Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
A Brenda, una anciana ciega de sesenta y ocho años, le diagnosticaron una enfermedad degenerativa hacía seis, que le arrebató la vista por completo trece meses atrás. Vivía con su marido, disfrutando de la pensión en casa de sus hijos, cuidando a sus nietos y viéndolos seguir con su vida…
Pero ella ya no.
Enfermó también del corazón, tres días antes sintió que estuvo a punto de desmayarse a causa de un fuerte dolor en el pecho. Los médicos lo llamaban angina de pecho. Despertó en el hospital, pero cuando le dieron la noticia no se asustó, sabía que ocurriría tarde o temprano. Por parte de madre le llegaba un largo historial de muertes por ataque cardiaco, pero no tenía miedo, porque sabía muy bien que todo tenía que llegar.
Era una mujer que siempre creyó en Dios, su fe nunca desfalleció, ni en los momentos más duros y tristes de su vida. Tenía experiencia ante la adversidad y siempre se mantuvo firme. Todos la querían.
Aferraba la cruz de su cuello, rezando como hacía todos los días. Dejó cerca de su cama las capsulas de nitroglicerina. Si todo iba bien, al día siguiente le darían el alta.
Sin embargo hacía un par de días que recibía la visita de alguien por las noches. No le conocía, no podía ver su cara, y era un hombre muy silencioso. Sin embargo no demostró ser una amenaza, y además la agradó el tener a alguien que la escuchara en la soledad de su habitación, ya que no había otro paciente con ella.
De pronto notó que empezó a hacer algo de corriente. Habló con voz temblorosa, producto de su edad.
—¿Hola?… —y cuando le llegó la sensación familiar que le daba siempre ese silencio, se dio cuenta de que era su visita nocturna—. Ah, eres tú. Pensaba que no vendrías esta noche.
—Me gusta disfrutar de tu compañía, abuela —oyó responder al visitante, con voz ligeramente ronca—. Siempre muestras el lado bueno de las cosas.
—Eres un encanto —sonrió Brenda—. Hoy ha venido a visitarme mi familia. ¿Sabes? Mira, me han traído un portafotos, en mi mesita de noche. ¿Puedes alcanzármelo, por favor? —y un momento después, notó el tacto de madera sobre sus dedos, y volvió a sonreír ampliamente—. Gracias. Sí… recuerdo el momento en que me hice esta foto con mis nietos, ¿a que son una hermosura?
La anciana hablaba lentamente, algo que parecía gustarle a su visitante.
—La pequeña Sandra no sale porque nació hace un mes. La pobre llora más que otra cosa, pero mis hijos dicen que es una niña muy guapa. Su foto también esta en la mesilla, ¿qué te parece?
Hubo un silencio prolongado, pero la respuesta la dejó satisfecha.
—Tiene los mismos ojos que su madre.
—Entonces seguro que es muy guapa —respondió, mostrando picardía en su cara—. La verdad es que no lo entiendo, con lo amable que eres y que nunca me hables de los tuyos.
De nuevo ese silencio.
—La verdad es que no hay mucho que contar, abuela. No veo a mi padre desde… que tuvimos una discusión. Lo último que me dijo fue que no me quería volver a ver…
Ella puso el cuadro sobre su pecho. Con el rostro serio, al igual que el suyo.
—Ningún padre puede guardar rencor a un hijo para siempre. Tal vez solo necesite tiempo. La cuestión, es si tú también le guardas rencor.
Ante el silencio, prefirió no seguir con ese tema. Se tumbó de cubito supino.
—¿Sabes una cosa? He vivido feliz todos estos años, he visto crecer a mis hijos pero… lamento no haber podido ver a Sandra, y… seguramente moriré antes de que ella conserve algún recuerdo mío.
—¿Por qué dices eso?
—La enfermedad que me aqueja es solo un ultimátum, cuando se manifiesta en mi familia suele tardar poco en segarnos la vida. Lo único que siento es que Dios no me hubiese dado más tiempo.
—Nadie sabe con certeza lo que nos deparará el futuro —dijo su visitante.
Ella volvió a sonreír, y volvió a colocarse bocarriba.
—Sea como sea, estoy satisfecha con la vida que he tenido. ¿Y tú?
—… Trato de mejorar lo que tengo.
—Es un buen comienzo. Hay que cuidar lo que más queremos.
De nuevo ese silencio, pero esa vez, la respuesta no se la esperaba. Notó como unas manos desconocidas tomaron su derecha.
—Puede que esta sea la última visita que te haga, abuela, así que voy a hacer algo por ti, pero tengo que pedirte una cosa a cambio.
Brenda no tenía miedo, él se ganó su confianza. Para ella era una lástima, pero tampoco tuvo la esperanza de que ese hombre estuviese ahí siempre.
—¿Qué es lo que quieres?
—Que aproveches el tiempo que te queda con tu familia, y que no te olvides de esta noche.
De pronto sintió como alguien se inclinaba sobre ella y la besaba en la frente, y después nada. Oyó los lentos pasos del desconocido, para quedarse sola poco después.
Javier se sentía un poco mejor, esa mujer puede que fuese la mejor persona que había en el hospital, era la única que desprendía fe y amor por la vida. Ignoraba lo que Brenda diría a su familia, y en el fondo no le importaba. Ahora tenía tiempo para contar lo que quisiera.
