Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Llevaría una bolsa en la mano de necesitarla, pero no tenía nada de valor que necesitase cargar. Solo su cartera y su identificación.
Javier salía del hospital acompañado de Lucia y Alejandro. Ella parecía contenta, pero Alejandro solo era fachada a primera vista. Se mostraba amable, incluso a veces soltaba alguna que otra broma… pero se notaba a la legua, no le gustaba su presencia demasiado. En cambio entendía por qué ella estaba así de sonriente, tuvo que agradecer a Bargas que no le contase nada.
El sol le cegaba un poco, algo nuevo para él, aunque tampoco le dio mucha importancia.
—Gracias por sacarme —les agradeció Javier a los dos, pero mirando a Alex. Fue más por sinceridad que por establecer confianza con ellos para un futuro.
Él asintió.
—No es nada hombre, para eso estamos.
Las palabras de su marido hicieron que Lucia se hinchara de alegría por dentro, le alegraba que se llevasen bien. Se metieron en el coche, Javier en la parte de atrás y ellos delante. El coche arrancó con un quejido, casi a regañadientes, pero cuando iniciaron la marcha fue muy suave. Era curiosa la sensación de ir de pasajero dentro de un coche, después de todo, era su primer viaje dentro de una máquina. Un tanto molesto por el cinturón pero no estaba tan mal.
—Tenemos un cuarto de invitados bastante apañado en el primer piso, podrás dormir allí cuando te haga falta —dijo ella.
—Estupendo —respondió, pero mirando por la ventana. Entonces alzó las cejas, simulando una sorpresa. Prefería hablar a estar de paquete en la parte de atrás—. ¿Has dicho primer piso?
Lucia sonrió ampliamente.
—Nos mudamos hace dos años a una casa algo más grande. Si podemos permitírnoslo, ¿por qué no?
Javier lo entendió, esa no era la verdadera razón. En el cerebro tenía recuerdos de un piso pequeño, muy estrecho. Seguro que sería demasiado pequeño para cuatro personas cuando nació miguel, o directamente lo vendieron cuando se casaron. Se hizo el bobo amnésico como siempre, evitándose así situaciones incómodas.
—… Me da cierta envidia —contestó, con tono de broma.
—Tranquilo, podrás estar el tiempo que necesites.
—Eso no significa que te puedas apalancar… ¡Ay! —dijo Alex, bromeando, y luego quejándose cuando Lucia le dio un golpe con el nudillo en el hombro, sin intención de hacerle mucho daño.
—¿Decías?
—Nada.
Puro teatro, Javier sabía hasta qué punto era broma en realidad, pero se puso a reír por lo bajo.
—¿Te gusta estar fuera?
Le pilló por sorpresa la pregunta, tardó en encontrar las palabras adecuadas. Les iba a decir la verdad, aunque un poco adornada.
—Pues… no se que decirte. Por supuesto me gusta estar despierto… pero al ver como está el patio… Madrid no es como recordaba, todo me parece extraño.
—Date tiempo. Diez años son un mundo —respondió él.
¿Y qué me dices de cinco milenios, gilipollas? —pensó Javier.
—Tengo todo el tiempo del mundo.
El resto del viaje lo pasaron hablando sobre los distintos aspectos de sus vidas. Sus hijos, el trabajo, la limpiadora que iba todos los martes, la canguro que se quedaba para cuidar de los niños por las tardes cuando no estaban… Javier escuchaba todo sin perder detalle. No era nada interesante, pero si útil. Alejandro estaba metido en un negocio inmobiliario, terminando unos pisos en el punto más apartado de Leganés, Lucia se ocupaba de la financiación y de que las cuentas y transacciones estuviesen en orden y sin faltas. En la última parte llegaron a la casa.
Aquello a simple vista era poco menos que un palacio, casi podría pasar por una mansión de ser más grande. Un techo con terraza, dos pisos y con garaje bajo tierra. El jardín era precioso y bien cuidado, incluso en el patio interior había una piscina bastante grande. Era el barrio rico de la ciudad.
Para él solo era un montón de piedras con cemento.
—¿Es aquí?
—¿Qué te parece?
—Que debería llamar a Javier Barden y decirle que he encontrado su casa.
Lucia tuvo que aguantarse la risa, incluso pareció que a Alex también le hizo algo de gracia. Después de salir del coche y dejar que él aparcara, fueron los tres a la entrada. Ella sacó las llaves.
—Por cierto, ten cuidado.
—¿De qué?
—Tenemos perro. No se te va a echar encima es que… bueno, ya lo verás.
Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta, y al pasar al recibidor, un perro apareció corriendo desde el comedor. Era un pastor belga, negro como el tizón y de tamaño mediano, haría poco de que dejó de ser una cría.
—Hola Lupooo, ¿qué tal, mi preciosooo? —le decía ella con cariño, esperando a que pegase a sus pantorrillas para recibir caricias como siempre, pero el perro se detuvo en seco.
Lupo miraba a Javier, sin pestañear siquiera, y empezó a gruñir en voz baja, sin mostrar los dientes. Ella y su marido se miraron por un momento, extrañados.
—Esperad, lo dejaré en el patio —dijo Alex, ocupándose del perro, que al principio se negaba a irse. Lucia se lo explicó.
—No… no se que pasa, si es de lo mas bueno del mundo, nunca ha gruñido a nadie.
—Tranquila, no caigo bien a los animales.
Ella le creyó, tratando de olvidar el asunto. Cuando Alex volvió siguieron enseñando la casa. El comedor, con suelo de parqué y una amplia alfombra por debajo de los sofás, la mesa y el televisor, una mesa de madera para comer allí mismo y unas cuantas sillas, mueble-bar, equipo de sonido Dolby… un cuarto de baño arriba y otro abajo, arriba la sala de estar y los dormitorios y abajo la cocina que daba paso al patio.
