Overblog Todos los blogs Blogs principales Literatura, Historietas y Poesía
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU

Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.

Publicidad

CAPÍTULO 9: MORALIDAD (1/3)

“Santos… Por algún lado oí que la receta era un buen corazón, obrar tres milagros, y la mayoría de las veces ser un mártir.”

“No he visto ninguno desde que fui de vuestro mundo.”


MaDRID, 8 de octubre 2009

 

 

El trabajo terminó pronto, sin embargo tardó un poco más en cerrarse el edificio. Tomás hizo exactamente lo que ella dijo, esperar a que todos se fueran, y ella hizo exactamente lo que le dijo, esperar a que él saliera.

No entendía nada, y sin embargo parte de él tampoco quería entender lo que pasaba. No sabía cómo, pero ella se lo metió en el bolsillo con la misma facilidad que un niño, algo que nunca le pasó antes. Esa atracción no la sintió nunca, era como su propia flautista, una sirena que tiraba de él solo con su voz. Ignoraba qué le pasó para pasar de ser una mojigata a una femme fatale, pero por otro lado eso no era lo que buscaba.

Montaron en el coche de él, después de todo, ella siempre iba en autobús. Tomás supuso que una pequeña parte de la vieja Tania todavía estaba presente. Aunque luego, su actitud melosa, le dio que pensar.

—Te lo aseguro cielo, mi casa te encantará.

Ella estaba a su lado, mientras él conducía. Sus ojos se desviaron de la calzada hasta las piernas de Tania, cruzadas de forma que con la minifalda se podía llegar a ver el liguero que enganchaba las medias.

Dios, está que se rompe de buena.

Se vio obligado a centrarse de nuevo en la calzada por tal de no matar a ambos con el coche. Puso las luces cortas, el sol se estaba poniendo en ese momento, Tomás se decidió y dijo algo.

—Tania.

—¿Sí?

—Llevas con nosotros… ¿Cuánto…? ¿Cuatro años en la empresa?

—Tres y medio.

—¿Por qué en todo ese tiempo te apartabas tanto? Parecías… no se, asustada de todo. Ni siquiera imaginaba que…

Ella le miró con las cejas levantadas y una media sonrisa. Tomás se calló.

—¿Imaginabas…? —preguntó ella, con algo de risa en la voz, llevándose un índice a los labios.

—Ya lo sabes.

—Prefiero oírtelo decir.

Él la miró, algo confundido.

—¿Es alguna clase de juego?

—¿Nunca te dijeron que no hay que darle evasivas a una mujer?

Se quedó un momento, dubitativo. Trató de encontrar las palabras, pero no era fácil, cambiar de forma de tratar a alguien después de estar acostumbrado a verla como una recadera.

—Ni siquiera imaginaba… que podías llegar a ser así de hermosa.

Ella se echó a reír, y Tomás no sabía como interpretarlo. Este no era él, no entendía por qué estaba así de pillado, como un novato. Cuando ella continuó hablando él sintió cierto alivio, no parecía enojada ni decepcionada por la respuesta.

—Que tierno puedes llegar a ser a veces, cariño.

El sonrió, pero con cierta incomodidad. Después de un silencio de casi diez segundos, vio que ella se había olvidado de la pregunta.

—¿Y bien?

—¿Bien qué?

—¿Por qué te apartabas?

—Oh, claro, perdona, pues… bueno… —empezó a decir ella, y en su cara se formó un gesto de picardía, mientras le miraba de arriba a abajo—… Siempre pensé que lo bueno se hace esperar.

Tomás giró a la derecha en un cruce, pero notó que una mano se posó en su muslo y empezó a palparlo despacio.

—¿Tú no?

No contestó, en lugar de eso tragó saliva de forma involuntaria y se centró en la carretera. A esas alturas ni se dio cuenta de casi estaba a veinte por encima del límite de velocidad.

Llegaron a los quince minutos a la dirección, una casa grande y con exteriores decorados con madera, con un jardin como los que ornamentaban toda la calle. Ella salió antes del coche que él, y mientras Tomás la seguía hasta la puerta de su casa, vio el seductor contoneo de sus caderas a la hora de caminar. En el fondo y en silencio dio gracias a Dios por lo que le estaba pasando, incapaz de creérselo todavía.

Nada más cruzar la puerta, Tomás la acercó para sí y juntó los labios con los suyos en un beso pasional, al mismo tiempo que sus manos se pasaban por la espalda y acariciaban sus caderas. Ella correspondió al beso con creces, y dejó que el la aupara sobre sí sosteniéndola por el trasero, haciendo que las piernas de Tania aprisionaran su cintura.

Sin dejar de besarse se adentraron en el salón, y aunque de forma un tanto torpe, fue abriéndose paso hasta el sofá, para quedarse sentado con ella encima. Para él era tan ligera que incluso podría haberla llevado así a su dormitorio, pero no podía esperar.

Mientras se besaban y magreaban el uno al otro, él fue quitándole los botones de la blusa. Cuando terminó se la quitó y la tiró a un lado. Se maravilló al ver los pechos al descubierto. Creía que ya no se podía parar.

—Es… espera.

Él apenas podía oírla.

—Espera cariño, espera —seguía diciendo ella entre susurros y jadeos, y él al final se quedó algo cortado, también con la respiración agitada.

—¿Qué pasa? —el tono con el que preguntó denotaba molestia, pero ella seguía sonriente y con los ojos entornados y la cara muy pegada a él.

—Hagamos las cosas bien, no vayamos a arruinar la noche —le contestó, entre beso y beso para evitar el malestar. Tomás lo comprendió, ella hablaba de preservativos, y él tampoco quería problemas más tarde—. Tardo un minuto.

