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Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

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CAPÍTULO 10: ¿UN HOGAR? (2/2)

“¿Cuánto más podría contener esto?”

En casa de Julia todas las habitaciones estaban apagadas salvo el comedor en donde estaba. La televisión emitía un canal de noticias, y la sección de sucesos más larga de lo habitual. Robos de poca monta, violencia de género, accidentes de tráfico, juicios… sin embargo el circo del animal era la noticia de portada ese mes. A veces le parecía repugnante lo que podrían hacer algunos medios por tal de conseguir índices de audiencia.

Se permitió el lujo de llevarse los duplicados de los informes a casa, pero volvían a estar en punto muerto. Solo les quedaba un camino, y dudaba que Rocío colaborase.

El timbre sonó, varias veces, hasta el punto de ser molesto. Supo quien fue, era muy característico en David. Abrió la entrada y allí estaba él.

—Eres un capullo.

—Yo también me alegro de verte —contestó sonriente. Al hombro colgaba una bolsa algo vieja. Ella se apartó un poco para dejarle pasar y fueron al comedor.

—¿Tuviste suerte?

—La suerte es para los novatos.

Descolgó su bolsa y sacó una carpeta, con el expediente que ella buscaba. Se lo pasó para que lo leyera, y mientras le contó lo que pudo sacar de él.

—Parece que tenías razón en algo, está demasiado limpia. Su vida parece sacada de una película, joven marginal que triunfa y se hace de oro. Hasta lo que dijo de los registros de narcóticos era verdad.

Julia ojeaba por encima, estaba en lo cierto. Lo aprendieron como una regla básica, si escarbas, siempre hay porquería. Era demasiado perfecta para tener solo un par de multas de aparcamiento.

—Me da que esa mujer no es ningún testigo protegido. ¿Crees que pudo pagar para hacerse una identidad nueva?

—Si lo hizo, tuvo que pagar una pasta, porque hasta hacienda le besa el culo.

Ella puso los papeles en la mesita y se dejó caer sobre el sillón. Frustrante.

—¿Qué hacemos mal, David? Ni la científica tiene datos concluyentes. No podemos apuntar a ningún lado, y esta tía está tan acojonada que no suelta prenda. Por no hablar de la mierda que sacan por la tele —y señaló el televisor con un gesto de su mano—… Detesto perseguir fantasmas.

—No eres responsable de que ese bicho sea invisible.

—Ese es el problema. Al no tener nada, ese depredador sigue por ahí. Como no lo paremos pronto, tendremos a los antidisturbios o a los propios militares patrullando con toques de queda.

Recostó la cabeza.

—Me he quedado sin ideas.

—Necesitas unas vacaciones.

Ella suspiró, cerró los ojos por un momento. David la apoyaba siempre, a veces se preguntaba si eso era solo compañerismo o algo más.

—Prefiero una cerveza.

—Eso también vale —contestó él, de nuevo con una sonrisa.

—… Ve a coger una para ti también, idiota.

* * *

Tania bajó del autobús a dos calles de su casa. Era consciente de las miradas de los viajeros que fueron con ella en el transporte público, y de los que pasaban a su lado por la acera. Le encantaba sentirse observada, sentirse bella, la llenaba de una vanidad que no sintió nunca, hasta que le conoció a él.

Nunca le dijo su nombre, pero le dio lo que más ansiaba en el fondo, la belleza y la venganza. Uno a uno, ella fue ocupándose de todos los que hicieron de su infancia una ruina, atrayéndolos con encantos y dándoselos de comer a su mascota. Una purga de lo más placentera.

Pero deseaba más.

Llegó a su casa, se desembarazó del bolso y de los tacones, y fue directa a la sala de estar, a tumbarse en el sofá, pero allí había alguien esperándola, mirando uno de los cuadros  de las paredes y con los brazos tras la espalda. El cuadro era una reproducción manual de Tania de la propia la Gioconda, muy logrado, casi idéntico al original.

Ella no sabía su nombre, nunca se lo dijo, pero el portador de Edwin se dirigió a ella sin desviar sus ojos de la pintura.

—Siempre me gustó el arte.

Al principio no supo como responderle.

—… ¿Ah, sí?

—No tiene por qué ser perfecto, ni fiel, ni siquiera lógico. Congela y expresa una idea, una meta, una sensación, que trata de inundar a quien lo ve. Influye, atrae y manipula sin importar si el observador se da cuenta.

Edwin dio un drástico cambio en esos tres meses, Bosher dejó que el cuerpo pasase hambre y se alimentase de si mismo, al mismo tiempo que lo mejoraba y lo fortalecía con su poder. En el pasado fue un ángel de la naturaleza, capaz de cambiar la esencia de la materia viva. Moldeó su cuerpo hasta lograr el efecto deseado. Si antes fue fofo y grasiento, ahora era delgado y fibroso.

Se dio la vuelta y la miró.

