Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
—Bienvenidos, caballeros, por favor, siéntense.
Rocío recibía en ese momento a Julia y David en su despacho privado. Puso los codos sobre la mesa, una mano envolviendo la otra y la barbilla apoyada en ellas, daba un aspecto informal, para que ellos se sintiesen lo más a gusto posible. La inspectora sin embargo, mantenía su actitud seria.
—Tal vez quieran algo de beber.
David, negó con la cabeza.
—Agradecemos el gesto, pero no podemos.
—Eso depende de si han venido como policías o civiles —contestó, con un tonillo cómico, pero luego guardó silencio un segundo y bajó las manos, apoyando un antebrazo sobre otro—… Pero… algo me dice que no vienen para entrar a la sala VIP.
—No vamos a…
—Robarle mucho tiempo —dijo, al mismo tiempo que Julia, y eso la dejó algo sorprendida. Rocío habló despacio y sin ningún tipo de enojo, “la hospitalidad es lo primero” para ella—. Lo se muy bien querida, no se ofenda. Me lo dicen cada vez que sus colegas entran aquí arietes en mano buscando estupefacientes. Miren, no es la primera vez que pasa, así que no me molestaré en prohibir nada pero…
Julia alzó la mano educadamente, para que le dejase hablar, y Rocío pensó que era mejor hacer caso.
—Me temo que se ha confundido, señorita. No venimos por eso.
Danael guardó silencio, pensando, replanteándose su posición. Por una vez, tuvo la ligera esperanza de que la necesitaban para algo que no tenía que ver con el local.
—¿En qué puedo ayudarles, inspectores?
David sacó de su abrigo tres fotos, que puso sobre el escritorio.
—¿Conoce a alguno de estos hombres?
Nada más ver la cara impresa de su socio en el negocio lo entendió todo. De reaccionar de una forma que los polis no se esperasen, de tardar demasiado en contestar, era consciente de que se convertiría en sospechosa. No necesitaba más problemas de los que ya tenía.
Se hizo la longuis, pero de una forma digna de un oscar. Los policías ni se dieron cuenta.
—A este solo de vista —dijo, poniendo un índice sobre la cara de una de las fotos, y frunció el ceño cuando se refirió a los otros dos. De hecho, en parte era verdad—, pero estos son amigos míos. No soy boba, agentes, ¿Qué les pasa?
David torció un poco el gesto, y ninguno contestó. No hacía falta explicar el por qué. Danael pronunció una expresión que en el fondo le supo amarga.
—Dios mío…
—Fueron víctimas de la… de un animal que todavía no hemos podido identificar —confirmó la inspectora, por tal de no entrar en detalles sobre el estado de los cuerpos.
—… Luis es dueño de una porción del Pub, casi tenía la tercera parte, y tengo un contrato con Ramón, financio su negocio de… —de pronto la mirada de Rocío se clavó en los policías—. Un momento… ¿la cosa de las noticias?
David asintió.
—Ellos dos fueron en la última semana. Entendemos que puede ser algo duro para usted, pero necesitamos su ayuda.
—No… no entiendo que quieren de mí.
—Pensamos que… puede que el responsable no sea un animal. ¿Tiene problemas con alguien?
Rocío puso un gesto de incredulidad.
—¿Qué?
—Alguien que tenga algo contra usted.
Tardó un poco en contestar, pensando y mostrando una actitud poco convencida.
—… En particular nadie… La competencia trata de hundirme cada vez que es capaz, pero no puede ser que lleguen a estos extremos.
—¿Por ejemplo?
—… No se… el dueño del Alambique, Alberto de la Rosa. Mi local captó muchos de sus habituales… o tal vez Marta Ramirez, de la Faculty, pero… no serian capaces de algo tan enfermizo.
Los policías se miraron entre así, y Julia asintió a su compañero, que ya había apuntado los nombres.
—La mantendremos informada. Si descubre algo o ve algo raro… —la inspectora recogió las fotos, sacó un papel y se lo dio en mano—… llame a este número.
—Entendido —dijo, dejando la nota a buen recaudo.
Ellos se levantaron por si solos y fueron a la puerta. El nerviosismo de Rocío desapareció casi de golpe, sustituido por algo de enfado.