Después de un buen rato poniendo buena cara a cada habitáculo de la casa, aparentando interés y felicidad, llegaron a la habitación de invitados. Era muy limpia y discreta. Dos camas en litera, un escritorio, un armario… hasta había un televisor con un soporte atornillado en la pared que lo mantenía alto.
—¿Te gusta?
Por fin sintió algo de alivio, creía que ese circo para enseñarle la casa iba a durar todo el día. Se quitó la chaqueta y la dejó colgando por una de las esquinas de la litera de arriba.
—Me encanta.
—A partir de ahora vivirás aquí hasta que puedas mantenerte solo. Tómate el tiempo que necesites —miró su reloj y entonces se dirigió a su marido—. Cariño, los niños llegarán pronto, voy a preparar la comida, ¿vale?
Alex entrecerró los ojos.
—…Vale, pondré la mesa dentro de poco.
Ella le contestó, dándole un rápido beso en los labios.
—Te quiero —dijo antes de bajar las escaleras, dejándolos solos a los dos. Al poco de sonar el coche la habitación se llenó de tensión. Javier supo lo que venía ahora, lo notó durante todo el trayecto a la casa.
Alejandro tendría más o menos su edad, un poco más alto, y ancho pero no llegaba a tener sobrepeso. Su rostro casi siempre era bonachón, aunque en ese momento no mostraba ninguna amabilidad. La farsa había terminado.
Los dos mostraban seriedad, pero si las miradas matasen…
—No hay motivo para que no nos llevemos bien —dijo Javier, con tono de indiferencia.
—No… no lo hay.
No había necesidad de palabras, los dos sabían su lugar. Aun así, Alex tenía que dejárselo claro.
—Quiero muchísimo a mi mujer, por eso apoyo lo que hace por ti —Javier no contestó para no interrumpirle, dejó que siguiera hablando—. No quiero que ni ella ni Luis sufran.
—No estaré aquí tanto tiempo.
—Eso espero, porque… —Alex se mordió la lengua, no quiso amenazar, no era necesario y pensaba que era mejor que eso. Respiró y suspiró, pensando bien sus palabras—. No pareces mal tipo, por mi parte no habrá problemas, pero no permitiré que les hagas daño… tienes una semana.
Javier cerró los ojos y asintió levemente. Todo estaba aclarado, así que Alex se fue y bajó las escaleras, para ir a la cocina a ayudar a su ex mujer.
Alex no le caía bien, pero le respetaba, y era difícil que alguien como él respetase a un humano. A primera vista era un buen padre que solo se sentía incomodo, desconfiaba. Era una reacción natural.
Le respetaba, y por eso no haría nada en su contra… sin ningún motivo al menos. Además, tenía otras cosas en mente, y sus prioridades estaban lejos de aquella familia. Ese hogar no era su lugar, sino una parada en el camino.
¿Camino hacia dónde? Eso quería descubrir.
Esperó un poco y fue a bajarse al comedor. No sabía que hacer con el tiempo que faltaba hasta la comida, y pensó en ver la televisión un rato. Mientras bajaba las escaleras una mano se deslizaba por la gota de la pared y otra por la barandilla de la mesa. Era todo tan ajeno…
Cuando fue a cruzar el umbral del comedor, la puerta de la entrada se abrió. Fue algo que sintió incluso antes del tintineo de las llaves contra el cerrojo. No era un sentido premonitorio, sino una mayor consciencia por lo que le rodeaba. Sentía el mundo más que nadie porque le era extraño.
—Mamá, he… —dijo uno de los dos, cerrando la puerta, y entonces le vio.
Dos niños, que se llevarían entre sí diez años y muy diferentes en apariencia, le miraban con expresiones muy distintas. Uno, le miró con cara de interés, y el otro con algo de shock. Lo normal sería que el sorprendido fuese el pequeño, y el mayor el interesado.
Luis era alto, un poco más bajo que Javier, pero el parecido era indiscutible, tenían casi la misma cara. En cambio, su pelo le llegaba a los hombros de la camiseta negra de AC/DC, pantalones negros y botas a juego.
Javier casi sentía como se clavaban sus ojos en él. El menor, Miguel, fue el primero en hablar.
—Tato, ¿quien es ese?
“Su” hijo no contestó a su hermanastro. En lugar de eso, subió las escaleras, en completo silencio.
Una familia feliz…
—¿Quién eres? —volvió a preguntar Miguel, con la curiosidad de un niño. Era realmente pequeño, apenas pasaba de su cintura.
Se puso en cuclillas, quedando así a la altura del niño, sonriente.
—Puedes llamarme Javi. ¿Y tú como te llamas? —y le ofreció la mano. El niño le miró, algo dudoso, pero cuando le estrechó la mano empezó a sonreír.
—… Miguel.
—Encantado, hombrecito.
Era un niño muy inocente. Y la inocencia era algo que no vio en eones. Por el contrario, Luis parecía la otra cara de la moneda, reservado y enfadado. Esa sensación le dolería al legítimo dueño de su envoltorio, pero no significaba nada para él. En la guerra conoció a infantes que fueron obligados a crecer demasiado pronto, y a hombres de egoísmo infantil que exigían hasta la comida masticada. Y como con la guerra, de ellos solo quedaba polvo.
Desenvolverse dentro de esa familia podía ser un juego interesante… o un reto peligroso.
—Niñooos —llamó Lucia desde la cocina—. Hora de comeeeeeer.