¿Reconciliarse? Ojala todo fuese tan fácil como se lo plantean los humanos. “Él” ignora a todos los de su clase, y después de su encierro era él quien no quería saber nada del anciano de los días. Aquella temporada en el foso hizo mella en el posesor de Javier, y buscaría la redención si no fuese porque no le interesaba.
Pero no podía negarlo, echaba de menos Su presencia. Tal vez esa anciana supiese de lo que hablaba. No se arrepentía de haberlo hecho.
O mejor dicho, su parte humana no se arrepentía de haberlo hecho.
* * *
MaDRID, 8 de octubre 2009
Tres más.
Aquel caso era desquiciante. Tres muertes más, cuerpos despedazados de forma inhumana… y lo único que los relacionaba era el mismo animal.
Julia tenía una tonelada de papeleo sobre el escritorio, con todos los datos de cada una de las once víctimas. Carnets, seguridad social, oficio, domicilio… había revisado hasta la matrícula de los coches, pero no encontraba nada.
Se pasó la mano por el pelo, echándoselo hacia atrás mientras suspiraba. Podría decirse que el comisario casi se descojonó en su cara, porque no cabía en cabeza alguna que un bicho tan de pesadilla pudiera tener un dueño capaz de dominarlo. Pero ella estaba segura. Un animal tan salvaje habría devorado a las victimas de los callejones por igual, a la chica prácticamente se la quitó de en medio para llegar a Ramón. Y si no, si se equivocaba… que Dios les ayudase si esa bestia fuese inteligente.
Los medios de comunicación, en especial la prensa sensacionalista, llevaban tiempo publicando basura sobre los asesinatos y el animal, mencionando hasta tonterías sobre alienígenas o mutantes, pero a ellos también se les ocurrió lo de un dueño. Delante tenía un artículo bastante explicito.
EL AMO DE LA BESTIA ACTUA DE NUEVO
La histeria de las masas comenzaría pronto si no lo paraban de una vez. La gente empezaba a evitar el exterior de sus casas durante la noche, algunos incluso empiezan a considerar el mudarse de la ciudad. Esa puta publicidad haría más famoso a ese domador que el maldito Jack el destripador.
Venga Julia, sabes que te puedes estar equivocando.
Cogió su vaso de café y recostó la espalda en la silla, necesitaba abstraerse por un segundo del caso para poder mirarlo más tarde desde un punto de vista objetivo. No podía permitirse permanecer bloqueada… Pero estaba empezando a rendirse con su teoría, y era la mejor que tenía. Primero prefería asegurarse de si era una ridiculez o no antes de dar palos de ciego por otras vías de investigación.
—¿Cuántas veces te has topado con casos sobre monstruos, Julia? —se decía a si misma, sin importarle si estaba hablando sola—. ¿Cuántos como tú han estado en tu misma situación?
No sabía si era la primera, pero se sentía una maldita principiante al no encontrar nada… una principiante ingenua.
Bebió un poco, notándolo más agrio de lo normal, “o es la máquina la que se ha roto o es que quien estaba agriada era ella” pensó… Se forzó a seguir un poco más, con la esperanza de encontrar algo en cualquier momento.
Empezaba a tener dolor de cabeza de releer los mismos informes una y otra vez. Cuando alguien tocó a la puerta de pronto ella dio un respingo, y gracias a esa reacción involuntaria su vaso se volcó encima de uno de los informes.
—De puta madre —dijo, tratando de arreglar aquel estropicio, y Bernardo, uno de los becarios abrió la puerta.
—Inspectora Vinas, se la necesita en…
—Ahora no, Bernardo —le cortó ella, sin apartar la vista de su tarea. Sin embargo él insistió.
—Pero…
Por Dios… —Julia levantó la vista, con el ceño fruncido.
—Mira, si es importante que se ocupe David, ¡pero vete a tomar viento!
Bernardo se apresuró a salir de allí, dejándola sola.
—Joder, si este es el futuro del cuerpo estamos apañados… —decía entre dientes mientras pasaba servilletas por los papeles, no le apetecía volver a sacar copias de los originales… y de repente se paró. Se fijó en una parte específica de los informes, en algo que ya había leído antes… pero en otro sitio.
Parecía que la esperanza daba sus frutos.
… ¿Es posible?
Se levantó del escritorio como impulsada por un resorte y se fue, los agentes que pasaban a su lado reparaban en ella por lo rápido que iba.
Entró en el almacén de pruebas, y fue directa a una de las estanterías. Con los guantes puestos, abrió una de las bolsas precintadas y sacó una cartera, la de una de las últimas víctimas. En cuanto la abrió y revisó el tarjetero, encontró la respuesta.
Premio.
Llevó su mano al bolsillo y sacó el móvil, y llamó a David.
—David, tengo algo, en cuanto puedas ven a mi despacho… Sí, hay que hablar con Nick Fury.
Le explicaba los detalles mientras desandaba el camino y miraba lo que sacó de la cartera, una tarjeta con la dirección de un club que estaba haciendo furor en los últimos años.
Sucubus nest.
* * *