Él sonrió, y cediendo, dejó que se levantase. Cuando ella salió del comedor, Tomás se pasó las manos por la cara, el sudor le perlaba la frente. Nunca se sintió tan excitado. Ni con Carla, ni con Andrea, ni con María… Tania tenía algo que ellas no.

Ese par de minutos se le hizo eterno, hasta que oyó detrás de él sus pasos, y luego oyó su voz de nuevo.

—Cierra los ojos —dijo, era la voz más seductora que escuchó jamás, y él sin dudarlo, los cerró, imaginando cuál iba a ser la sorpresa.

Imaginación traicionera.

—Te aseguro una cosa —susurró ella a su oído, y de pronto notó un fuerte pinchazo en el cuello—, no te olvidarás de esta noche.

* * *

—Por Dios Julia ¿qué me estás contando?

Julia y su compañero estaban delante del comisario, con los informes sobre su mesa y mostrándole los detalles. Sin embargo, no lograban convencerle de que les diese una orden. Ella hizo que David estuviese de acuerdo con su punto de vista, pero todavía se mostraba algo dudoso.

Daniel Salvador era un hombre curtido por sus años de experiencia, tanto en su cargo como en sus rangos anteriores. Era un hombre de avanzada edad, y sin embargo de una constitución fuerte, con lo que podía hacer el trabajo con la misma facilidad que los agentes con veinte años menos que él. Apenas tenía pelo, pero no era algo que ocultaba, y tenía una mirada inteligente y precavida. Una amplia cicatriz se extendía por la mejilla derecha, una de sus muchas medallas al valor, por decirlo de algún modo. Muchos en el pasado bromeaban con él que solo le faltaba el parche para que lo llamasen “Nick Fury”, y al final se quedó con el mote.

Tenía experiencia, mucha más que todos los demás miembros del cuerpo, y por ello podía ver las lagunas que ella ignoraba.

—¿De verdad creéis que ese bicho, monstruo o lo que sea, tiene dueño y se dedica a quitarle la correa para que se cepille a los clientes de un garito que sale en las revistas?

Ella no se iba a dejar arrollar por la actitud del comisario. Conocía la forma de actuar de Salvador, o defendía lo que trataba de explicarle o solo conseguiría una patada en el culo para salir del despacho.

—Señor, escúcheme, le aseguro que concuerda. Uno de ellos es… era cliente habitual, otro tenía una tarjeta de ese sitio e iba acompañado de los VIPs cuando se le vio por última vez con su novia, y otro era dueño de un tanto por ciento del negocio en sí. ¿No le basta?

Salvador suspiró, con una cara que podría entenderse por “esperaba mucho más de ella”. Para nada era una buena señal.

—¿Y que quieres? ¿Qué firme una orden de clausura del negocio? Conozco ese sitio, Julia, lo conozco de sobra.

—Tres víctimas están relacionadas, señor —dijo David.

—¿Y las otras qué? ¿estorban?

David parpadeó un par de veces, Fury nunca negaba una evidencia, al menos no desde que estaba allí.

—Dos han sido en esta misma semana —añadió Julia.

—Eso no me dice nada.

—Pero esto prueba…

Salvador dio un palmetazo contra la mesa.

—Solo prueba que tres tíos cualquiera, tres clientes de un local fueron mascados como chicles junto a otros ocho que no tienen ninguna relación, no que un monstruo se pasea por las calles con un amo a lo “El pacto de los lobos”. Casi trescientas personas distintas al día se pasan por ahí. Con todo esto que me pones delante no me dices nada, NO tenéis nada.

A ella solo le faltaba quedarse con la boca abierta. No podían continuar por ningún lado el caso salvo por ese, y el comisario prácticamente había escupido sobre esa posibilidad.

—¿Y qué quiere que hagamos, que nos quedemos de brazos cruzados hasta que otro cadáver nos dé más pruebas? ¿no se…?

Dejó de hablar porque David la había cogido del brazo para que se callara, y en principio le miró con frialdad, pero luego se sintió tentada de darle las gracias por protegerla de hacer una escena. Salvador observó la escena, y por tal de no empeorar las cosas decidió no continuar con la discusión. Se echó hacia delante, apoyando los codos en la mesa, sin parpadear siquiera.

—Si lo que queréis es pasaros por el local de los cojones y hacer preguntas no me opondré, pero hasta que no tenga más pruebas, olvidaos de la orden. No hay más que hablar.

Ella cogió el informe y se fue, de una forma que, si David no hubiese parado el portazo, aquello habría acabado muy malamente. Su compañero la siguió mientras hablaba.

—Julia, me estoy cansando de perseguirte a trote por la comisaría cada vez que estás de mal humor. Para de una vez.

Tardó un poco en hacerle caso, pero después se dio la vuelta, a punto de preguntarle por qué no abrió la boca, o por qué no la respaldó. Después se lo pensó y prefirió no decir nada de eso, en vez de eso se tranquilizó, era famosa por su mal genio.

—¿No te das cuenta? Hay una cosa que no habíamos pensado.

Otra vez lo mismo.

—¿El qué?

—Al principio pensé que todos tenían alguna clase de relación, pero es obvio que no todos la tienen. Lo que significa una cosa, ese puto domador no solo tiene enemigos en el Sucubus Nest.

Aquello era algo excesivo para él, una suposición, así a la ligera. David no podía pasarlo por alto.

—Oye, creo que te estás columpiando un poco, ni siquiera sabemos si es cierto lo del domador.

—¿Qué no? Entonces acompáñame al local.

Publicidad
Regresar al inicio
Compartir este post
Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post