Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
Danael estaba satisfecha a medias con Félix. Además de ser una fuente cuestionable de fe, no tenía nada material que ofrecerle. Sin embargo, era fuerte dada su antigua profesión, podía utilizarlo como músculo para sus planes.
Y tenía que llevarlos a cabo ya.
Bosher no tuvo problemas en coger todo aquello que necesitaba nada más llegar, no sabía lo que era la conciencia. Para ella tampoco fue una molestia, pero ella nunca vio la necesidad, y ahora que la tenía, se lamentaba, y le ponía las cosas más difíciles. Ahora su enemigo tenía una mafia legal muy robusta, y ella en cambio contactos y recursos.
La única oportunidad que tenía, y además efímera, era encontrar a ese demonio recién evadido. Ya tenía a sus buscadores tras su rastro, pero que no encontrasen nada era frustrante.
Sus dedos tamborileaban en su escritorio, esperando una respuesta. Cuando le llegó, se levantó como impulsada por un resorte, apoyando las manos en el mesa.
Danael, mi señora… Tenemos algo —reconoció la voz de su siervo. Era Diego. Su voz era segura.
* * *
Media hora antes, Diego estaba buscando, en la dirección que le dio su jefa. Detrás de él tenía a dos más, uno de los porteros del Sucubus Nest, y Félix. Seguía las órdenes de encontrar al nuevo, siguiendo el protocolo de siempre, ir de noche, procurando que nadie le viera o le siguiese.
La humedad se notaba en el aire… iba a llover en cualquier momento.
—Tíos… ¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Feliz. Diego le calló con un gesto de su mano.
Félix todavía no se acostumbraba a la verdad que esa mujer le mostró. En parte se sentía como chantajeado por una criatura maligna, por otro lado, era la primera evidencia que tenía de algo sobrenatural y auténtico.
La mujer endemoniada le concedió para esa ocasión el don de percibir más allá de lo que se podía ver a simple vista, como los lugares, objetos o personas que estaban impregnados de santidad o corrupción. Aun así le estaba siendo muy difícil. No le dijo lo que tenía que buscar, sólo una dirección, y que buscase cualquier cosa fuera de lo normal.
No notó nada durante horas. En sus manos tenía un mapa de la ciudad, y de la dirección que le dio.
Cuando empezó a notar algo, fue cuando estaban cerca de un hospital.
—¿Qué es esto?
Diego también lo notó. Podría describírselo como un olor, pero en vez de olerlo lo sentía. No era como el de su señora, parecido al estar en un cuarto con el aire viciado, ni como el del devorador, similar a la sensación de miedo que da la sangre coagulada de una carnicería de una película. Era como azufre… como un incendio.
Había algo fuera.
Conforme más se acercaban, más lo sentían. Era fuera del edificio, en uno de los jardines. Diego, que era quien estaba más familiarizado con ese don, fue el que encontró lo que buscaban.
Llamó a su señora.
—Danael, mi señora… Tenemos algo.
Notó aquel zumbido dentro de su mente, como era costumbre cuando recibía respuesta.
—¿Qué tenéis?
—Parece que ese demonio se deshizo de algo… Parece…
—Muéstramelo.
Él sabía lo que quería decir con eso. Lo había hecho otras veces. Sacó de detrás de un arbusto lo que le llamó la atención.
Danael lo vio desde los ojos de Diego, en sus manos. Un pijama de hospital, algo quemado, enrollado de forma que envolvía una botella de plástico rota.
—¿Servirá?
* * *
—¿Servirá?
—Traédmelo de inmediato —dijo por último, antes de cerrar la conexión.
Danael estaba mucho más esperanzada, porque también lo sintió. Entre los muchos poderes que comparten todos los seres estaba ese, y algunos de esos podían implantarlos en sus seguidores. Ella era mucho más experimentada, y sabía el significado.
Trataba con uno de los miembros de la primera casa, los únicos que estaban por encima de la suya, los heraldos del anciano de los días, primero llamados “los amaneceres”.
En la caída se los maldijo como Diablos.
* * *
Normalmente no tenía sueños, pero cuando Débora se acostó, no se imaginó que iba a tener esos sueños extraños de nuevo. Hacía años que no le pasaba.
Se encontraba en una habitación cuadrada. Paredes negras, o tal vez estaba tan oscuro que no llegaba a verlas bien. Lo poco que conseguía ver era su propio cuerpo, y un metro más allá de ella, como si estuviese iluminada por algún foco inexistente.
Débora…
Reconocía esa voz, humana, pero igualmente escalofriante. Era esa cosa otra vez… Hablándola como si se conocieran mutuamente… de hecho así lo sentía cada vez que le pasaba.
Un punto de luz, algo había al fondo… algo que no alcanzaba a ver bien, hasta que la succionó, o directamente vino a ella, no estaba segura de nada, pero de pronto se encontró como perdiendo el equilibrio al tratar de frenarse después de correr deprisa.
Cuando logró ponerse de pie de nuevo, se vio en un lugar totalmente nuevo. Parecía un templo, totalmente hecho de ébano o cualquier otra roca oscura. Columnas, paredes, suelo y techo de piedra, iluminados por braseros que hacían de lámparas al lugar. Había textos escritos en una lengua que jamás vio antes. No era capaz de leerlos.
Débora… —oyó mas fuerte. Aquello la pilló tan desprevenida que dio un paso atrás del susto, dando a uno de los braseros que tenía a la espalda. Este cayó al suelo, esparciendo el aceite ardiendo por él, pero no como lo haría un charco. El aceite o el fuego por si mismo se extendió haciendo surcos en la piedra, hasta que pudo leerse una palabra. La pronunció en voz alta.
—Tesiel.
Como si fuese un detonante, el resto de los braseros emitieron un estallido, haciendo columnas de pura luz blanca. El suelo tembló, algo de grava calló del techo. Era tan increíble, y a la vez tan real.
—Débora.
Aquello no fue un eco. Cuando la luz dejó de cegarla al desaparecer también de golpe, pudo verle. Era alto, le sacaba una cabeza, pero por alguna razón había cambiado. Estaba delgado, parecía que hubiese pasado mucho tiempo con hambre. Vestía un abrigo largo, el pelo le cubría casi toda la cara, pero no había un semblante monstruoso tras ella…
No podía verlo bien.
—Espérame.
Entonces despertó de golpe, escuchando la lluvia golpear con fuerza contra la ventana.
* * *
A treinta Kilómetros de allí, Tesiel estaba sentado sobre su cama, sonriendo después de haber mandado el mensaje. Como uno de los antiguos heraldos de Dios, podía enviar visiones, mensajes para orientar a quien lo necesitase, pero aunque el mensaje durase un pestañeo en la mente de los mortales, mientras dormían se filtraba como un sueño.
Había dicho su nombre celestial. Javier estaba contento… porque ahora sabía dónde estaba.
* * *