Félix, es todo un poema.
Solo se le ocurrió una palabra que decir.
—... ¿Cómo...?
—Asusta, ¿verdad? —preguntó ella, con una satisfacción franca. Solo le hacía falta un último golpecito—. No te daré una respuesta racional a lo que acabas de ver, simplemente, puedo hacerlo. La pregunta que realmente importa es, ¿crees en lo que has visto?
Lo que también le gustaba de Félix, era el deseo de algo mejor. Su vida era monotonía y trabajo, ni siquiera tenía un anillo en el dedo. Quería creer en algo mejor, más tangible que un Dios silencioso y apartado.
Tal vez tuvo suerte.
Se pasó varias veces la lengua por los labios, era una manía que cogió desde que tenía ese aspecto, y era algo que no haría nunca más, gracias a su respuesta.
—Sí.
—Entonces podemos hacer un trato.
* * *