Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
“Antes de contar algo que seguramente os haga pensar que soy un profeta loco, prefiero mostraros quién soy antes de deciros qué soy. No estáis listos para eso como tampoco para conocer la verdad.”
“Tampoco os contaré mis orígenes humildes. No por ahora.”
Javier era un hombre atormentado. La amargura movía a ese hombre. Su apego y su alma estaban rotos. Todo parecía diminuto desde ese lugar.
El dolor interno no le hacía sentir ni el frío del viento a través de su ropa. Solo veía asfalto, coches moviendo hormigas con esperanzas y sueños formados con cenizas y polvo, hombres y mujeres andando sin sentido a trabajos vacíos. Edificios sin vida igual que colmenas para abejas obreras.
El frío cortaba junto a su cara. La angustia le oprimía el pecho, pero a la vez se sentía sereno, con aceptación. Se convirtió en un hombre que no creía en nada. Consideraba su vida una mentira desde que supo una desgarradora y atroz verdad.
Solo le quedaba mirar el paisaje, se frotó las manos que ni siquiera sentía al llevarlas desnudas con aquel helor. Llevó una de ellas al bolsillo, y sacó una carta, un poco arrugada por el abrigo. No había remitente ni sello, no los necesitaba. Solo un nombre, un mensaje en su interior y algo muy preciado. Dejó que la carta se resbalara, cayendo junto a sus pies y emitiendo un breve tintineo.
De su otro bolsillo sacó un pequeño estuche, al abrirlo cogió las dos únicas cosas que contenía. Una jeringuilla y ketamina, un sedante muy potente. En las proporciones que la había llenado, estaba seguro de que no volvería a despertar.
Hasta que empezó a sentir los primeros efectos no se atrevió a dar un paso más, y cerró los ojos.
Lo siento, Lucía.
* * *
Debora Costa llegaba tarde.
Había tomado prestado el coche de su madre. Llevaba tiempo queriendo ir a una fiesta en la que ella fuese la encargada de llamar a los invitados y establecer las reglas. Sin padres, sin confusiones y sin problemas.
Para asegurarse hizo una “colecta” entre los invitados para reservar un local. Era muy de familia televisiva la típica escena en la que pillaban a los hijos por montar la fiesta en la propia casa. Fue lo bastante lista como para no contar nada a su madre. O así la consideraban la mayoría.
Si la familia no lo sabía no podía prohibírselo.
El corsé le apretaba un poco, pero le gustaba como le quedaba. Junto a corta falda, las medias de red y las botas altas, además del maquillaje, se sentía muy fiel a sus gustos y a los de su fiesta. Aunque tenía dieciséis años, sabía como aparentar unos pocos más, también sabía conducir aunque no tuviese la edad necesaria. Sin embargo se sentía nerviosa, un poco paranoica, mirando en todas direcciones además de a la calzada. Iba con las ventanillas bajadas, escuchando un disco de Within Temptation a todo volumen.
Se recogió un poco el pelo castaño rojizo. Le convenía estar más tranquila, lo más difícil para ella era actuar con la tranquilidad de los adultos, se le notaba un poco.
Lo que reafirmó esto último fue un coche de policía pasó por su lado, sintió que el estómago se le helaba. Por suerte, no la miraron con cara rara ni pusieron la sirena. Solo estaban adelantando.
Cuando por fin se le normalizó el pulso, se quitó un poco del sudor de su frente.
Eso me ha quitado un año de vida —pensó.
Necesitaba aparcar por ahí, no solo por precaución al haber tenido un susto, no estaba muy lejos del local. Iba despacio, observando a ver si encontraba un hueco. Sus ojos se desviaron un instante para mirar la hora.
Las 13:10.
Mierda… mierda, llego tarde… qué más dará, la gente sabe esperar. Por la forma en que hemos montado todo solo hay que preocuparse de que no haya suficiente hielo… ¿Pero qué…?
Cuando se fijó de nuevo en la calzada pude vio a varias personas mirando hacia arriba, gritando algo.
* * *
Lo poco que Javier oyó antes de dar ese paso al vacío fueron los gritos de gente pidiendo ayuda a la policía. Se dejó llevar por el sueño y el frio.
Solo sería un momento…
Parecía que todo se ralentizaba, se paraba, hasta que creyó que por un momento estaba detenido en el aire, suspendido en la eternidad. Podía sentir los latidos de su corazón adormeciéndose. Sintió el último antes de desaparecer. Todo detenido, todo silencioso, todo perfecto.
