Un hueco donde todos pueden colocar sus joyas literarias si les apetece, para que todos disfruten de ellas, además de otras cosas.
La cantante de jazz: Jose Francisco Gallardo
Me acuerdo perfectamente, es algo que no podría olvidar, simplemente era imposible que lo olvidara por cualquier tontería del destino. Estaba en un club de jazz, en medio de la ciudad, era el único sitio en el que se podía oír buena música y relajadamente. El local era subterráneo, tenías que bajar algo así como dos pisos para llegar a la sala donde tocaban los grupos. No estaba bien ventilado y el humo del tabaco y de los porros le daba una neblina que hacía el local aún más mágico. Pero sobre todo era la luz, esa luz ocre que no llegaba a iluminar del todo el local era lo que hacía de él un local mágico. Las lámparas eran como del siglo diecinueve, y no me extrañaría que fuese así, pero ya te digo, sobre todo era la luz. Si hubieses estado allí me darías la razón, nadie puede negar que lo que allí ocurría era algo sobrenatural. ¡No me mires así!, hazle caso a este viejo, sé lo que digo, aquello no era algo que se viese todos los días. Por suerte no rondaban por allí los típicos niñatos que harían de este local algo vulgar, sino que estaba lo más selecto de la música de la ciudad, y ninguno era malo ni regulero, eran todos buenos músicos. Sí, allí sólo iban músicos, bueno y yo, pero porque yo era y soy, aunque ahora en menor medida, un buen escritor. Entonces iba allí a dejar volar mi imaginación entre el alcohol y los canutos, ahora, no, ahora no hay locales como esos. Ningún grupo de los que iba allí tenía menos de diez años de experiencia tocando en escenarios, ningún grupo de los que allí actuaban daban un mal espectáculo, a pesar de ir borrachos como cubas, porque en esa época se bebía, y mucho. Recuerdo una vez que vino un grupo de blues, qué gran concierto. Subieron al escenario y lo primero que hicieron fue echarse un whiskey con hielo cada uno, al final del concierto la botella estaba vacía. Pero no hubo problema, alguien les invitó a otra. Supongo que sería Benso, un italiano gordo y con bastante dinero. Se decía que venía de la mafia, que estaba exiliado por algo que hizo, pero no creo, ya que nunca volvió a Italia. Murió hace poco, creo que de una sobredosis. Le encantaba el blues. Recuerdo que en su casa junto al puerto tenía una colección de guitarras Fender de los setenta, tocaba bien, pero en solitario, no era hombre dado a compañías. Pero no es eso lo que quería contarte, tenía una historia más interesante. Otro día te hablaré de Benso, son interesantes sus historias, pero ahora quiero contarte otra. Una de esas noches tocaba un dúo, eran un pianista y una vocalista que en algunas canciones se acompañaba con su guitarra, ¡era bien bonita su guitarra!, con un mástil de caoba y la panza de ébano, el rosetón, me comentó su lutier, al que conocí esa misma noche, pues tocó antes que este dúo, que era de tilo americano, lo que le daba un contraste muy bonito a la guitarra, el clavijero estaba hecho con plata. En definitiva, la guitarra era cara y valía su precio, qué sonido, si hubieses estado allí te hubiese conmovido de tal manera que como ahora yo, se te pondrían los pelos de punta, ¡míralos!, ellos todavía se acuerdan. Sí, el cerebro recuerda las imágenes, pero es el cuerpo el que te recuerda los sentimientos, y es mejor que sea así, si no, sólo estarías muerto en vida.
