Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
“Las últimas creaciones del supremo. Imperfectos, ignorantes y rudimentarios, pero nacidos como sus verdaderos hijos, al tener cada uno la misma chispa igual en esencia a la del propio Dios, semejantes no en cuerpo, si no en alma. Los caídos empezamos de la misma forma que Al Pacino dijo en aquella película, *Siempre le he dado al hombre lo que quería y nunca lo he juzgado ¿porqué? Porque nunca lo he rechazado. A pesar de todas sus imperfecciones, soy un devoto del hombre*.”
“Lo único en lo que difiere con la realidad, es que nosotros hace tiempo que nos hemos cansado, y sí os hemos rechazado.”
MaDRID, 17 de octubre 2009
Se quedaron mirándose unos segundos. Fue la primera vez que oyó su voz, y no era como se la imaginaba, pero… Sí la había oído antes. No sabía donde.
—Se… señor Santana…
—Tranquila, no me pongas tantos años, llámame Javier —dijo, sonriendo un poco. Débora se sintió como una muchacha viendo a una celebridad decirle que dejara los formalismos.
—… Javier… —dice, y entonces sonrió, nerviosa y a la vez con ilusión. Volvió a hablar intentando mantener la compostura, retirándose un poco de la puerta—… Pasa, por favor.
Javier pasó al interior de la casa, ella incapaz de creerse lo que estaba viviendo, miró un poco nerviosa al pasillo antes de cerrar la puerta. Había venido solo. Al girarse hasta él, le vio observando la casa con tenue interés en la cara. Aquello era tan irreal…
—… ¿Puedo ofrecerte algo de beber?
—No hace falta, gracias —dijo educadamente, Mirando a su alrededor con curiosidad—… tal vez luego. Tienes una casa muy bonita, por cierto.
—Eh… gracias —dijo, un poco inquieta. Con algo de inseguridad se frotó un poco las manos—, la heredé de…
Suspiró, incómoda pero consigo misma.
Joder, se supone que eres adulta, deja de comportarte como una cría.
—Me alegra de que estés bien… creí que no despertarías nunca —y entonces se sintió como si llevase tiempo sin usar la cabeza al darse cuenta de una cosa evidente—… ¿cómo sabes quien soy?
—Te escuché.
Ella parpadeó.
—¿Cómo?... pero si estabas.
—¿En coma? —terminó su frase, alzando las cejas un poco. Ella asintió—, cierto, no sabía quien eras… pero recuerdo tu voz… y también música…
El rubor de su cara subió tanto y tan deprisa mientras le hablaba que no tardó en estar roja por completo.
—… Y bueno… sólo tuve que preguntar en el hospital —continuó hablando él, viendo sus reacciones, dirigiéndolas hacia donde quería. Se preguntaba qué pasaría si supiese la verdad—… También me dijeron que fue sobre tu coche donde caí.
Ella no se sentía preparada para algo así, nunca imaginó que despertaría, y menos qué le diría si le viese cara a cara como ahora.
—¿Puedo sentarme? —le dijo de pronto, al lado del sofá.
—Estás en tu casa.
—Gracias.
Se sentó, de forma educada. Ella se estremeció al verle, siempre tuvo una relación extraña con él desde el accidente, pero esto era distinto. Aquel hombre, tan distinto al que recordaba del hospital, y a la vez tan idéntico… al mismo tiempo le daba un mal presentimiento que una agradable sensación de familiaridad.
—Vamos, mujer, no hace falta que te quedes de pie —dijo, sonriendo de nuevo, lo que hizo que se sentase también en el sofá, sin saber si era porque él lo quería o lo quería ella.
Se sentía como una polilla acercándose a la luz, sospechando que es peligrosa pero, igualmente atrayéndola de forma inexorable.
—Bueno… ¿a qué has venido? —preguntó ella, vacilante.
—A darte las gracias, supongo.
—¿Por qué?
—Si no llega a ser por ti, y no hubieses cogido el coche aquella vez, mi cuerpo se habría estrellado contra el suelo, y la grava que quedaría de mis huesos descansaría en un cajón de pino… Y tengo entendido que también me salvaste cuando mi ex mujer… perdió la esperanza.
En algún momento de su explicación se perdió. Tuvo que procesarlo muy despacio.
—Un momento, ¿lo- lo sabes? … ¿y te ha dejado?
—La misma noche que intentó matarme —lo dijo con total naturalidad, como si no le importara. Aquello la pilló desprevenida, pero no por el hecho de que ella le dejara. Recordaba bien esa escena, “Esa zorra estaba mejor lejos de él” pensó ella. Lo que sí la sorprendió fue que se lo tomase de esa forma.
—… Lo siento.
—No lo sientas. Se casó de nuevo y tiene una familia, y es evidente por qué no quiero recuperar nada con ella.
