Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
“Los demonios no nos caemos bien.”
“Es casi una ley. El tormento interno que nos dio la caída y acrecentó el encierro en el abismo hizo que no sólo odiásemos a la raza humana, si no también a nosotros mismos. Y desde luego entre nosotros no es una excepción.”
MaDRID, 18 de octubre 2009
Las dos de la madrugada era lo que marcaba el reloj de Javier, mientras esperaba en la cafetería del barrio de Débora a que llegase su… siervo. Nicolás era una fuente lamentable de poder y era consciente de ello, apenas podía creer en lo que sus ojos vieron cuando mostró su auténtica ser, pero tenía músculo y un mínimo de cerebro, y eso podía serle útil… Aparte de que las migajas podían alimentar en momentos de necesidad.
Meditó la situación. Tenía un poco más de fuerza gracias a los pocos pactos que hizo en el hospital, siempre desinteresados en cuanto a servicio. Ahora estarían en cualquier lugar de la ciudad, tal vez más lejos, lo que aseguraba su supervivencia y por tanto su fuente de alimento para su auténtico ser, no importaba su distancia, el pacto le nutriría igual.
Pero aquello sería pasajero, al fin y al cabo eran humanos como su envoltorio, podían ahogarse por accidente en una piscina publica, electrocutarse por accidente, y ese tipo de cosas.
Nicolás solucionaría ese problema.
Se terminó lo poco que quedaba de su cerveza en el momento en que Nicolás entró por la puerta de la cafetería. Javier hizo una señal para que se acercara, mientras comía un poco de carne con tomate de su pequeño plato, que estaba junto a otros tres que estaban vacios.
—Llegas tarde.
—Lo sien…
—Siéntate —le cortó, con un gesto de su mano, para invitarle a que se sentara en la otra silla. Nicolás lo hizo despacio, sin dejar de mirarle. Estuvo unos segundos en silencio, y luego miró alrededor.
—Deberías pedirte algo de comer. Aquí las tapas de lomo son cojonudas.
Nicolás no se esperaba empezar así, y se sintió algo cohibido.
—… Un sitio un poco público…
Javier mostró media sonrisa.
—¿Esperabas una mazmorra medieval aislada o unas puertas infernales en una caverna volcánica?
Para Tesiel seria algo normal, pero Nicolás estaba en medio de una crisis de fe… si se la podía llamar así. Y que él tratase la situación de forma tan tranquila y abierta le daba todavía más inseguridad.
—… No pero… coño, esto es de locos. Tú no puedes ser real.
Javier sonrió en respuesta. Entonces una camarera bastante atractiva pero algo bajita se acercó, sonriente.
—Buenas noches ¿qué le sirvo?
—Para él una Heineken, y una de lomo, por favor —dijo él antes que Nicolás. Este, extrañado como estaba, acabó asintiendo. La camarera se marchó asintiendo también, y él siguió hablando cuando estaban otra vez a solas—… Como pudiste ver ayer, no fue una alucinación. Ni estabas borracho, ni drogado, y por supuesto no estás loco. Soy lo que soy, ni más ni menos.
—¿Y qué eres?
—Un Dios.
Se quedó mirándole, en el mismo momento que lo escuchó abrió la cerveza y se le mancharon las manos de espuma. No se atrevió a cuestionarle, pero no se lo creía.
—Lo soy, Nicolás, y muy real… Es uno de los muchos nombres que tienen los míos. Las tribus nos llaman espíritus, los científicos nos conocen como las leyes del universo… Sin embargo, el término más aproximado a lo que soy es… un ángel caído.
—Un demonio —aclaró, como para sí mismo.
—Es algo más que una palabra. No la tomes a la ligera—. Dijo, muy serio y con sequedad. Hubo un tenso silencio, en el que el grandullón procuraba no mostrarse incómodo, pero en realidad incluso se asustó un poco.
Aquel momento desagradable se rompió con la risa de Javier, una risa divertida por la cara que puso, lo que le alivió en parte.
—Te tomaba el pelo, tranquilo. Puedes decirlo, pero procura no hacerlo, es conveniente que nadie sepa lo que soy.
Nicolás soltó un bufido.
—Como si pudiera… imagina si se lo contase a alguien, los de la camisa de fuerza llegarían en cinco minutos.
—Un chico listo.
Volvió a mirar a su demoníaco “señor”. Todavía sintiéndose presionado por la situación. Entonces llegó la camarera, sonriente, sirviéndole la cerveza a Nicolás, quien la agradeció, y nada más marcharse ella, le dio un buen trago.
—… ¿Y cómo funciona esto? —acabó preguntando, dejando la mano con la lata en la mesa—, ¿tengo que seguir tus ordenes con la cabeza dando vueltas y lanzar vómito verde a la gente?
—¿Te crees todo lo que ves en la tele?
—No joder, no pero… No sé qué quieres de mí, ni como funciona el maldito trato. ¿Ahora te llevaras mi alma o que pasará?
Javier se recostó en su asiento. Parecía divertirle su inseguridad curiosa.
—Tu alma está bien donde está. Muerto no me sirves —respondió seguro, mirándole detenidamente—. De todas formas, ¿por qué quieres saberlo? ¿Crees que te serviría de algo?
Se pasó la mano por la barbilla.
—¿O es que quieres escapar a tu deuda?
Nicolás no aguantaba más que le torease así.