Cuando se subieron al escenario, muy pequeño la verdad, una tarimita improvisada en la que había una batería, un piano de pared negro y varios amplificadores para las guitarras, los bajos y el micrófono, él, el pianista, no parecía nervioso, sino más bien excitado por tocar en este lugar tan prestigioso, ella, por el contrario, estaba tranquila. Abrieron con una adaptación para piano de Let’s get lost de Chet Baker. El piano hizo la introducción, impecable, no faltó nada, tampoco sobró, creo que si Chet hubiese estado allí se hubiese subido felicitarle. Pero cuando entró la voz, con ese let’s get lost que es el principio de la canción, con esa fuerza, a la mayoría de los que estábamos allí se nos cayó el alma a los pies. ¿Cómo esa joven, por que en realidad era poco mayor de los 16 años, podía tener esa voz?, no lo sé. ¡Ah!, se me ha acabado el whisky, haz el favor, relléname el baso. Bien, mejor así. ¿Qué te contaba?, ah, sí, esa voz, surgía como desde la misma tierra y se esparcía por toda la sala, abarcando todos sus espacios y recovecos. La joven no era muy alta, tenía la espalda más bien ancha, no te confundas, tampoco tal y como te la imaginas, sólo que tenía algo de espalda, con el pelo rizado y negro, recuerdo que llevaba gafas, sí, llevaba gafas, del color no recuerdo nada. Llevaba una camisa rosa clara y una falda de flores, pero sin ser hortera, era una falda muy bonita, le llegaba por las rodillas, y unos zapatos de tacón bajo. Como te decía, la voz inundaba la sala, sólo pudimos aplaudir cuando terminó la canción. En ese momento, mientras preparaban al siguiente, me adelante a la barra a por otro whiskey, me acuerdo bien, fue un “Jameson” lo que pedí. Esa noche yo no estaba allí por la música, sino bebiendo para olvidar, pero te juro que esa voz hizo que me replanteara el plan que tenía. Volví a mi mesa, donde me esperaba mi cigarro, fumé tranquilamente. Entonces empezaron con los acordes de una bossa, poco después me di cuenta de que era la Garota de Ipanema, fue maravilloso. El piano y la voz se confundían y enlazaban hasta el punto de que no se sabía cuál era cuál, crearon un mundo nuevo en el que sólo había música. Todo fue música en esa canción, un hechizo, lo más parecido a algo dionisiaco que jamás he oído. Perdona, no sabes lo que quiero decir, a veces a mi también me pasa, no te preocupes, son cavilaciones sin sentido que parecen explicarlo todo y luego no dicen nada. En fin, cuando se acabó la canción, todos los hombres que estábamos allí no pudimos mover un músculo. Yo, por mi parte, le di otro trago al whiskey, ya se me estaba acabando y era hora de apurarlo y de ir a por otro que redujera mi sed. Cuando estaba en la barra, ya tenía mi baso lleno otra vez de licor, empezaron con Ain’t got no- I got life de Nina Simone. Pude ver la cara del camarero, no estaba en este mundo, estaba en otro lugar, pero no se debía a la música, había bebido ya demasiado. La siguiente canción que sublimaron fue Summertime, pero al estilo de Janis Joplin. Fue demencial. Pero cuando me di cuenta de que realmente estaba hechizado fue cuando interpretaron la siguiente canción, Something Stupid, de Sinatra, cantando ambos, el pianista y ella. Sé que entonces fue cuando mi cerebro pidió que se le apagara y se le volviera a encender. No sé si fue a causa del alcohol y del humo de marihuana que flotaba en el aire o que me estaba enamorando. Lo que sí sé es que el pianista y ella eran pareja y que ella, mientras cantaba me decía, sí, a mí, “no te preocupes, no es nada malo lo que te ocurre, pero te partiría el corazón, cariño, déjalo estar, ésta no es tu noche”. Se acercó a mí y me besó en la mejilla, y te lo juro, nunca sentí algo más eléctrico, me dejó pegado a mi silla, todavía lo recuerdo, cómo se acercó a mí, con sutileza, como flotando, en ese momento, no iba vestida como antes dije, sino con un vestido de una pieza, de noche, de color marfil, que resplandecía como mil soles y que la hacía aún más bella, si eso es posible. En ese momento se suprimió el lugar y el tiempo, ¡como te lo digo!, sólo estábamos ella y yo, como si nos hubiésemos transportado a otra dimensión, solos, ¡¿qué a otra dimensión?!, fue como si otra dimensión se creara sólo para ambos. Al instante siguiente de nuevo estábamos todos en el pub, desde Benso, que se había pasado por allí, hasta el camarero, el lutier de la guitarra de la chica, los habituales y yo, todo volvía a ser normal. Yo me levanté a por otro whiskey, total no tenía nada más que hacer salvo beber, fumar y escuchar. Después de eso empezaron otra canción, supongo, no recuerdo bien lo que ocurrió, que era de Aretha Franklin, también maravillosa, pero no podía dejar de preguntarme qué era lo que había ocurrido.
¿Cómo había ocurrido ese cambio dimensional?, ¿por qué había sucedido?, ¿qué me había querido decir?, ¿por qué de pronto no había nada, y luego todo, después nada otra vez, y luego otra vez todo el bar? ¡No sabía lo que había pasado!, y aún no lo sé. Entre tanto me había acabado ese whiskey. Después supongo que desperté, supongo que me había quedado dormido en la barra del pub, sólo quedábamos el camarero y yo, estaba a punto de cerrar. ¡No sabía si había tocado alguien o no esa noche!, ¡no sabía si todo era mentira o verdad!, ¡si había hablado con esa chica o no!, ¡¡no sabía siquiera si esa chica existía!!, o el que no existía era yo, no sabía nada. Pero de lo que sí me di cuenta, mientras recorría tambaleándome el camino a casa, y ésta es la verdad más pura y más cierta que conocerás en toda tu vida, esa verdad, digo, es que entonces me di cuenta de algo que nos hace iguales a todos los hombres. En un momento de nuestra vida, nos damos cuenta de que somos capaces de matar a alguien. Sí, suena de todo menos bonito pero es así. Hay quien mata por dinero, son los que tienen una vida triste. Están también los que matan por sus ideales, yo les llamo ingenuos. Por último, están los que matarían por una mujer, son soñadores. Llámame soñador.