Ella lo entendía, pero la tranquilidad con la que lo dijo… Sin darle apenas importancia. No supo porqué, pero sonrió unos instantes. Lo ocultó lo más rápido que pudo, y volvió a dirigirse hacia él.
—Si necesitas algo…
Javier la miró, de arriba abajo. La chica todavía no se había cambiado para estar en su casa. Vestía un conjunto de cuero pequeño y apretado, ropa oscura y maquillaje dándole un aspecto gótico. Rozaba la apariencia de una dominatriz.
—Pues verás. Ahora que me he ido no tengo a donde ir. Si me ayudases mientras me repongo y encuentro un trabajo te lo agradecería, y te daría unos euros siempre que pueda.
Ella no lo meditó mucho, dado lo que sentía por él, y darle una oportunidad de recobrarse y empezar de cero era algo que ella casi pediría. Le habló con entusiasmo incluso.
—Claro, por supuesto. Quédate lo que necesites.
Javier sonrió, agradecido por la respuesta, y satisfecho por el resultado.
—Vaya… esto es un poco embarazoso —dijo sonriendo—, necesito ir al baño, ¿por donde está?
—Ah… por el pasillo, segunda puerta a la derecha.
Él se levantó, dando las gracias de nuevo, y fue hasta el baño por donde ella dijo. Sonrió más ampliamente cuando quedó a solas. Los años de influencia silenciosa dieron su fruto, poniéndole las cosas mucho más fáciles. Tan sólo debía ocuparse de que el fruto no se le cayera por una insensatez.
Mientras terminaba de mear, notó que se empezaba a montar jaleo en el salón, con ella.
Un par de minutos antes, Débora seguía pensando, y todavía no se lo creía, pero considerándolo, no sólo era una forma de tener por fin algo interesante que hacer, ahora podía conocerlo de verdad. El hombre que cambió su vida había vuelto a la misma, y despierto nada menos… Por lo que empezó a sentirse mal. En los últimos dos años no le hizo ni una sola visita, y la idea de que estuviese dos años sólo la hizo sentir culpable.
Consideraba la idea de ayudarle también con el trabajo, cuando la puerta sonó de nuevo. Pensando en otras cosas, fue a la puerta, y el poco bienestar que tenía se evaporó al pasar por la mirilla.
—Nena, déjame pasar, por favor —se escuchó al otro lado.
—Jaime, te lo dije por teléfono, no hay nada que arreglar.
—Por favor… Sólo quiero hablar contigo.
Ella abrió la puerta, lo justo para que la viese directamente.
—No quiero hablar contigo —dijo, empezando a enfadarse, pero sin preverlo la puerta recibió un empujón, y ella también, haciéndola retroceder. Jaime tenía un aspecto muy descuidado, barba de varios días, despeinado, y con un olor muy característico. Ella, cabreada, volvió a mirarle, arrugando los ojos al notar su aliento.
—Apestas a alcohol.
—¿Te digo a lo que apestas tú?
Ella perdió la paciencia y le gritó.
—¡Fuera de mi casa! —y recibió un bofetón que la pilló por sorpresa. Casi la hizo caer al suelo de lo fuerte que le dio. Ella le miró en una mezcla de odio y un poco de temor. Él tenía los ojos fijos en ella pero algo nublados por la bebida. Él hablaba a Débora con enojo, como disfrutando el desquitarse, acercándose. Ella retrocedía manteniendo la distancia.
—¿Qué? ¿Te duele? ¿Te imaginas lo que me dolió a mí?
—Hijo de puta…
—Después de todo lo que hice por ti, me desprecias. Me desvivo por ti, y me tratas así. Eres una puta asquerosa.
—Voy a llamar a —dijo como amenaza y ultimátum, cuando su espalda chocó con la pared. Intentó escurrirse hacia un lado, pero él puso las manos bruscamente en la misma pared a ambos lados de ella, cortándole la huida.
—¿Vas a qué?
—No me toques.
“¿Dónde estaba Javier? ¿Es que no lo oía?” Entonces la tiró al suelo de un empellón a un lado, y cuando ella intentó llegar al teléfono, él la agarró y tiró del pelo, haciéndola retroceder. Ella gritó del dolor, y dándose la vuelta le arañó la cara, haciéndole varios cortes paralelos en la mejilla y la boca.
Javier se estaba tomando su tiempo desde el baño, lavándose los manos mientras escuchaba la discusión y luego la pelea. Pensó en lo triste que era el hecho de que el hombre no hubiera evolucionado nada, más bien lo contrario. No recordaba que en el tiempo antiguo hubieran discusiones por algo como el desamor, y no eran tan egoístas como para intentar recuperarlo por la fuerza.