—Mierda, ¡deja de jugar conmigo! —dijo bastante tenso, pero lo más bajo que pudo—. ¿Estoy acojonado, vale? ¿Para eso me llamaste? ¿Es lo que querías oír de… mí?
Su voz volvió a ser insegura y quebradiza cuando las luces de la cafetería empezaron a parpadear de pronto. Los pocos clientes que había las miraban, pero él centró su atención en Javier, quien le miraba con rostro serio, y las manos en la mesa una sobre otra.
Cuando las luces volvieron a la normalidad, siguió hablando.
—No, aunque disfruto mucho con ello.
No recibió respuesta, salvo el reflejo del miedo en sus ojos, y también de rendición. Entonces fue cuando decidió que era el momento de dejar de jugar.
—… Pero… bueno, si te hace sentir mejor… —cogió una servilleta, y con un bolígrafo de su abrigo empezó a escribir en ella—… Tú realizaste un pacto conmigo, te salvé de una muerte que ni un cirujano podría evitarte. A cambio, eres mi seguidor mientras yo lo estime conveniente, y si me traicionas… Bueno, dejaré que te lo imagines.
Conforme hablaba, Nicolás fue bajando la cabeza, mirando más hacia su cerveza, a la que acabó dando otro trago. El demonio dejó de escribir, y puso una mano sobre la servilleta.
—Oh vamos, anímate. No todo es malo, y no soy lo peor que te podías encontrar. Algunos son mucho más mezquinos. Ahora puedes llevar una vida mejor que la de antes.
—¿Y qué tenía de malo mi anterior vida?
—¿Lo preguntas en serio? Podía ver el asco con el que mirabas a tu ex jefe cuando le mostraste tu renuncia. Eso no fue cosa mía.
Arrugó la frente al oír la respuesta. No pudo negarlo.
—… No pensaba que fuese tan obvio.
—¿Acaso no esperas algo más en la vida que ser un simple matón?
—¿Ser esclavo es mejor?
—¿Cuándo te he amenazado con una fusta? No seas tan corto, Nicolás y escúchame. Puedo ser el mejor de tus jefes, dándote la oportunidad de tu vida o la peor de tus pesadillas, prometiéndote esclavitud y tormento mientras vivas. Depende de ti, claro.
Hubo silencio durante varios segundos. Nicolás se lo estaba pensando, mirando su cerveza mientras tanto, pasando el dedo corazón por el filo. Después le miró de arriba abajo, planteándose sus opciones. Todavía no podía concebir del todo que algo tan… terrorífico se escondiera en una forma humana tan aparentemente frágil y patética a la vista. Pudo sentir bajo sus puños como con un par de golpes se derrumbaba hace solo un día… y ahora parece incluso en mejor estado que cuando lo vio la primera vez.
—… Lo dices como si pudieras ofrecerme algo.
—¿Qué tal un trabajo de verdad?
Javier deslizó la servilleta por la mesa hasta él. Entonces la miró, era una dirección.
—¿Qué es esto?
—Un lugar discreto que hay a la venta, le eché un vistazo hace unos días. Quiero que lo compres, y figures tú como propietario. Olvídate del coche por el momento.
—¿Cómo propietario? ¿Qué vamos a hacer con ese lugar?
—“Vas”, Nicolás. En esto no habrá un nosotros… técnicamente. Vas a montar un negocio.
Mirando de nuevo la dirección, y despacio guardó la servilleta en un bolsillo de la chaqueta.
—¿Qué clase de negocio?
—No tienes por qué saberlo todavía —respondió, terminándose su plato y rebañándolo con pan, con una leve sonrisa—… aunque puedo decirte que después tendremos que darles una alegría a los de IKEA.
No se atrevió a volver a preguntar por qué no le contaba nada del negocio.
—… Entiendo…
Hubo entonces silencio. Cogió el tenedor, pero no tenía hambre. Javier pudo ver la indecisión en sus ojos.
—¿Por qué esa cara tan larga?
—… Sé que tienes… algo raro, pero sigo sin creer que… seas eso.
—Viste lo que viste, te curo el agujero extra en tu culo, y sigues sin creer… joder, no me equivocaba contigo —dijo, con algo de mal humor.
Nicolás vio que en ese instante algo se le pasaba por la mente a su jefe por su expresión. Entonces miró a su lado, e hizo un gesto a la camarera para que se acercara. Trató de pedirle que no lo hiciera, pero no le dio tiempo, porque ya estaba allí.
—Dígame señor.
—Sí, verás, mi amigo está un poco tenso por su mala memoria ante ciertas cosas —la miraba a los ojos sonriente, pero Nicolás pudo darse cuenta de que algo le pasaba cuando ella de pronto empezó a desenfocar la mirada, como embobada—… “¿podrías darle algo que no olvidase?”
Ella con una sonrisa, se acercó a Nicolás inclinándose sobre él y sin darle tiempo le besó, con pasión e intensidad. Ni siquiera le dio tiempo a echarse atrás o resistirse. A los pocos segundos se separó, con rostro extraño.
—Muchas gracias, señorita. La cuenta por favor.
La camarera se marchó sin decir palabra, pensando y diciéndose en silencio que esa no era su forma de actuar. Nicolás miraba a Javier, sin saber qué decir, y este le sonreía.
—¿Te vas a acabar eso? —dijo, mirando su plato.