—Encuentren al hijo de puta que haya hecho esto —dijo por último, antes de que se fueran.
Esperó un poco a que se alejaran del despacho insonorizado. Bastardo, no solo se cargaba a sus discípulos, ahora se dedicaba a poner migas de pan a la policía para complicarle la existencia. De momento se los quitó de encima dándoles pistas falsas (y de paso joder a la competencia con las preguntas). Ella era consciente de todo lo que los polis sabían y de otras muchas más cosas, supo que estaban muertos en el momento que esa bestia se los comió igual que unos colines.
Se levantó del asiento, y alzó la voz a la nada, estaba furiosa.
—Bosher, bastardo saco de basura, si piensas que mandándome a la policía vas a joderme significa que no me conoces.
La llamada recibió respuesta en su mente.
—No tengo nada que ver, es tu problema.
Ella no le creyó.
—¿No te queda ni un poco de dignidad?
—¿Qué pasa, Danael? ¿A la nenita le asustan unos humanos? —escuchó en su cabeza, la voz profunda y despiadada del devorador—. Ya no tienes sentido del humor, ¿apenas empieza el juego ya estás desesperada?
—Tendré mucho sentido del humor cuando te patee el culo hasta que vuelvas a ese agujero.
—Oh, pobre zorra… Verte así me hace sentir mal. ¿Por qué no nos vemos? Podría hacerte sentir mejor.
A Danael le rechinaban los dientes, apretó los puños furiosa, pero no dijo nada. El devorador rompió su silencio a carcajadas.
—Admite que patalear y echarme en cara que tienes problemas con mortales es algo patético. Aun así, gracias por contarme que estás así de débil. ¿Sabes? Me gustaría que este juego del gato y el ratón no acabe nunca, te aseguro que me divierto mucho. Hasta ahora no sabía que las ratas podían ladrar.
Ella estalló.
—No sé qué pudo pasarte en el pozo para que seas así de retorcido, pero te juro, condenado Rabisu, tan segura como que hay un Dios ahí arriba, que voy a acabar con tu mascota, y tú serás el siguiente.
—Guau guau, azote. Antes eras más persuasiva con las amenazas.
—Dentro de poco, sabrás lo persuasiva que puedo llegar a ser.
Notó como la conexión se cortó, y volvió a quedarse en silencio. ¿Le gustaba jugar? Muy bien. ¿Le gustaba matar a sus siervos? Perfecto.
—Pronto serás tú el que patalee.
Una guerra entre demonios iba a comenzar, y ella había decidido su jugada.
* * *
—Hay algo que no me gusta de esa Rocío.
Oh, Dios, otra vez no.
David se puso la mano en la cara, temiéndose otra de las paranoias de su compañera. Acababan de salir del local, la música casi taladraba los tímpanos allí dentro.
—A ver, que su alteza me diga que le pica.
—Hazme caso, esa tiene de señorita educada lo que yo. Nos ha mentido con lo de la competencia.
—¿Y qué esperabas? Es una empresaria, haría lo que fuera para poner las cosas difíciles a sus competidores.
—No, David, es al revés. Nadie quiere que un competidor se entere de que a sus clientes se los cepillan literalmente. Eso hará que pierdan más habituales.
El inspector pestañeó un par de veces, viendo la ecuación desde ese punto.
—… Visto así… Pero Julia, es una gilipollez, a nadie se le ocurre hacer algo así, derrumbaría su negocio.
—¿Ves?… Bah, dejémoslo, estamos cansados, ¿te dejo en casa?
—En comisaría, tengo que recoger el coche.
Estaban casi al lado del coche en el que vinieron, e incluso desde allí se escuchaba la música. Le empezaba a doler la cabeza. Julia pulsó su mando para que se quitase la alarma del coche.
—… A lo mejor no lo pensó —dijo él, abriendo la puerta del acompañante.
—Créeme, lo sabía.
Una vez dentro, ella arrancó el coche y suspiró.
—Si lo sabía, ¿por qué?
—No lo se… —contestó ella, pasándose un poco la mano por la nuca, estaba hecha polvo—… Puede que lo haga para protegerles… pero no me cuadra, no tiene pinta de ONG.