—¿Disfrutaste lo de ayer?

—¿Has venido para preguntarme eso?

Él respondió acercándose paso a paso. No le gustaba la actitud del demonio.

—Me preocupas, Tania. Te enseñé el arte del engaño, haciéndote incluso más peligrosa que mi mascota, pero estás siendo descuidada.

—¿De qué hablas?

—Del coche que mis hombres tuvieron que aplastar en el desguace.

De eso no se acordó. Tomas la acompañó a casa con su coche, y se olvidó de llevárselo de allí. La policía lo podría haber buscado y ella sería la principal sospechosa.

—Las cosas no van regaladas, señorita. Lo que te di no es un privilegio para que abuses de él sin conocimiento.

—Hicimos un trato y lo estoy cumpliendo.

—Piensa en un drogadicto, niña. Al camello le da lo mismo que compre tres gramos que treinta kilos. Lo que no le da igual es que el drogata haga una gilipollez como contar a la policía lo que se mete mientras está pedo. Dime, ¿Qué crees que debería hacer el proveedor si se entera?

El miedo de Tania radicaba en la tranquilidad y sociopatía de Bosher, y aunque ella trató de ocultarlo, él lo sabía. Aun así, se mantuvo firme.

—¿Tan mal te fue en el viaje al desguace?

—Veo que no lo entiendes.

Dio un par de pasos más y la agarró por el antebrazo con fuerza, casi a la altura del codo. Ella hizo ademán de gritarle, de darle una bofetada. No pudo. Hincó la rodilla derecha por el dolor que le recorría el brazo.

—No soy un genio de la lámpara a tu servicio, y no suelo tolerar errores que pongan en peligro mi plan —mientras hablaba, el brazo que agarró adelgazaba, envejecía y se atrofiaba, y él se aseguró de que lo sintiese todo. Sin soltarla, se agachó un poco y habló a su oído—. Te perdono este desliz, pero te lo diré solo una vez, hay más gente como tú dispuesta a dar su alma, y mi lobo siempre tiene hambre.

—¡… Basta! —dijo ella casi sin aliento. Su brazo era poco más que piel y hueso en ese momento.

La soltó, y el brazo poco a poco recuperó su vigor. La piel arrugada volvió a ser tersa, la mano pasó de ser raquítica a ser fina y delgada, y los músculos aparecieron donde debían estar.

—Ve a hacer algo útil, y no vuelvas a fallarme, o te quitaré mucho más de lo que te he dado.

Dio la espalda a Tania, sabiendo que eso la encolerizaría aún más. Temor, odio, humillación… se levantó de nuevo y sin mirarle se fue de allí, con paso rápido. Ese cóctel de emociones la irritaba, pero a él le encantaba.

Él se sentó en el sofá, relajándose, acomodándose a él. Tenía sueño, era una necesidad humana pero tenía que respetarla o se vería afectado a largo plazo. Pero antes de ello, tenía que dar el boletín de avances.

La llamó, en una lengua desconocida, olvidada por los hombres. La lengua primigenia.

—Harasiel, tu siervo solicita audiencia.

Recibió la respuesta en su mente. Harasiel, el trono de la condena. Su nombre hacía temblar a la propia tierra, era considerada entre los demonios como una baronesa.

—BOSHER, HE ESPERADO PACIENTEMENTE TU LLAMADA.

Su voz era la de un creador del cosmos, pero corrompido por el cautiverio y el odio. Era infernal y celestial a la vez, podía derrumbar a un hombre haciendo que suplicase clemencia.

—Espero que fuesen de tu agrado, mi señora.

—CADA SACRIFICIO ME ALIMENTA Y ME DA FUERZAS. ANSIO QUE LLEGUE EL DÍA EN QUE EL MUNDO MUERA CON MI LLEGADA.

—El día esta cerca.

—¿QUÉ PROGRESOS HAY SOBRE LA MISIÓN ENCOMENDADA?

Escogió con cuidado sus palabras.

—Los mortales me nutren de poder, el miedo les invade y les hace creer. Pronto dispondré de los medios para liberarte.

—TUS MÉTODOS NO SON LOS MISMOS QUE UTILIZAN LOS DEMÁS Y ESO ME DESCONCIERTA, PERO LOS RESULTADOS SON INNEGABLES.

No pudo evitar sonreír. No necesitaba de pactos para mantener su poder, ya eran docenas los que habían sido sacrificados. Solo unos pocos fueron emitidos por los medios de comunicación, y le fortalecían con su temor. Una ciudad sumida en el terror alimenta más que un par de pactos, usaba a sus esclavos para hacer el trabajo de campo, no como surtidores de fe.

Sin darse cuenta, su satisfacción se emitió involuntariamente hasta su ama, y aquello pareció complacerla, pero cambió de tema.

—¿Y LA CORRUPTORA? ¿SUPONE UN PROBLEMA?

