Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Samanta, una limpiadora de cuarenta y dos años, hacía su turno en las habitaciones del tercer piso. Hacía tres años que trabajaba allí, no era un oficio muy agradable, por cosas como por ejemplo el fuerte olor a desinfectante, pero proporcionaba un sueldo con el que se conformaba.
Samanta terminó de fregar el suelo de la habitación y miró su reloj, las dos menos veinte, su turno acabaría pronto, pero todavía le daba tiempo a limpiar un par de habitaciones más antes de bajar a la cafetería.
Arrastró sus bártulos hasta la siguiente habitación. Al ver el número sonrió.
Vaya, hoy me toca con Javier.
La trescientos veintidós era la habitación que más le gustaba. En su primer día en el hospital fue de las primeras habitaciones que limpió, y allí conoció a Javier Santana.
Abrió la puerta, no se sorprendió de ver el cuerpo inmóvil de Javier, junto con el de otro hombre que no conocía. Según tenía entendido entró en coma cuando le atropelló un coche o algo así, y desde entonces permaneció en esa cama, desde antes que ella llegase.
—¿Qué tal? Hacia tiempo que no te veía —saludó, y como de costumbre no obtuvo respuesta. Según había oído una vez, hablar con los comatosos solía ayudar un poco, y aunque ella no estaba segura lo tomó como una costumbre, hasta que aquel hombre durmiente pasó a convertirse en un silencioso amigo.
Levantó levemente las persianas para iluminar un poco más la estancia. Casi todo estaba igual, salvo por las huellas que dejaron algunas visitas del otro vegetal, visitaban a Javier solamente una vez al mes.
Empezó a barrer, desde el lado la ventana. De vez en cuando comentaba algo al cuerpo inmóvil de su silencioso amigo, por tal de salir del silencio.
—Vaya ¿has conocido a un nuevo amigo? —dijo, apartando una de las sillas, reparando en el desconocido—. Ya decía yo que no.
Luego cambió de tema, mientras limpiaba por los rincones y al lado de las máquinas que monitorizaban su pulso. El sonido era siempre con el mismo ritmo, haciendo un coro con el paciente de al lado.
—De verdad, no te imaginas lo aburrido que es el tener que hacer esto. Seguro que podría haber sido una estrella en mis tiempos, o modelo, o diseñadora… y sin embargo aquí, en medio de viejos y pasando fregonas por el suelo. Aunque tampoco puedo opinar, te pasas el día ahí sin decir nada… —y resopló divertida por su propio chiste, y empezó a pasar el cepillo entre las dos camas. Se paró un momento para mirar la cara de Javier. Tenía una abundante barba, el pelo negro y la piel pálida por la falta de luz. Su aspecto era un poco huesudo por no haberse movido en tanto tiempo, pero aun así era una persona atractiva. Fue una lástima que acabase así.
Le contaba cosas, sobre su familia, sobre los estudios de sus hijos y lo gamberros que eran, de la polémica hipoteca… No sabía donde oyó que aunque no estuviesen despiertos en el fondo podían escuchar.
De pronto la maquina emitió un pitido irregular, que llamó la atención de Marina. Levantó la vista y miró el monitor. Se apreciaba una línea distinta a las demás, que desaparecía desplazada a la izquierda, volviendo al mismo ritmo de siempre.
Fue una sorpresa para la mujer, en esos tres años no mostró nunca reacción alguna.
—¡Esa ha sido buena, Javier! Me has asustado —terminó diciendo con una sonrisa, y siguió barriendo el polvo. Por un momento se sintió nerviosa.
De nuevo el pitido.
Y esa vez lo vio, la mano derecha tuvo un ligero espasmo. Aquello era raro, fue directa al botón, la enfermera tardaría poco en aparecer.
Pero no se detuvo ahí, cada vez los temblores eran más fuertes y en distintas partes del cuerpo, el monitor parecía haberse vuelto loco, como si el corazón de repente bombeara como si Javier corriera todo lo que pudiese.
Samanta empezó a gritar pidiendo ayuda.