Se planteó el no ayudarla. No se puso nervioso cuando aquel hombrecillo patético llegó con más alcohol que sangre en las venas, pero cuando la oyó gritar de dolor, algo se agitó en él. Un viejo impulso que creía que el abismo borró hace mucho tiempo.
Apareció en el momento justo en que la tenía agarrada por el pelo y con intención de golpearla otra vez. Ni siquiera le vio estando tan borracho.
El golpe que recibió en la cara Jaime no lo vio venir, sin darse cuenta, haciendo un movimiento de izquierda a derecha y con el brazo extendido, un puño le dio por la base en plena nariz, destrozándosela. Soltó a Débora y dio unos pasos atrás.
Javier estaba muy tranquilo.
—Hay que ser un gran hombre para pegar a una mujer, ¿verdad?
Cuando logró mirarle, después de que se le pasara el mareo, escupió sangre, tenía la cara llena de ella.
—¿Quién cojones eres tú?
—Su nuevo novio. Si no te gusta, te jodes.
Lo soltó de forma natural y con simplicidad. Jaime se llenó de cólera en cuanto su ebrio cerebro entendió lo que dijo. Ella en cambio, estaba demasiado confusa por la situación.
—¿Tú? —empezó Jaime, luego habló a Débora—… ¿Es por este por el que me dejaste?
—No —contestó él por ella, indiferente, hasta sonriendo un poco—, que te dejara te lo ganaste tú solito.
El herido, furioso, sacó una navaja automática, lo que consiguió que Tesiel alzara las cejas.
—Jaime… Ya está bien. No hagas ninguna tontería —dijo ella, preocupada al ver el filo. Pero él no escuchaba, en cambio, se puso más furioso al oír de nuevo al nuevo objetivo de su frustración.
—Deberías hacer caso a la señorita. No queremos que te pase nada.
Fue hasta él, tratando de clavarle la navaja en las tripas, pero Débora pudo contemplar como con mucha simplicidad y rapidez fintó a un lado, cogiendo al borracho por la muñeca del cuchillo, y girando sobre si mismo. Un cuerpo como el suyo no podía tener tanta fuerza, pero desafiando toda lógica, voleó por los aires el cuerpo de Jaime. Cayó aparatosamente al suelo, y se deslizó unos metros hasta chocar con la pared junto a la puerta.
Aturdido y dolorido, se dio cuenta de que ahora el cuchillo estaba en manos de Javier. Sin embargo, se paralizó cuando pasó zumbando y se clavó en la pared, a escasos centímetros de su oreja. La única reacción que logró tener los segundos siguientes fue dejar un charco de orina en el suelo.
—Si la vuelves a molestar, terminaré esto —e hizo un gesto con la cabeza para que saliese por la puerta. Ni siquiera dudó, pero no por la amenaza, ni por lo que había visto con sus ojos.
Ella se quedó mirando la escena, atónita. ¿Cómo podía tener tanta fuerza, o moverse así? ¿Cómo podía estar tan tranquilo sabiendo que pudo morir de una puñalada? Pero él no mostró reacción alguna de miedo.
En vez de eso, se acercó despacio y le ofreció la mano, para que se levantara.
—¿Estás bien?
Tardó en responder. No sabía si tener miedo o no de él, pero aceptó la mano.
—Sí… ese tío… es un cerdo —dice, entrecortada, tratando de hacer como que todo aquello que le hizo Jaime no la afectaba, pero él notaba como temblaba cuando la cogió.
—Tranquila, ya está —dijo en voz baja, ayudándola a ponerse de pie, y a que llegase hasta el sofá—… Tranquila…
Cuando ella se sentó con él, Tesiel vio que de sus ojos estaban aflorando lágrimas, pero ella hacía lo posible para que no lo notase. Al final, acabó derrumbándose.
—Ese… cabrón… —no pudo evitarlo, y se derramaron por su cara. Lloraba de puro dolor emocional, nunca pensó que alguien podría hacerle algo así. ¿Cómo pudo sentir algo por alguien como él?
Se le escapó un sollozo, y puso una mano cubriendo su boca.
Tesiel la observó todo el rato, sin mostrar reacción alguna todavía en su cara. Tampoco lo hizo cuando ella se acercó hasta él, y hundió el rostro en su pecho, empezando a llorar.
Pero por dentro, algo distinto a su naturaleza corrupta seguía clavándose en él, demostrándole lo contrario, y lo odiaba. Odiaba ese sentimiento. Lo odiaba y a la vez no comprendía por qué seguía ahí, debería haber muerto en el infierno, en vez de demostrar que aún existía.
Sentía la necesidad de protegerla… porque así era un ángel en los viejos tiempos… y lo odiaba.
Aun así, lentamente acercó y puso una mano sobre su cabeza, consolándola.
* * *