—Soluciono un problema con otro. Sus vasallos están acobardados, y uno a uno, caen para glorificar tu nombre.

—EL CAUDILLO DE TU CASA SIN DUDA ESTARÍA ORGULLOSO DE TI.

Bosher se obligó a tragar saliva. Se juró a si mismo no volver a pronunciar su nombre o su título, la furia de Abadon fue legendaria en la guerra, e incluso ahora su nombre se conservaba en viejos relatos filtrados hasta el punto que no cuentan más que mentiras. Harasiel era una de los barones bajo su mando, y Bosher estaba por debajo en el escalafón.

—Abandonó la legión de ébano a su suerte cuando escapó del foso, es un traidor a su propia especie.

—CONTINUA PENSANDO ASÍ, Y NUNCA OLVIDES A QUÉ Y A QUIÉN TE DEBES, DEVORADOR.

—A ti por siempre, mi señora.

Por un momento creyó que la conexión estaba vacilando por el silencio de la diablesa, pero Harasiel le habló de nuevo.

—CUENTAME MÁS, SOBRE LO QUE NOTASTE EL OTRO DÍA.

* * *

Javier descansaba, pensando en lo que hizo durante todo el día, y lo que le quedaba por hacer.

No esperó que lo recibieran con globos ni confeti, y tenía razón. Pero la actitud de su “hijo” le daba en qué pensar, sobre todo a medio día, a la hora de comer. No era simple rechazo, era aversión.

Fue… peculiar, hablaron prácticamente de lo mismos temas que en el coche, parecía que no tenían otros temas de conversación. Mientras hablaban, Luis parecía una hormigonera, comiendo deprisa por tal de terminar aquello y levantarse de la mesa. En cuanto lo hizo le dijeron que se sentase, porque los demás no habían terminado.

—Deberías ir a la oficina un día con nosotros, así te presento a un par de elementos. Lorenzo te encantaría.

—Sí, Lorenzo, es un cachondo, el otro día…

Comentarios así durante toda la comida. El solo escuchaba y asentía, mostrando un simulado interés por lo que decían. No tardaron en darse cuenta de que solo estaba de oyente, y no pudieron evitar preguntar.

—Javier ¿estás bien? No dices nada —preguntó Lucia.

—Me gusta escuchar.

—Pero tampoco participas.

—No hay mucho que decir.

—Venga, tampoco será tanto. ¿Te dijo algo el trabajador social?

Miraba a su plato casi terminado, dándole vueltas al tenedor y haciendo que los espaguetis se enrollaban en él. No necesitaba al trabajador social para encontrar empleo, y tampoco pretendía conseguirlo en el hospital, pero los conocimientos que más abundaban en aquel cerebro eran de medicina, así que no había mucho donde elegir.

—Sí.

—… ¿Y?

Dio un trago antes de contestar.

—Le dije que podía ocuparse de otro.

 Lucia estuvo a punto de atragantarse por la impresión, y se limpió la boca con su servilleta. Javier no necesitaba ser listo para darse cuenta de que ella lo consideraba una locura.

—¿Pero… por qué?

—No me interesa que me coloquen como una ficha. Además, como mucho ese hombre me recomendaría vender lotería o mover cajas en un almacén. Eso puedo conseguirlo yo solo.

Alex fue a decir lo mismo que pensaba su mujer, que era una tontería, que seguramente podría continuar en el hospital… pero pensar eso era ingenuo. Con amabilidad, Javier levantó un poco la mano para que no hablara.

—Mi carrera se terminó el día del accidente, no se puede hacer nada por ahora. Ya me ocuparé.

Terminó el plato en ese momento, y ninguno de ellos quiso decir nada, uno por aversión, y los otros dos por perturbación, les sorprendió la ligereza e indiferencia con la que hablaba de algo tan serio como un trabajo.

—¿Qué hay de postre?

La comida transcurrió sin más rarezas, incluso les ayudó a fregar y secar los platos, una tarea que por costumbre correspondía a Luis (todos colaboraban a la hora de las tareas de casa), pero él se fue al piso de arriba sin mediar palabra y cerró la puerta de su cuarto. Lucia estaba preocupada, pero Javier la convenció de que no fuese a decirle nada, aunque no era del todo necesario, tampoco iba a subir de inmediato. “Es mejor darle tiempo para que lo aceptase” fue la excusa que le dio.

Cambió de tema gradualmente, orientándolo a una de sus primeras metas, conseguir una casa propia. Se justificó con la verdad, que no podía aparecer de la nada y ser un padrazo, que “lo hacía por Luis”. Ella lo comprendió y estaba de acuerdo, no solo para evitar situaciones embarazosas, era lo correcto.

Y también le hizo pensar en otra cuestión: Si tenía treinta y cinco años, ¿dónde estaban sus pertenencias?

Cuando supo la respuesta, ya tenía todas las piezas para poner en marcha su plan. Lo que hacia allí sentado desde entonces, era madurarlo.

* * *

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