¡Ja!, ¿y qué más? —pensó, y el coche se incorporó a la vía.
—No todos tienen motivos materiales para hacer las cosas, a lo mejor lo hace porque no es un cerdo corporativo.
—Perdí la fe por la humanidad hace mucho, me parece que no. En cualquier caso, quien miente es porque esconde algo, nadie perjudica su propio negocio sin un buen motivo.
David tuvo que admitir que en eso tenía razón, y también en lo de que les hacía un descanso a ambos, sobre todo a ella.
—¿Cuando perdiste la fe?
Julia le miró con cierto sentimiento de pena.
—Cuando tú entraste al cuerpo. Anda, cállate un rato y déjame conducir. Ha sido un día muy largo.
* * *
El aburrimiento podía con Javier. Miraba por la ventana, esperando que ocurriese algo interesante, pero nada.
Volvió a mirar su cama. Era igual de inútil estar allí de pie que tumbado en el colchón. Eso le hizo recordar lo que pasó cuando tuvo aquel sueño. Fue un tanto incómodo, tuvo que moverse muy deprisa para ocultar lo que pasó. Consiguió coger los restos de la botella reventada, tirarlos por esa misma ventana junto a la ropa quemada y volver a la cama antes de que las enfermeras entrasen igual que un comando. En cuanto vieron su temperatura, pidieron hielo a gritos. Estuvo durante dos días metido en cuarentena y con inútiles antibióticos hasta que logró convencerles de que no tenía nada.
Habían pasado casi dos semanas de aquello.
Se estaba impacientando. Para estar a un solo día del alta médica, y después de eones confinado en una prisión de negrura inmaterial, aquellas dieciocho horas se le hacían interminables. Monotonía, pasividad, incapacidad física, memoria anodina… después de tanto en el pozo se sentía como un diabético frente a un mostrador de caramelos… pero distaba mucho de ser desesperante.
También notaba aquel matiz de ridiculez sobre el drama en el que se encontraba. Antaño podía quebrantar cielos y mares con su mera voluntad, fue una divinidad encarnada en un cuerpo hecho de materia espiritual. Ahora dependía del poder humano y de un cuerpo endeble y quebradizo que podría venirse abajo con cualquier imprevisto.
Aun así, cualquier cosa era mejor que un vació infinito, sin ojos para ver que no había nada, igual que el resto de sus sentidos, solo su mente y sus recuerdos de la guerra carcomidos. No tenía planes, ni a corto ni a largo plazo, salvo la necesidad de quitarse de encima la ponzoña y corrupción del foso. El primer impulso que tuvo al despertar era el de herir, hacer daño a alguien… algo que en parte le daba miedo y por otro lado deseaba.
Desde la ventana, el paisaje tan solo cambiaba por el movimiento de los vehículos del parking y la vía entre el mismo y el hospital. Más allá del parking alcanzaba a ver un banco de Unicaja, una tienda de suministros y seguridad laboral, y un par de comercios más.
Ridículo. Entre los recuerdos del cerebro humano de Javier estaba el concepto del dinero. Ambición, propiedad y materialismo. Los “renegados” sacaron al homo sapiens de su incredulidad y le abrieron un abanico casi infinito de posibilidades que podrían haberlos elevado por encima de los simples monos hasta una cota prácticamente divina, y sin embargo se dejaron someter por su estupidez y crearon un falso ídolo monetario para tener la ilusión de controlar algo con trozos de papel. Sumamente ridículo.
Por desgracia, eran los tiempos que le habían tocado.
Al menos no la jodieron del todo, podrían haber reventado el mundo como una piñata y no lo hicieron.
No era un pensamiento reconfortante, tan solo una forma de ver el lado bueno… si lo había.
—Tengo un hambre del carajo —dijo para si mismo, fue lo único que sacó en claro después de tanta reflexión, algo realmente triste. Sus tripas rugían audiblemente, y estaba cansado de tener que comer mierda de hospital.