Pero no fue Javier quien abrió sus ojos. Dos orbes negros como el azabache. No obstante, el intruso solo tuvo tiempo de decir una cosa al darse cuenta de lo que iba a pasar.
—Mierda —dijo con desgana.
El estrépito pilló a Debora desprevenida, fue algo parecido al pasar por un bache enorme, todo el coche dio una violenta sacudida. Chilló por la sorpresa, y fue cuando se dio cuenta. Alguien había caído sobre el coche, dejando el morro y parte del parabrisas irreconocibles.
—Dios mío… —dijo cuando pudo procesar lo ocurrido, y trató de abrir la puerta. Parecía atascada, pero al segundo intento logró abrirla.
El cuerpo de un hombre de veintitantos años estaba sobre el capó, o los restos del capó. Había manchas de sangre por todas partes, y aquel hombre inmóvil miraba con ojos perdidos al asiento del copiloto.
—Dios mío —repitió—. Joder, ¡Que alguien llame a emergencias!
* * *
Lucía Pardo sintió el peso del cansancio cargar el doble cuando abrió la puerta de su casa. Sabía perfectamente que no había nadie en casa, formaba ya parte de la predecible y a la vez pesada rutina. Ser subsecretaria de contabilidad en un banco no era un trabajo muy tranquilo.
Sin embargo cuando llamó a su marido al móvil para saber cuanto le quedaba se extrañó de que no lo cogiera, hasta que segundos después supo por qué. La música sonaba dentro de casa y al entrar al dormitorio vio el teléfono sonando y vibrando sobre la mesita de noche. Ni rastro de su marido.
Con el teléfono en la mano, después de pensar por un momento donde iba a metérselo para que no lo perdiera, se fue a la cocina a preparar la comida. Aun con cansancio después de toda una mañana pateando la moqueta de la oficina, tenía claro que nadie iba a hacerla. Ya le echaría en cara el descuido por enésima vez cuando le viera.
—No entiendo como leches es tan bueno remendando enfermos si del sueño no es capaz de encontrársela por las mañanas —se dijo a si misma, bajando las escaleras de nuevo.
Por lo menos no se le olvidará recoger al niño —pensó, mientras encendía la vitrocerámica. Aunque conforme pasaba el tiempo perdía la seguridad en ello.
Veinte minutos después, cuando fue a sazonar los filetes, recibió la llamada de la guardería.
—Yo lo mato.
* * *
En su vida se había visto en mayor aprieto, aunque pudo ir mucho peor. Para ella fue una sorpresa por la forma en la que la pillaron, pero igualmente lógica. Cuando los policías llegaron y descubrieron las circunstancias en las que se encontraba, se apiadaron de ella y no se la llevaron a comisaría ni nada por el estilo. En vez de eso, hicieron que fuese también al hospital para que la reconocieran, estaba bastante afectada por lo ocurrido, y podría haberse hecho daño sin saberlo.
También tenía que llamar a sus padres.
De eso había pasado más de una hora, y cuando les llamó apenas tenía voz para hablar del arrepentimiento. No dijeron nada.
Debora en el fondo sabía que estaba bien, no solo aceptó la sugerencia de los agentes por tener las de perder o porque debían verla los médicos. Sobre todo quería saber como estaba aquel hombre, y cayó en la cuenta. Nunca había estado tan cerca de la muerte, y tampoco vio jamás a un hombre tan herido. Por una vez estaba preocupada por alguien que no fuese ella.
Llegó un poco después que aquél hombre. En el hospital 12 de Octubre no tuvo que rellenar mucho papeleo, la cosa se aligeró bastante cuando supieron que era una involucrada en el accidente. Pasó un tiempo en traumatología y otro tanto en psicología, y después de que diesen el visto bueno con unas recetas de ansiolíticos recomendaron que fuera a hablar con un tal doctor Vargas, para ver si podía aclarar lo sucedido.
Cuando al final encontró la sala de urgencias y vio a los encargados del supuesto suicida, habló con una enfermera de aspecto muy caracterizado y unos treinta años. La llamó por su nombre, ratificando que estaba en el lugar correcto.
—¿Costa? ¿Debora Costa?
—Si, soy yo.
—Por favor, sígueme, el doctor Vargas la está esperando.
Tardaron poco en llegar, y una vez pasaron la puerta de la consulta del doctor vieron a un hombre con la nariz metida entre unos papeles, rellenando cada uno con una rapidez y nerviosismo que seguramente haría su letra más ilegible aún.
—Señor Vargas, la señorita Costa está aquí.
—Gracias, puede marcharse —le dijo, soltando el bolígrafo y levantándose. Mientras la enfermera salía de allí el doctor se acercó a Debora.
—¿Eres tú la relacionada con el accidente?
Ella asintió
—¿Cómo se encuentra?
Notó en el doctor como si le costase responder a esa pregunta. Normalmente no se daba cuenta de muchas cosas, pero que un médico reaccione así cuando ya está acostumbrado a dar malas noticias era algo muy raro.
Y nunca bueno.
—… No muy bien. Hace poco me han informado… —cerró los ojos, y expiró como si tuviese los pulmones llenos—. Conseguimos parar varias hemorragias internas, pero tiene rotos casi todos los huesos del cuerpo, posiblemente no vuelva a andar… si es que algún día llega a despertarse. Todavía no sabemos nada de daño cerebral.
Bajó la cabeza. Ella no necesitaba preguntar “¿se pondrá bien?”, no podía evitar sentirse mal aunque no fuese culpable.
—Pero es pronto para saber nada. Es un tipo… fuerte.
Debora levantó la vista hacia él.
—¿Le conoce?
—… Sí, Javier es amigo mío… Intento ayudarle. Todo lo que puedas decirme sobre lo que pasó puede ayuda a arreglar las cosas.
La confusión rondaba la cabeza de la muchacha. Lo que le había pasado era demasiado surrealista, era de esa clase de cosas que puede pasar cualquier día pero que nunca esperas que te pase a ti.
—De acuerdo —dijo recogiéndose el pelo—… ¿Qué quiere saber?
* * *
Tardó quince minutos en explicárselo todo, tratando de omitir detalles que no venían al caso, como lo de la fiesta y lo que pretendía hacer allí. Preguntó si podría visitar al paciente, y dijo que en cuanto saliera de cuidados intensivos, posiblemente en una semana.
Se alejó un par de pasos de la puerta con la vista baja, pero cuando aceleró la marcha y elevó la vista vio a sus padres, esperando en un banco.
Oh… Dios.
Justo cuando los padres iban a levantarse una mujer pasó junto a ellos a paso ligero, prácticamente corriendo, y rozó con el hombro a Debora. Segundos después, Lucía entró en el despacho de Vargas. Ni siquiera llamó.
—Duke, dime que no es verdad.
—Lucía… —dijo el médico, levantándose como por un resorte.
—Dime que ha pasado, ¡Ahora! —respondió ella. Estaba histérica, no había otra palabra para describirla.
Cuando Vargas se lo contó, estuvo a punto de entrar en una crisis nerviosa, apenas pudo tranquilizarla, pero consiguió que de gritos histéricos y golpes en su pecho pasara a sollozos ahogados hundiendo en el mismo. Era un dolor terrible que apenas podía expresar, el dolor emocional era demasiado fuerte y desgarrador. Necesitó la ayuda de una enfermera para poder suministrarle un tranquilizante y así pudiese descansar un poco.
Duke volvió a hablarle cuando pasó el tiempo suficiente para que ella se desahogase.
—La policía vendrá dentro de poco para hacer preguntas. Llamaré a un taxi para que te lleve a casa.
Ella no respondió al instante.
—… Quiero verle.
—Lucía, no puede ser, está en estado crítico —y ella le agarró de la bata.
—Necesito verle, Duke.
Se soltó con cuidado.
—Lucía… —empezó a decir, tratando de ser lo más diplomático y empático que le era posible—… así no ayudas en nada. Ahora mismo tienes un niño que te necesita, más que nunca. Tienes que volver a casa y esperar a que tengamos noticias. ¿Entendido?
Lo cual era cierto. Había dejado al niño con su hermana para que lo cuidara mientras iba al hospital. Aunque insoportable, lo que dijo Vargas era lo más sensato que podía hacer.
—Haremos lo que esté en nuestra mano para que se recupere.
Lucía asintió despacio, con paso levemente tembloroso salió de la consulta, sin decir una palabra más.
Duke se quedó allí quieto unos segundos. Su sufrimiento y angustia no podía equipararse al de ella, aunque fuese amigo y compañero de Javier. Y lo peor era que tenía que mentir para no hacer daño.
Poco después rodeó el escritorio y se sentó. Cuando cogió el bolígrafo, sintió como si de pronto todos aquellos papeles fueran un galimatías sin sentido, apenas podía mantener el pulso para rellenar cuadrados y escribir en los huecos. No podía encontrarle lógica a lo que acababa de ocurrir.
Cerró el puño alrededor del bolígrafo y lo lanzó contra la puerta.
—Siempre has sido un idiota, Javier.
* * *