En el reloj de pared marcaban las dos. A Javier toda la comida humana le sabía igual, pero los restos de Javier que quedaban en él le decían que la comida del hospital era una verdadera mierda. Al demonio le importaba una leche las necesidades, y estuvo a punto de llamar a la enfermera, pero… tal vez algo pesado le ayude a recobrarse antes. Lo mismo daba todo, solo necesitaba una escusa para salir de allí. Entonces reparó en el bar-restaurante que estaba junto al banco y los demás comercios. ¿Cómo decían ellos, una señal caída del cielo?
Desde luego si se quedaba un minuto más entre esas cuatro paredes, terminaría haciendo cualquier tontería.
Al carajo.
Cinco minutos después, salió de su habitación con una ropa que no se puso en años y sin embargo reconoció como suya nada más verla en el armarito. En recepción no se dieron cuenta ni de quien era.
En cuanto respiró el exterior se sintió genial, como nunca. Incluso con las docenas de personas paseando por la acera que pisaba, los ruidosos coches de todos los colores circulando, la ausencia del aire frío con olor estéril… nada, ni bueno ni malo podía eclipsar su alegría, una emoción casi olvidada que le supo a gloria después de tantísima abstinencia.
Libertad.
Era felicidad sin malicia, pura y simple. Comenzó a caminar, sin tener que pasar por el paso de peatones, directamente se metió por la calzada. Un coche pasó casi rozándole y pitando, y otro más tuvo que frenar, hasta quedar a un par de palmos de Javier. Ni miró el coche, solo siguió caminando.
—¡Eh, ¿pero qué coño te pasa?! —preguntó el conductor, asomándose por la ventanilla. Sin siquiera mirarle, Javier le levantó el dedo corazón. Cabreado, reanudó su marcha, tachándole entre dientes de “puto tarado”.
Siguió su camino, pasando entre los coches aparcados en el parking, que a su juicio solo eran pedazos de metal poco más que inútiles.
No supo el qué le impulsó el hacerlo, pero se giró un momento para mirar el hospital. La psique residual de Javier le decía que no debía salir de él por capricho, que se daría problemas a si mismo y a otras personas, como Vargas. A su actual “yo”, esas minucias no le importaban, aunque le dio que pensar una cosa, ¿tan miedoso era su recipiente cuando estaba vivo?
Se encogió de hombros casi sin darse cuenta y siguió su camino. Tampoco tuvo el gusto de conocerle.
Llegó al otro lado, y pudo leer el pequeño cartel que daba nombre al bar, “mesón el leñador”. Según los cánones de la actualidad, de apariencia rústica, pueblerina, pero el olor atraía a aquel cuerpo de forma casi exagerada.
Sin embargo, antes de entrar se llevó la mano al bolsillo derecho como un acto reflejo que no era suyo. No tenía dinero con el que pagar, y tampoco ganas de conseguirlo, pero era un precio insignificante para algo tan necesario para la vida humana.
No se iba a agriar por ello, había muchas formas de conseguir dinero. Y eso solo sin usar trucos.
Y como si fuese también caído del cielo, en la otra punta de la calle, en una parada de autobús un hombre esperaba el suyo. Tenía un aspecto algo informal, un poco sucio, pero tampoco le calificaría de clase baja. Tranquilamente se acercó a la misma parada y se sentó a su lado.
El desconocido le miró un instante y luego volvió a fijarse en el suelo. Esperó a que la calle se vaciase un poco de coches y de gente, hasta que fue el momento justo para actuar.
—Perdona, ¿tienes hora?
Un segundo después de mover el brazo y dirigir su vista a su reloj, se encontró durmiendo sobre el hombro de Javier. Puede que su cuerpo fuese algo débil, pero en tiempos de guerra sabía dar un buen y contundente puñetazo, y cosas así no se olvidaban.
Pudo haber recurrido a veinte artimañas distintas con el uso de su poder como base, pero para algo tan nimio prefirió algo más rudimentario. Después de fijarse en que nadie vio nada, palpó los bolsillos traseros de su pantalón y sacó su cartera, de donde consiguió lo suficiente. Sabía que no estaba bien, pero eso no le convertía en un santo.
Quince minutos más tarde estaba en el leñador, disfrutando de un buen plato combinado con un filete de ternera poco hecho.
* * *